"El teatro es una escuela de
llanto y de risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en
evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas
eternas del corazón y del sentimiento del hombre". Federico García Lorca
Como sabéis, hoy, 27 de marzo, se celebra el día mundial del teatro. Por eso para mañana, miércoles, os propongo que escribamos una escena teatral, con sus acotaciones y todo, a partir del siguiente cuento de Kafka:
Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que
se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más
difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal
manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que
se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa,
permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte
muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y
vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en
cestillos construidos para el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el
trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto
durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se
había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del
público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era
un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así
por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y
conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los
días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor
de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo,
era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez
trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado
en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la
izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la
techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el
electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le
gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna
vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo
vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista
descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del
trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que le
molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este
sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la
estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles
desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su
nostalgia del trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él
solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una
sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el
trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las
tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más
placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y
en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas
estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del
trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el
empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en
la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la
ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le
dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no
un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista,
como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más
importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión,
trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de
que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a
su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor
que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El
empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué
le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo
acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las
lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el
trapecista exclamó, sollozando:
-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo
vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarle.
Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda,
telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo
duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un
solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo
aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar
al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave
preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si
semejantes pensamientos habían empezado a atormentarle, ¿podrían ya cesar por
completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia?
Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo,
en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en
la lisa frente infantil del artista del trapecio.