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jueves, 8 de marzo de 2012

Escritos colectivos: No me hables de horas extra.

El café de máquina de la oficina sabía casi a agua, ni siquiera podría decirse que tuviera aroma. Tengo cinco minutos para beberme el café. Luego mis manos vuelven a encontrarse cara a cara con las letras gastadas y cansadas del teclado del ordenador. Mis ojos chocan con un reloj que se mueve a paso de tortuga. El jefe se pasea cada media hora, habla con algunos y les dice, al acabar, que sigan trabajando. El jefe se marcha. Mis manos siguen ancladas al teclado, el reloj no se mueve, y si lo hace, su sonido es tan estruendoso como una estampida de truenos procedente de un oscuro nubarrón.

 Mi compañera de al lado habla por teléfono con su familia, su novio que vive en Dinamarca y todo eso. Cuando el jefe se pasea, pone el teléfono en espera, teclea, y hace como si nada. Yo mantengo la misma mueca que deben poner mis manos al teclear durante tantas horas seguidas.

Mis dedos tocan en el piano un eterno réquiem, pero mi mente quiere volar montada en el petirrojo que veo por la ventana. Pero en el interior de la oficina un cálido fuego arde. Unas pálidas llamas que me hacen sentir más a gusto que en casa. Todos los días las busco: en los grifos del baño, en cada papelera, entre los espacios de cada número del reloj, en los archivos de mi ordenador. Pero por más que lo busco no los encuentro, sin embargo yo lo siento, sé que el fuego está en alguna parte de este trabajo, y el no encontrarlo me desespera aún más. Una vez estuve a punto de preguntárselo al jefe, pero el reloj corría tan rápido que me entró miedo de que me despidiera.

 Quemarlo todo, eso sí que estaría bien, despertarse un día y ver que la oficina ha ardido hasta los cimientos y que tú eres el único superviviente. A veces quemo cosas, cuando estoy solo y sé que nadie me ve: papeleras, cabinas telefónicas, una vez quemé un coche. No estoy loco, aunque sé lo que pensaría la gente si pudiera saber lo que pasa por mi mente. La soledad y un trabajo de mierda dejan tocado a cualquiera. Noto que me estoy poniendo nervioso, abro un archivo de texto: “lista de tareas: machacar la cabeza del jefe con el teclado del ordenador, graparle los dedos al administrador, cortarle los frenos al coche de la psicóloga de la empresa”. Lo borro inmediatamente, a veces me asusto de mí mismo.

A la psicóloga de la empresa también la asusto. Lo veo en su rostro cuando anota cosas en su cuadernillo. Me ha recetado toda suerte de pastillas: antidepresivos, calmantes. Quiere controlarme. Creo que sabe demasiado. Debería hacer algo al respecto. Me molesta ligeramente que esa desconocida sepa tanto de mí. Sí, quizás debería hacer algo. Siempre me juzga. Me mira por encima de la montura de sus gafas con una mezcla de superioridad y compasión. Definitivamente debería hacer algo al respecto. ¿Y si le cuenta a alguien lo que sabe de mí? En realidad no sabe nada. Cree que lo sabe todo, pero no sabe nada. Arrogante… voy a hacer algo al respecto. Quizás debería tomar algunas de las pastillas que me receta. Empiezo a aterrorizarme de mí mismo. Quizás debería ir a verla, aunque temo lo que pueda pasar.

 Ahora que me paro a reflexionar sobre esto, puede que la psicóloga sepa más de mí de lo que me imagino. Tal vez piense que soy un peligro para la sociedad y quiera quitarme de en medio con pastillas misteriosas. Sí, he de hacer algo al respecto. Tal vez sea ella la que tenga que desaparecer, tal vez podría drogarla yo a ella. Llevarla a un bosque, atarla a un árbol y quemarla viva. Sí, sería la primera persona a la que quemo, y querría saber qué se siente…

 Pero no, eso truncaría mis planes secretos. Yo no puedo dejar rastros tan evidentes, atarían unos cabos con otros y sabrían que había sido yo. Al fin y al cabo, aunque la psicóloga sepa tanto de mí, no es ella quien me está perjudicando; es más, podría decir hasta que me cae bien; no me importaría invitarla a salir alguna noche y ¡quién sabe! Hasta a lo mejor llegábamos a algo. Mi objetivo es el jefe, que se pasea y pasea como si no tuviera nada que hacer más interesante. No puedo soportar su “sonrisita”, ni sus “palmaditas” en la espalda cuando quiere ser simpático (“Por cierto, Pérez, ¿qué tal está su mujer? ¿ha terminado ya la quimio?”). Voy a por él.

Tiene que caer, seguro que la gente me lo agradece. ¿Qué sentido tiene que alguien que se pasea por los pasillos sin hacer nada en todo el día y llegando a la hora que se le antoja sea el que más gana? Se merece lo que le va a pasar, creo que incluso él opina que se lo tiene ganado, ¿cómo no iba a odiarse a sí mismo? Tiene un trabajo insignificante, insulso. Sí, el mejor sueldo, pero por no hacer nada. Lleva una existencia vacía, es una cáscara y no merece vivir por ello. Pero tendré que dejarlo por hoy, nadie debe sospechar. Tiene que seguir siendo secreto para que pueda funcionar.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Escritos Colectivos

Hay un pueblo pequeño, en algún lugar remoto de este insignificante planeta, que es víctima de una maldición nacida del odio y del rencor de uno de sus fundadores. Un pueblo atrapado  en su propia marginación, buscada a propósito por un grupo de jóvenes que un día abandonaron su gran ciudad para vivir en una comunidad independiente, utópica, donde harían florecer sus sueños comunes de felicidad rodeados de la naturaleza más pura y fascinante que pudiesen encontrar en los confines del planeta.

La cosa había ido bien al principio. Todos tenían los mismos ideales, los mismos sueños, aproximadamente, las mismas edades. La idea era crear un espacio en el que no hubiera propiedad ni coacciones, de forma que no existiera más norma que respetar al otro como si tú mismo fueras él. No habría autoridad, ni gobernantes, y las decisiones se tomaban todas las noches cuando, al caer la tarde, se reunían en la casa más grande de aquel pueblo abandonado que habían ocupado meses atrás.

Todo parecía un sueño. No había peleas, intercambiaban cosas en lugar de comprarlas (porque sabían que el dinero traía problemas), no había discusiones mayores que las provocadas por la decisión de la cena... Pero, evidentemente, no iba a se así siempre. Los problemas empezaron a surgir. Cosas como el tamaño de las casas ocupadas o el cambio justo de bienes fueron las que lo desataron todo.

¿Por qué mi casa no mira al bosque? decían unos, ¿por qué la mía no mira al este? decían otros. Empezó a brotar la envidia. Los vecinos recibían mejores raciones de comida, trabajaban menos, les miraban mal. La desconfianza empezó a recorrer la comunidad, y la enemistad. Se formaron grupos con un líder. Empezaron las peleas.

Los ciudadanos se reunían en consejos para intentar buscar una solución entre todos ellos, pero los líderes mostraban sus ideales y todos se separaban, agrupándose en torno a aquel que les gustaba. Pero la cosa no terminaba ahí. La maldición se hacía notar cuando estallaban las disputas. Las armas empezaron a nacer en las sociedades y con ellas surgió el poder. Ante él todo está perdido. Cada una de las diferencias pasó a medirse en poder. El más poderoso tenía lo que quería, u el menos poderoso trataba de ganarse la vida. El poder gluía de unos a otros al igual que el pueblo crecía y las armas se cambiaban. Los grupos separaron la ciudad en líderes, mientras todos y cada uno de ellos siempre quería más y más, El problema parecía agravarse sin encontrar solución. Pero todo tiene un límite.

Las noticias del conflicto llegaron al resto del mundo, y el conflicto se convirtió en un espectáculo mediático. Equipos de televisión llegaban de todas partes del mundo para dar cuenta del fracasso de una supuesta utopía, incluso se creó un reallity show que seguía la vida de varios de los líderes durante su día a día en la lucha por el control de esa pacífica unión. El mundo capitalista se àrtía de risa con el infortunio de aquellos a los que consideraban unos "vagos cobardes incapaces de adaptarse al mundo real". Pero todo cambió con las primeras víctimas.

Las muertes se sucedieron entre pobladores de la utópica aldea, pero el mundo no hizo nada. "Más realismo" decía la audiencia. Sin embargo, cuando una bala perdida acabó con la vida de un periodista, el mundo no tardó en tomar medidas. Cualquier persona con la edad apropiada para luchar residente en el pueblo fue arrestada y hubo algunas ejecuciones públicas (y otras no tan públicas). Los niños fueron dados en adopción. Ahora, en el pueblo solo quedan los fundadores, ancianos que se culpan unos a otros de la muerte y encarcelación de sus hijos y del arrebatamiento de sis nietos, que una vez fueron amigos y que ahora solo aguardan al muerte, odiándose los unos al los otros.

Escritos Colectivos

La música era ensordecedora, tanto que apenas era capaz de sentir nada más (casi era de agradecer). Con la cantidad de gente que me rodeaba agradecía no tener que pedir a mi cerebro que apagara sentidos como el olfato o el tacto, simplemente estaban apagados, la música mantenía al cerebro suficientemente ocupado, bueno, al menos en parte, porque no impedía que pensara. Me habría encantado, pero parece que una vez empieza jamás se vuelve a parar, no hasta que mueres.

Estando en el metro, en hora punta, sin espacio suficiente ni para leer tenía que hacer mucho calor, seguramente hubiera mucho ruido, pero nada de eso parecía importar. Parecía que nada volvería a importar.

No importaban. La muchedumbre era una imagen perdida y translúcida, el vagón me transportaba sin apenas sentirlo. Y yo me elevaba por encima de todos y de todo, dejando mi sombra tejida al suelo como única prueba de haber estado ahí. Sólo mi sombra, mi alma ahora era un fuego artificial y mi corazón una paloma mensajera. Atrás quedaban el denso ruido a enjambre y la elevada temperatura. Todo ese molesto remolino que juega a invadirnos. Atrás sólo quedaba mi sombra y las demás sombras como el esqueleto fosilizado de una realidad que se esfuma.

Ya no sentía el sudor corriendo por mi pelo, ni la velocidad del vagón, ni tan siquiera sentía la masa pastosa de cuerpos.

Todas las sensaciones que tenía fueron lentamente sustituidas por otras nuevas. La primera fue el azul, o el verde, más bien una mezcla de ambos, como el mar; el color a mar llenando mis pulmones una y otra vez, entrando y saliendo con cada respiración.

Después vinieron las manos, sentí las manos cálidas y descansadas. Poco a poco se movieron solas. Era un movimiento lento que acompasaba la respiración. Iba moviendo de lado a lado imitando las olas del mar.

Con la sensación de tener las manos vivas vino finalmente la música al principio muy lejana y luego cada vez más cerca. Era otra vez esa música que lo llenaba todo, que lo escondía todo, que devoraba mis instintos y preocupaciones dejando sólo mi cuerpo material. Esperaba que cuando terminara la música y volviera en mí, el vagón de metro y toda la gente que me rodeaba hubieran desaparecido. Nunca había necesitado tanto un hombro en el que apoyarme, y o digo porque mis piernas habían dejado de sujetarme, el suelo me recibió como si llevara tiempo esperándome, pero no era el sucio y duro suelo del vagón, sino una mullida alfombra de césped, Jim Morrison había gritado Break on Through por última vez y por fin reinaba el silencio, abrí poco a poco los ojos deseando que por fin hubiera ocurrido, que mi triste realidad hubiera desaparecido y que yo me encontrara muy lejos, en un lugar mejor, pero nada me había preparado para lo que vi.

- ¿Ha tenido una existencia plena, señor Evans? –Me preguntó un hombre trajeado tras un caro escritorio.

- ¿Quién es usted? –le pregunté, pugnando por levantarme.– ¿Cómo he llegado hasta aquí?

- Ataque al corazón. Bastante frecuente.

- ¿De qué habla? ¿Quién es usted?

- Ese no es el tema, Sr. Evans. Yo le pregunté primero si había tenido una existencia plena, y ambos sabemos que es de muy mala educación contestar a una pregunta con otra, así que respóndame.

Ya de pie, lo miré con cara de pocos amigos. Aquello me daba muy mala espina.

La música, ¿dónde estaba la música? ¿Un infarto? La música había anulado mis sentidos y me había arrastrado como una corriente marina a las profundidades de mi subconsciente, pero nunca me imaginé que pudiese haber detenido el palpitar de mi corazón. El señor inquietante seguía mirándome desde su escritorio, impasible.

- No he sufrido ningún ataque al corazón –le dije, firme y serio, porque la música ensordecedora y la multitud nacían en mí. La música más primitiva y ensordecedora que pudiera existir nacía en mí, en cada ser humano, en cada animal, aquella música ensordecedora y percusiva que marcaba el orden de mi universo tenía su base rítmica en los latidos de mi corazón.

- Entonces, Sr. Evans, ¿podría usted responder a mi pregunta? Es de suma importancia que lo haga para planear su futuro.

- ¿Mi futuro? ¿Qué me está diciendo? ¿Dónde estoy? ¿Quiere usted decirme qué hago aquí y cuándo voy a volver a mi vida de siempre?

- No sea usted ingenuo, Sr. Evans. Toda su vida ha sido un bobo que se ha creído lo que soñaba y ahora es el momento de despertar. Sólo tiene usted que contestar a mis preguntas con sinceridad y luego…

- Luego ¿qué?

- Luego, ya veremos. Sólo unos pocos pasan la frontera, llegan aquí, al lugar desde que le hablo. Los demás se desintegran y se funden con la nada.

- Y ¿Quién decide? ¿Cómo se hace?

- Le he dicho que las preguntas las hago yo y punto. Aunque si usted no accede a responder, no hay más qué hablar. Fundido en negro y fin.

- A ver, dígame. Quier saber las preguntas antes de decidir si responder a ellas o no.

- Concedido, aquí las tiene escritas.

El Sr. Evans se retira un poco. La música empieza de nuevo a sonar y el aire se llena de notas de color que progresivamente se oscurecen hasta convertirse en una espesa masa gris.

El Réquiem de Mozart inunda la nave de la iglesia. La misa funeral por el Sr. Evans empieza. Todos se miran y parecen decirse: “Ha muerto un hombre bueno”. Seguro que, desde donde esté, nos seguirá ayudando.

domingo, 4 de marzo de 2012

Escritos colectivos: Un misterio no desvelado


Pues, bueno, no sé qué decirte. No es la primera vez que me preguntan esto y, la verdad, no tengo clara la respuesta. Por una parte, la idea me parece atractiva; estaría muy bien participar en algo así; pero por otro lado, no sé si por mi posición debo involucrarme en semejantes acciones que, probablemente, se malinterpretarán. Y ya sabes lo que es la fama: una vez perdida, no hay forma de recuperarla. ¿Verdad que estás de acuerdo conmigo, Jaime?
Jaime no supo qué contestar. Miró a su amigo con cara de circunstancias y esbozó una sonrisa. ‘Ya estamos con lo de siempre’ pensó, pero no dijo nada.
Y no lo dijo porque, conociendo como conocía a su amigo, sabía que en el instante en que apareciera un tono de hastío ante la repetición de este tipo de discurso, la intensidad del mismo aumentaría, y todos saben lo que es hacer enfadar a un divo. Así pues, decidió seguirle la corriente, asentir y dejar que continuara su proceso de pensamiento. Quizá, si estimulaba ciertas características de la personalidad de su amigo sería capaz de convencerlo para que formara parte de la idea propuesta que, si bien acarreaba cierto riesgo, la ganancia obtenida podía ser suficientemente alta como para ignorar los peligros.
Estuvieron hablando durante más de una hora. Lo que al principio era una propuesta acabó convirtiéndose en un favor personal y, después, tornó en un enfado que no hacía más que crecer. Jaime dudó de su amistad; si él no quería ayudarle, otro seguramente lo haría, pero eso no matizaba el malestar que sentía hacia las continuas negativas de su amigo. Jaime estaba seguro de que su plan iba a triunfar. Y, cuando lo hiciera, su amigo se arrepentiría de no haberlo aceptado.
Czetcoco argumentaba que cada persona era una persona y que cada uno tenía su propia forma, arriesgarse a perder la forma era muy peligroso pues no habría manera de recuperarla.
Para Jaime todo esto no tenía importancia, no le parecía riesgo alguno, aunque antes de proponérselo sabía que para Czetcoco sería un inconveniente. Era una acción sencilla para que no fracasara, pero dependía en parte de su colaboración.
Jaime empezaba a dudar de lograr convencerlo, pero no podía rendirse ahora que llevaba tanto tiempo hablándolo. Además se empezaba aquedar sin tiempo y sin fuerzas, necesitaba descansar y alimentarse.
—Mira, simplemente déjame el dinero, no necesitan saber que has sido tú— sugirió Jaime desesperado.
—Seguro que es la única solución.
—Venga Czetcoco, sabes cómo funciona esto; además me han asegurado que son gente de fiar.
—Ya … ya sabes que no tengo interés en involucrarme en esos asuntos, la policía…
—Lo que hacemos no es ilegal.
—Ya… pero yo estoy fichado y seguramente vigilan todos mis movimientos económicos.
Jaime frunció el ceño, conocía el pasado de Czetcoco; no era un tipo honrado, pero confiaba en él y además era el único que podía ayudarle.
—Eres el único que puede ayudarme. Si hubiese otro, se lo pediría a él, pero tú eres el único. Te necesito.
—Lo siento, esto no me da buena espina.
— Haz un esfuerzo, por favor. Te lo pagaré. Y nadie se enterará.
—Pero… ¿y si no se enteran?
—Te juro que no lo harán. Hazlo por los viejos tiempos.
Czetcoco le miró intensamente.
—Está bien, pero que nadie se entere de que he tomado parte.
Jaime pensó un momento.
—Lo haremos así.
Y cogió una hoja de papel donde escribió cómo llevar a cabo el plan.
—No lo leas aún, espera al momento adecuado, tal vez ocho, diez días, y entonces has de hacer todo cuanto hay aquí escrito. Tu fama y tu dignidad dependen de este papel, dependen de mí ahora. Hazme caso, todo saldrá como tiene que salir. Ah, y no olvides quemar el papel después de leer.


 
Por Pura, Miguel, Mario, Ulises, Pablo, Elio y Guillermo (en este orden)
29 febrero 2012

jueves, 1 de marzo de 2012

Escritos colectivos: Estragos de la guerra

Antes me gustaba ir de compras. Paseaba entre los azulejos y de cuando en cuando pegaba mi naricilla a los escaparates hasta ver algo que probarme. En ese momento entraba en la tienda y pasaba largo tiempo poniéndome miles de cosas que luego no compraba.
Antes me gustaba ir a la playa en los días nublados y pasar muchas horas haciendo castillos, y cuando subía la marea trataba de que no se desmoronasen. También buscaba entre las rocas conchas y algas con las que decorar mis construcciones.
Antes me gustaba la ensalada de pasta. Meterme en la cocina y cocinar para mí una enorme ensalada, con pimiento y pepino. Y luego tomarla tranquilamente escuchando la televisión.
Eran cosas que le gustaban a mi yo anterior, cosas que actualmente me parecen nimias y sin significado ¿Cómo he cambiado tanto? La respuesta es simple pero en absoluto sencilla. Todo comenzó la última navidad antes de la guerra, celebraba Nochebuena con mis amigos, de la mayoría de ellos desconozco ahora su destino, por la radio sonaban las noticias de la invasión de Canadá por parte de los rusos, pero ese día eso nos resultaba indiferente, era un día feliz, o debería haberlo sido.
Un hombre de rojo llamó a la puerta. Lo sé porque fui yo misma quien le abrió. Los hombres de rojo nunca eran buena señal. Ya conocíamos de su existencia, aunque no sabíamos bien qué hacían. Algunos vecinos habían recibido sus visitas. Ahora sus casas estaban en venta. Mi amigo Tobías recibió una llamada de sus padres diciendo que les había visitado un hombre de rojo y que fuesen inmediatamente. Nunca volvimos a saber de él. Mi prima Laurie, residente en Kiev, recibió una llamada de uno de ellos. Se suicidó dos meses después. Se me subió el corazón a la garganta.
-¿Qué se le ofrece?
El hombre de rojo esbozó una sonrisa torcida porque yo aún no le había reconocido y tardaría en hacerlo todavía un rato.
Sin una sola palabra, sólo con esa sonrisa torcida en aquel rostro ambiguo y maltratado por la guerra irrumpió en el salón y ante la mirada atónita de mis amigos, ocupó mi asiento y en silencio comenzó a comer de mi plato.
Cuando conseguí serenar mi ánimo y quitarme el susto de encima, me dirigí al hombre aquel y con el tono más tranquilo que pude le dije:
-Señor, ha ocupado usted mi asiento y ese plato del que come es el mío. Le ruego que se levante y acceda a ocupar el sitio libre que hay en el otro extremo de la mesa.
La verdad es que pensé –y todos mis amigos hicieron lo mismo- que el hombre de rojo no iba a esperar a que yo terminara de hablar y que me haría desaparecer sin piedad a la primera de cambio. Y sin embargo, no fue así; se levantó y mirándome fijamente recorrió el lateral de la mesa y se sentó en el hueco que quedaba.
Toda la escena parecía carecer de sentido. El hombre aún no había abierto la boca para nada, exceptuando, como es evidente, las veces que lo hacía para comer. Estábamos todos con los ojos como platos y probablemente en nuestras miradas era fácilmente perceptible nuestro asombro.
Cuando el reloj dio las dos en punto habló. Nos habló del virus T. Todos estábamos afectados por él. No había cura, solo desgaste. Describió los síntomas y rogó a los que lo padecieran que le acompañaran. Me fui quedando sola. Sola y distinta. Se fue el hombre de rojo y yo esperé a los síntomas que estaban por venir.

martes, 21 de febrero de 2012

Malos hábitos

No escribir es como un mal hábito: no lo haces un día, lo vas dejando y cuando te das cuenta piensas, ¿cuánto tiempo hará? No lo sabes, pero recuerdas que en algún momento pudiste hacerlo, quizá no sea demasiado tarde, quizá aún puedas conectar algún pensamiento con sentido y transmitir algo. Pero, por desgracia, hay veces que es demasiado tarde. Tus pensamientos se agolpan en las sienes y las palabras ya no fluyen; todo lo que una vez hubo se ha perdido y ya no sirve, ya no se parece a la música, ya no es una forma de liberación o de tortura, ahora sólo queda una triste mancha en el papel, inservible e ilegible. Ya no provoca el descanso que solía producir, no puede sacarte los pensamientos, buenos y malos. Ahora sólo queda incomprensión y desazón, una mota de polvo de lo que pudo haber sido pero no llegó a ser.

La realidad, a veces tan cruda que parece irreal, te atrapa y te encuentras caminando por unas vías que tienen un único destino: una ciudad derruida, una cáscara vacía, un huevo que jamás volverá a abrirse, porque la ciudad que una vez fue exuberante representación de la imaginación misma, se está pudriendo. Pretendió huir, pero se encontró atrapada y la parca le dio caza. No pudo zafarse, porque ni huyendo al lugar donde la vida se genera podría esconderse; la Muerte será siempre más rápida.

Tras la muerte de lo que te permitía escribir quedas solo, y no sabrás cómo luchar contra ello, no sabes cómo arreglarlo. Es una enorme pérdida que te deja a la deriva en un mar de desdicha y que te hace preguntarte sobre la “verdad”, sea cual sea su significado.

Cuando vuelves a intentarlo ves que todo el trecho recorrido lo has vuelto a hacer para atrás, y que si quieres volver no queda más remedio que reanudarlo y probar, a base de errores que probablemente ya hayas cometido. Porque de alguna forma no supiste proteger aquello que importaba.

Si quieres volver tendrás que empezar de cero, como cualquier novato que no comprende el significado de las palabras ni cómo han de unirse unas a otras para transmitir lo que sus desordenados pensamientos ruegan sea dicho; esta forma no ha de ser la ordinaria, sino una forma de una exactitud inalcanzable, para salvar todo lo que se pueda de ellos mientras luchan por no hundirse en el océano del olvido.

Es la muerte del pensamiento la que lo provoca.

domingo, 10 de abril de 2011

Decripción y diálogo

- Me parece terrible que pienses así

- Así, ¿cómo?

- Siendo tan pesimista para con todo lo que te rodea

- Por favor, no me describas, me restas realidad, describir algo es hacerlo encajar en palabras que no son el objeto mismo; y a no ser que encuentres la forma o las palabras necesarias para describir su totalidad no lo intentes. Lo deformas, aniquilas su esencia

- ¡Ves! Eso es precisamente a lo que me refería, ¿qué clase de mierda es esa? Te habrás quedado tranquilo…¿estás diciendo que si digo que alguien es alto o bajo, rubio o moreno no hay verdad alguna en lo que digo en relación con el sujeto? ¿de verdad?

- Sí, más o menos, quiero decir, seguramente sea alto o bajo, rubio o moreno, pero lo que digo es que estás simplificándolo todo demasiado, y que las palabras no son más que un intento frustrado de describir la realidad, que está demasiado lejos de nosotros como para intentar, si quiera, comprenderla como para encima querer expresarla.

- ¿Te das cuenta de que divagas y no dices más que chorradas?

- Nunca he dicho lo contrario, y aún así no soy el único que ha pensado que el lenguaje no es suficiente

- De todas formas, ¿entiendes que según lo que dices no deberías usar adjetivos cuando hablas? De hecho, quizá deberías ni hablar

- Ya, bueno, cada uno hace lo que puede, pero no podría relacionarme con cierta normalidad con nadie si no usara los adjetivos de vez en cuando, porque algunas frases no tendrían sentido, además estaría restando gran cantidad de palabras a mi vocabulario… y para que halbar de lo que pasaría y lo difícil que sería no hablar, del todo…

- Creo que eso de pensar una cosa y decir o hacer lo contrario tiene un nombre, algo así como… hipocresía, pero vamos, no me hagas mucho caso.

- ¿Acaso hay alguien que no lo sea? Aunque no sea por decisión propia hay veces que actúas en contra de tu voluntad u opinión. De todas formas, la necesidad de comunicación es suficientemente fuerte como para que se haya inventado el lenguaje, tanto oral como escrito, además de todas las mejoras que está habiendo en métodos de comunicación… así, en contra de mi voluntad usaré un lenguaje en parte inservible. De todas formas con evitar describir mucho las cosas no estaré traicionando mucho lo que creo

- mira, me estás provocando un señor dolor de cabeza, mi consejo sería que dejaras de pensar esas cosas y te concentraras en la supuesta e indescriptible realidad que te rodea

- Bueno, mi realidad depende de mis pensamientos, y si no los tuviera quizá sería completamente diferente, sin tantas preocupaciones ni quebraderos de cabeza, podría no pensar y pasar a la acción, pero nunca me ha ido mucho hacer ese tipo de cosas, la verdad, prefiero quedarme tranquilo mirando al mundo tal como yo lo concibo y pensar en las posibles consecuencias de mis actos, midiéndolas para saber si los efectos adversos de mis acciones son mayores que sus ventajas, lo que me ha salvado, en más de una ocasión de hacer cosas que no debía, claro que otras veces no ha servido para nada…

- Calla, calla. ¡No digas cosas!

- Piensa sólo, que cada uno de nosotros tiene una concepción del tiempo, ya lo decía Einstein en su teoría de la relatividad. Si el tiempo se midiera igual para todo el mundo nos volveríamos locos, así que nuestro cerebro lo regula…

- Usando tu última intervención te diré que contigo mi concepción del tiempo varía, sí, se me hace mucho más largo…¿podemos ahora dejarlo?

- Vale, porque parece que estuviéramos cada uno en un mundo y lo que digo aquí no tiene sentido en el tuyo…

viernes, 7 de mayo de 2010

Dust in the Wind

El viento nos arrastra de un lado a otro, siempre nos han dicho que tenemos la capacidad de elegir que puertas abrimos, cuales cerramos y si queremos mantener algunas entornadas, que siempre nos permitirán la vuelta ¿Es esto verdad? Creo más bien que el viento decide que puertas se abren y que puertas se cierran, en muchos casos de un portazo, para no volver a ser abiertas jamás. Es probable que como mucho puedas elegir alguna que otra, quizá proteger alguna más del cierre completo impidiendo el impacto de la clausura y próxima tapiación interponiendo tu pie entre el viento y la afilada hoja en que se ha convertido la puerta, en muchos casos lastimándote tanto que habrías preferido no interponerte entre el señor de las decisiones, de hecho hay veces, que ni después de afrontar el dolor has conseguido mantenerla abierta, es probablemente lo más doloroso.
Y es que en realidad, casi nos viene bien, con nuestra acostumbrada indecisión, el hecho de que alguien, en este caso algo, lo vaya eligiendo por nosotros, nos parece perfecto, así no podrás decir, elegí mal, no, en realidad dirás:”oooh, las circunstancias me fueron desfavorables y no pude hacer otra cosa” te compadecerás de ti mismo y eso te ayudará a superar las pérdidas, pero, entonces... ¿Dónde queda la supuesta libertad de elección?¿El libre albedrío? Gracias a estos dos grandes “amigos”, ha habido algunas personas que han conseguido que toda nuestra sociedad evolucione, en unos casos de manera favorable a todos, en otras solo a unos pocos, pero por lo menos decidieron moverse, ya es más de lo que muchos pueden decir.
Si nos paráramos a pensar... ¿No es eso lo que llevamos intentando evitar desde siempre, la pérdida de la libertad de acción?¿No es una de las ideas básicas que todos tenemos instalada en el fondo de nuestro cerebro? Al menos deberíamos. La libertad ha sido programada en nuestras “privilegiadas” cabezas, deberíamos tirar de ella y no lamentarnos de las puertas cerradas, soplar más fuerte que el mismo viento, leer sus pautas de movimiento y actuar antes, ser más rápidos, ya nos lo contaba un cuento, la velocidad de la mente va más allá que la del viento, así que... ¿Por qué no aprovecharla?
El hecho de que nuestra debilidad nos pueda implica algo no muy agradable, la debilidad, somos débiles, tanto que no podemos ni afrontar nuestras propias decisiones, aunque lo más probable, es que estas sean las más duras que tengamos que soportar. Algún precio tendrá que tener la elección, si todo fueran ventajas, ¿qué gracia tendría la existencia misma? Todo sería actuar sin pensar, y si la consecuencia no nos agrada, volver atrás y hacer lo contrario, de todas formas esto tampoco es realmente útil, porque las más de las veces no es o blanco o negro, gracias al cielo existen millones de tonalidades entre uno y otro, esto en parte dificulta la elección, ya no es un 50%, sino que es un 0,001% pero... ahora tienes toda una gama de posibilidades de imposible planteamiento, ya no tienes que terminar de pensar las acciones, ahora, puedes actuar y solo podrás esperar las represalias, porque... a toda acción hay otra igual y opuesta, la física no engaña, es la teoría de todo lo existente, todo lo puede demostrar, bueno, todo excepto la imposibilidad de elección, para esto hay quienes han decidido crear infinitos universos, así sabes que siempre estas escogiendo todas las posibilidades con todos los posibles resultados. A esto nos empuja nuestra cobardía, a la indecisión... A la necesidad de crear infinitas posibilidades, por si la nuestra sale mal poder pensar que en realidad, en algún punto has hecho bien. Pero sabes, que eso no siempre es verdad, puedes elegir mal y salir dañado, o dañar, en realidad poco importa si es uno u otro, el resultado termina siendo el mismo, el dolor, si tienes suerte solo será dolor físico, ese se cura con el tiempo, dejándolo pasar más o menos, pero se cura. En cambio, el psicológico puede perdurar durante una vida completa, puedes no haber sanado de una herida que te infligieron en la infancia y tengas ya edad suficiente para ser considerado una auténtica reliquia.
Aunque... ¿Qué se yo? En muchos casos he dejado que el viento me arrastre como una triste hoja de papel, totalmente indefenso ante una carga tan terriblemente persistente...

sábado, 1 de mayo de 2010

I Wish It Would Rain Down

Esta mañana cuando desperté me dí cuenta de que mi cuerpo ya no era el mismo, que se había fragmentado en millones y millones de partículas. Al cabo de un rato noté como algunas de ellas comenzaban a destrozarse contra el suelo, creando remolinos de vida durante un instante, para apagarse al siguiente y no volver a ser parte de mi. Algunos de estas partes no cayeron sobre suelo, sino sobre gente, que hastiada miraba hacia arriba con mala cara, sin darse cuenta que eso que tanto detestaban era mi vida, que se la estaba entregando en contra de mi voluntad, pero al fin y al cabo se la estaba entregando y ellos la rechazaban como si fuera algún tipo de enfermedad insoportable que los mataría lenta y dolorosamente. Otros en cambio, una inmensa minoría, parecían disfrutar de lo que les estaba otorgando, se daban cuenta que era algo precioso, que no se repetiría nunca igual, que siempre sería diferente, o al menos eso creo, porque sin duda alguna mientras tenía un cuerpo compacto era de esa opinión, cada una de las lluvias que sobre mí cayó fue totalmente diferente, cada una tenía una esencia propia, como si cada vez estuviera formada por algo totalmente distinto a la anterior, podría llegar a pensar que cada una tenía un color y un olor distinto, pero que mis ojos, como los del resto, no podían diferenciarlos y que por culpa del Ozono no podíamos captar ese característico olor que variaba con cada gota.

Cuando el suelo hubo estado mojado la sensación que percibía al caer era completamente diferente, era como lo que alguien debe sentir cuando salta de un avión en marcha y no muere hasta que no cae al agua, que en ese preciso instante y gracias a la maravillosa tensión superficial es como si saltara contra un grandioso bloque de cemento. La parte en que caía era realmente agradable, liberaba una gran tensión y mi “cuerpo” segregaba algo parecido a la adrenalina, pero me daba cuenta que cada una de las gotas que formaba mi cuerpo estaba destinada a ser lanzada con virulencia contra el suelo, ni una sola sobreviviría al impacto, por tanto, en un tiempo todo mi ser estaría desmembrado a lo largo de toda la ciudad, la más bestial de las defenestraciones, la única con la que conseguirías teñir una ciudad entera de la sangre de un individuo, claro que en este caso mi sangre ha dejado de ser roja ahora soy solo agua, con gran cantidad de partículas nocivas que están en el aire, pero la mayor parte es agua. Ahora, cada vez más consciente de mi condición puedo discernir que parte de lo que había sido mi antiguo cuerpo se destroza contra el suelo, ahora un trozo de bazo, un poco de riñón, ahí va un trozo de mi cerebro, alguna que otra parte de mi intestino y así hasta el infinito.

El sol comienza a calentar las partes de mí que aún no han caído, si esto pasa significa que el final de esta lluvia ya está próximo y con el la infelicidad de todos aquellos que detestan la forma en que he mudado. Noto como mi mente se va oscureciendo, como aparece la neblina típica de la pérdida de conocimiento, como todo se llena de puntitos de colores igual que sucede antes de un desvanecimiento, como mi capacidad para relacionar y reaccionar va desapareciendo. Noto como cada gota que cae es ahora, siempre una parte de mi cerebro, el resto de mi cuerpo yace ya desde hace un rato inerte en el suelo de la fría ciudad, que permanece impasible pese al significado de esta lluvia. Ya no queda nada, solo queda la parte del cerebro que me permite hilar estas sencillas frases, solo me queda despedirme, hasta la próxima, supongo que volveremos a encontrarnos...

sábado, 17 de abril de 2010

Loneliness

Dejé que la soledad me acogiera en su seno, en su más profundo sentido, me sentía debajo de 11km de agua, sumergido tanto que ni las peores pesadillas podrían llegar a ese nivel, solo, completamente solo, abandonado hasta por el mismísimo creador. Nada llega tan abajo, creo que es por eso que tanto disfruto de esta sensación, es el punto más alto del abandono, casi hay que ser un maestro en el arte del desamparo para saber convocar esta sensación, quizá porque todo aquel que la soporta sin conocer lo que se va a encontrar se vería aplastado por las circunstancias hasta el punto de no saber volver a la realidad y quedar en un estado de catatonia propio de un vegetal, del que no se puede regresar.
Sobrecogido por esta sensación decidí ir más allá, ¿se podría conseguir algo que inflija una presión mayor que la más profunda de las simas marítimas? ¿Podría ser que alguien, más capaz, pudiera conseguir la sensación de tener sobre ti, ya no toneladas de agua sino de sentirse en el núcleo de la Tierra? La verdad espero que si, porque una vez te acostumbras a la sensación de todo el peso de la soledad sobre ti ya no parece una carga tan grande, parece lo normal, de hecho, probablemente por eso llegue a ser tan fascinante, por eso es por lo que quieres más y más carga, podrías llegar a soportar el equivalente a tu peso en Jupiter, donde la fuerza gravitacional es 2,3 veces mayor, lo que equivale a que un cuerpo como el mío valga aproximadamente 6 millones de veces más que en la Tierra. Quizá sea posible, pero... ¿alguien querría llevar encima semejante carga por gusto? Y en caso afirmativo...¿alguien lo habrá conseguido?
Claro que bombardearse con semejante clase de preguntas es totalmente una pérdida de tiempo, un cuerpo con el mío no puede soportar semejante presión y, por mucho que me gustara, mi mente no es capaz de soportar la tensión que supondría encontrarse en un planeta como Jupiter completamente solo. Probablemente esa sensación sea totalmente indescriptible, ni el más hábil de los escritores podría ni siquiera llegar a entender como es sentirse así. De hecho, lo más seguro es que por eso mismo me encantaría, aunque fuera durante apenas un segundo, saber lo que sería, aunque solo fuera para contárselo a los millones de personas que también se preguntan esto, los que como yo disfrutan de la soledad hasta llegar a ser dependientes de ella, necesitándola igual que un heroinómano necesita la heroína o un adicto al cristal necesita su dosis horaria para poder tirar para adelante. Tal vez esté siendo completamente egoísta y en realidad quiera sentirlo no para hacer saber al resto lo que es, sino para poder jactarme de ello, para poder afirmar que he sido el único que ha soportado 6 millones de veces su peso en soledad, para poder así no necesitarla nunca más, o quizá necesitar que la próxima fuerza que me aplaste sea la última, la más poderosa, la única capaz de hacer desaparecer galaxias completas en cuestión de segundos, fuerzas que los dioses no son capaces ni de controlar, algo que ni ellos pudieron llegar a concebir, algo que existe por si solo, porque se siente libre de campar a sus anchas por el vasto universo, algo que es indescriptible, que no tiene forma, que no es ni cálido ni frío, es mayor que el mismísimo Destino, el mayor de los eternos, creados con el inicio del universo y que estarán ahí cuando todo haya acabado, mayor por supuesto que la Muerte y que el Sueño e infinitamente superior a sus pequeños hermanos, Deseo, Desesperación, Delirio y Destrucción. Una fuerza inconcebible para nosotros que el solo planteamiento de la eternidad nos es impensable. Nosotros que no servimos ni para entretener a dioses que están muy por debajo de los recién nombrados, que ni una idea de la nada nos parece factible, a nosotros, que carga nos podrían otorgar, hablo de la soledad más absoluta, esa que ningún tipo de ser podría soportar, ella, La Soledad, ella sería la causante de la más terrible de las muertes, el olvido completo, de ella esperaría la más deseada y meditada de las muertes. Me sentiría realmente honrado de que me escogiera a mí un simple capricho del destino, más insignificante que un grano de arena para el curso de las cosas, sería el ser más feliz del mundo en el momento en que la soledad me arrollara con toda su potencia y me dejara desecho y esparcido por todo el universo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

¿Por qué?

¿Por qué?. ¿Por qué todo el mundo tiende a aprovecharse de cualquiera que sea un poco desprendido? ¿Por qué en esta maldita sociedad toda persona que no es caradura está en peligro de ser timada, y de hecho, aun estos han de andarse con ojo?. Quizá sea porque nos han educado de esa forma, diciéndonos que en la vida el que no es fuerte es aplastado, el que no es hábil es timado y el que no es pícaro y se busca la vida no llega a nada.
¿Acaso miles de años de historia no nos han enseñado que una sociedad no precisa de fuerza o pillería, sino de justicia y raciocinio? Es una pena, pero cada vez más estas últimas cualidades se van dejando ver menos, sustituidas por los favoritismos, la estupidez y la holgazanería.
Libros como fahrenheit 451 ya nos mostraban hace años lo que en aquella época parecía una antiutopía, pero que cada vez es más real. Los libros por ahora solo se dejan apartados por la televisión y los juegos, pero quien sabe si estos no serán prohibidos en algún momento, impidiendo que la gente piense por sí misma. Que en un alarde de garrulería por parte de algún anormal se comience la quema de estos y con ellos siglos de conocimiento y creación literaria.
¿Es tan exagerado lo que digo?, ¿no es verdad que las calles están cada vez más vacías de libros y más llenas de gente que se muestra feliz de no leer, ni lo exigido en colegios?, o peor aún es cuando afirman leer, pero en realidad solo ojean revistas que nada tienen que contar. Por no hablar de la dificultad de estos para hablar correctamente un idioma, incluido el suyo propio, no sabiendo usar bien los tiempos verbales, ni la mitad del extenso vocabulario de que dispone su idioma.
Los pocos lectores que quedan deberían hacerse oír, y hacer entrar en razón a la terca población, hacerles comprender que un libro puede no ser aburrido, sino todo lo contrario. Pero claro, para que van a hacer caso, si al parecer cuanto más estúpido y más te dejes llevar por la corriente más lejos vas a llegar. Incluso a lo mejor tienes “suerte” y consigues que un programa del corazón te fije como objetivo y puedas conseguir kilos de dinero por hacer insulsas declaraciones.
Claro, esta vida solo presenta ventajas, pero en el fondo, toda esa chusma no son ni personas, subsisten y poco más, pero ¿para qué tenemos la capacidad de pensar si no la usamos? ¿Acaso la especie humana llego a gobernar el mundo por la fuerza? No, claro que no, probablemente casi cualquier especie esté mejor preparada para la caza, pero sin duda, ninguna tiene esa capacidad que la gente decide ignorar a favor de su “popularidad”, de sus “cinco minutos”. ¿De verdad compensa?