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martes, 25 de septiembre de 2012

El hilo azul



Mis queridos todos:

No quisiera que la primera entrada del blog en el curso 2012-13 sonara a triste despedida, nada más lejos de mi intención. Pero lo cierto es que, como ya os he contado a algunos que me preguntabais por el comienzo del Taller,  a partir de ahora yo dejo la dirección  y les paso el testigo a otras personas que lo quieren tanto como yo y que le insuflarán un nuevo y joven aliento. Llevo muchos años al frente del tinglado y pienso que es hora de retirarse y dar paso a enfoques distintos que, con el apoyo de todos nosotros, servirán para que el Taller siga su camino con nuevos y saludables bríos.

Este hilo azul me ha unido tanto a vosotros, a todos los que os habéis enredado en algún momento en él, que me vais a tener pululando a vuestro lado muy a menudo. Que no os vais a librar de mí fácilmente, vamos. Por eso esta entrada no es una despedida, sino una bienvenida a una etapa nueva para todos. Seguro que será para bien.

Os quiero, de verdad.

sábado, 12 de mayo de 2012

¡Qué bien...

ver todos nuestros escritos juntos, tan distintos en temas, estilos, voces...!
Espero que a todos os guste tanto como a mí vernos así, ante una misma tarea, fruto de una misma afición.

sábado, 24 de marzo de 2012

Sr. Oxímoron

- Y usted, ¿por qué se llama así, con ese nombre tan raro?
- Pues... ¡porque me lo puso mi padre, que era griego! Cuando yo nací dijo: "Este niño tiene cara de oxímoron". "¿Quéeee?" -dijo mi madre- "¿de quéee?". "De oxímoron, ¿no ves?. Está todo él como enfrentado: tiene un ojo gris azulado y otro negro, un labio regordete y para arriba y el otro fino y apenas marcado...". Y así siguió enumerando mis múltiples contrastes.
- Y usted ¿lo lleva bien?
- Pues mire, se hace lo que se puede. Ya sabe, el nombre no hace a la persona, la dignidad es algo que se lleva por dentro, y bla, bla, bla... Pero me ha costado mucho hacerme con el nombre y llegar a identificarme con él.
-Y ¿no ha pensado nunca en cambiárselo?
- Sí, claro; lo peor era de pequeño, en el colegio. Primero tenía que soportar que mis compañeros terminaran de reírse, porque no sé por qué mi nombre, nada más oírlo al pasar lista, les producía risa. Después pasaba el asunto a la curiosidad (que por qué te llamas así, que que quiere decir tu nombre, etc....). Y más tarde, llegaban los diminutivos y acortamientos del tipo de Oxi, Oxito, Osito, Yogui (por lo de oso), Morón, Moro, Mahoma... y todo, todo lo que uno pueda imaginarse.
- ¡Uf! ¡Qué mal rollo!
- Pero no podía cambiarme el nombre. Primero, por mi padre, que se sentía feliz cada vez que lo oía como si comprobara el éxito de su hazaña, y luego, porque no se pueden cambiar los nombres hasta que no se llega a la mayoría de edad, es decir, a los 18 años. Y para entonces... yo ya había solucionado mi problema.
- ¿Cómo?
- Pues convirtiéndome en un oxímoron todo yo. No solo por mis ojos de husky siberiano, no solo por mis labios, sino por mis actos, mis palabras, mis manías.
- A ver, cuente, cuente, que me tiene intrigado...
- Solo le pondré un ejemplo: Me eché una novia; era una buena chica, un poco sosa, pero me quería aunque yo a ella no. Le decía que sí siempre que me preguntaba y conseguía engatusarla con mis palabras, que ella oía embelesada: "tienes unos ojos ciegos para mí", o "eres mi niña adulta", o "quiéreme como yo te odio", y cosas por el estilo. Ella no me entendía, pero le daba igual (ya sabe usted, la fuerza de la palabra depende no tanto de su significado como de la forma de decirlo). Ella me preguntó que si nos íbamos a casar y le dije que sí, aunque yo no quería, y empezamos los preparativos. A sugerencia mía, su vestido no fue blanco sino negro (el que iba de blanco era yo). No tuvimos padrinos y a las preguntas de rigor del cura contestamos -a sugerencia mía también- a todo que no. El contraste con lo habitual era lo que me movía; yo quería el choque y el escándalo y lo conseguí.
  Por eso -y por más cosas que otro día le contaré- estoy aquí y hablo con ustedes de mi vida muerta o de mi muerte viva y no oculto que soy un loco cuerdo que, como Don Quijote, ve otras realidades y que estas existen a pesar de que todos los demás piensen que no; que ando por estos parajes en los que me han recluido con una felicidad triste que intento contagiar, y que me levanto todos los días dispuesto a defender la vida hasta la muerte porque esta es la que nos hace sentirnos vivos.
 No se duerma usted, compañero, que el sueño recorta la ilusión, y escúcheme, que soy un cuerdo loco que puede enimarle su triste vida.
 Oiga, oiga, no se me muera, que no me gusta la soledad en compañía. Despierte y míreme, mire mi ojo gris azulado y mire mi ojo negro. Sonríame, no me ponga muecas. No se me muera, no se me muera.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Escritos Colectivos

Hay un pueblo pequeño, en algún lugar remoto de este insignificante planeta, que es víctima de una maldición nacida del odio y del rencor de uno de sus fundadores. Un pueblo atrapado  en su propia marginación, buscada a propósito por un grupo de jóvenes que un día abandonaron su gran ciudad para vivir en una comunidad independiente, utópica, donde harían florecer sus sueños comunes de felicidad rodeados de la naturaleza más pura y fascinante que pudiesen encontrar en los confines del planeta.

La cosa había ido bien al principio. Todos tenían los mismos ideales, los mismos sueños, aproximadamente, las mismas edades. La idea era crear un espacio en el que no hubiera propiedad ni coacciones, de forma que no existiera más norma que respetar al otro como si tú mismo fueras él. No habría autoridad, ni gobernantes, y las decisiones se tomaban todas las noches cuando, al caer la tarde, se reunían en la casa más grande de aquel pueblo abandonado que habían ocupado meses atrás.

Todo parecía un sueño. No había peleas, intercambiaban cosas en lugar de comprarlas (porque sabían que el dinero traía problemas), no había discusiones mayores que las provocadas por la decisión de la cena... Pero, evidentemente, no iba a se así siempre. Los problemas empezaron a surgir. Cosas como el tamaño de las casas ocupadas o el cambio justo de bienes fueron las que lo desataron todo.

¿Por qué mi casa no mira al bosque? decían unos, ¿por qué la mía no mira al este? decían otros. Empezó a brotar la envidia. Los vecinos recibían mejores raciones de comida, trabajaban menos, les miraban mal. La desconfianza empezó a recorrer la comunidad, y la enemistad. Se formaron grupos con un líder. Empezaron las peleas.

Los ciudadanos se reunían en consejos para intentar buscar una solución entre todos ellos, pero los líderes mostraban sus ideales y todos se separaban, agrupándose en torno a aquel que les gustaba. Pero la cosa no terminaba ahí. La maldición se hacía notar cuando estallaban las disputas. Las armas empezaron a nacer en las sociedades y con ellas surgió el poder. Ante él todo está perdido. Cada una de las diferencias pasó a medirse en poder. El más poderoso tenía lo que quería, u el menos poderoso trataba de ganarse la vida. El poder gluía de unos a otros al igual que el pueblo crecía y las armas se cambiaban. Los grupos separaron la ciudad en líderes, mientras todos y cada uno de ellos siempre quería más y más, El problema parecía agravarse sin encontrar solución. Pero todo tiene un límite.

Las noticias del conflicto llegaron al resto del mundo, y el conflicto se convirtió en un espectáculo mediático. Equipos de televisión llegaban de todas partes del mundo para dar cuenta del fracasso de una supuesta utopía, incluso se creó un reallity show que seguía la vida de varios de los líderes durante su día a día en la lucha por el control de esa pacífica unión. El mundo capitalista se àrtía de risa con el infortunio de aquellos a los que consideraban unos "vagos cobardes incapaces de adaptarse al mundo real". Pero todo cambió con las primeras víctimas.

Las muertes se sucedieron entre pobladores de la utópica aldea, pero el mundo no hizo nada. "Más realismo" decía la audiencia. Sin embargo, cuando una bala perdida acabó con la vida de un periodista, el mundo no tardó en tomar medidas. Cualquier persona con la edad apropiada para luchar residente en el pueblo fue arrestada y hubo algunas ejecuciones públicas (y otras no tan públicas). Los niños fueron dados en adopción. Ahora, en el pueblo solo quedan los fundadores, ancianos que se culpan unos a otros de la muerte y encarcelación de sus hijos y del arrebatamiento de sis nietos, que una vez fueron amigos y que ahora solo aguardan al muerte, odiándose los unos al los otros.

Escritos Colectivos

La música era ensordecedora, tanto que apenas era capaz de sentir nada más (casi era de agradecer). Con la cantidad de gente que me rodeaba agradecía no tener que pedir a mi cerebro que apagara sentidos como el olfato o el tacto, simplemente estaban apagados, la música mantenía al cerebro suficientemente ocupado, bueno, al menos en parte, porque no impedía que pensara. Me habría encantado, pero parece que una vez empieza jamás se vuelve a parar, no hasta que mueres.

Estando en el metro, en hora punta, sin espacio suficiente ni para leer tenía que hacer mucho calor, seguramente hubiera mucho ruido, pero nada de eso parecía importar. Parecía que nada volvería a importar.

No importaban. La muchedumbre era una imagen perdida y translúcida, el vagón me transportaba sin apenas sentirlo. Y yo me elevaba por encima de todos y de todo, dejando mi sombra tejida al suelo como única prueba de haber estado ahí. Sólo mi sombra, mi alma ahora era un fuego artificial y mi corazón una paloma mensajera. Atrás quedaban el denso ruido a enjambre y la elevada temperatura. Todo ese molesto remolino que juega a invadirnos. Atrás sólo quedaba mi sombra y las demás sombras como el esqueleto fosilizado de una realidad que se esfuma.

Ya no sentía el sudor corriendo por mi pelo, ni la velocidad del vagón, ni tan siquiera sentía la masa pastosa de cuerpos.

Todas las sensaciones que tenía fueron lentamente sustituidas por otras nuevas. La primera fue el azul, o el verde, más bien una mezcla de ambos, como el mar; el color a mar llenando mis pulmones una y otra vez, entrando y saliendo con cada respiración.

Después vinieron las manos, sentí las manos cálidas y descansadas. Poco a poco se movieron solas. Era un movimiento lento que acompasaba la respiración. Iba moviendo de lado a lado imitando las olas del mar.

Con la sensación de tener las manos vivas vino finalmente la música al principio muy lejana y luego cada vez más cerca. Era otra vez esa música que lo llenaba todo, que lo escondía todo, que devoraba mis instintos y preocupaciones dejando sólo mi cuerpo material. Esperaba que cuando terminara la música y volviera en mí, el vagón de metro y toda la gente que me rodeaba hubieran desaparecido. Nunca había necesitado tanto un hombro en el que apoyarme, y o digo porque mis piernas habían dejado de sujetarme, el suelo me recibió como si llevara tiempo esperándome, pero no era el sucio y duro suelo del vagón, sino una mullida alfombra de césped, Jim Morrison había gritado Break on Through por última vez y por fin reinaba el silencio, abrí poco a poco los ojos deseando que por fin hubiera ocurrido, que mi triste realidad hubiera desaparecido y que yo me encontrara muy lejos, en un lugar mejor, pero nada me había preparado para lo que vi.

- ¿Ha tenido una existencia plena, señor Evans? –Me preguntó un hombre trajeado tras un caro escritorio.

- ¿Quién es usted? –le pregunté, pugnando por levantarme.– ¿Cómo he llegado hasta aquí?

- Ataque al corazón. Bastante frecuente.

- ¿De qué habla? ¿Quién es usted?

- Ese no es el tema, Sr. Evans. Yo le pregunté primero si había tenido una existencia plena, y ambos sabemos que es de muy mala educación contestar a una pregunta con otra, así que respóndame.

Ya de pie, lo miré con cara de pocos amigos. Aquello me daba muy mala espina.

La música, ¿dónde estaba la música? ¿Un infarto? La música había anulado mis sentidos y me había arrastrado como una corriente marina a las profundidades de mi subconsciente, pero nunca me imaginé que pudiese haber detenido el palpitar de mi corazón. El señor inquietante seguía mirándome desde su escritorio, impasible.

- No he sufrido ningún ataque al corazón –le dije, firme y serio, porque la música ensordecedora y la multitud nacían en mí. La música más primitiva y ensordecedora que pudiera existir nacía en mí, en cada ser humano, en cada animal, aquella música ensordecedora y percusiva que marcaba el orden de mi universo tenía su base rítmica en los latidos de mi corazón.

- Entonces, Sr. Evans, ¿podría usted responder a mi pregunta? Es de suma importancia que lo haga para planear su futuro.

- ¿Mi futuro? ¿Qué me está diciendo? ¿Dónde estoy? ¿Quiere usted decirme qué hago aquí y cuándo voy a volver a mi vida de siempre?

- No sea usted ingenuo, Sr. Evans. Toda su vida ha sido un bobo que se ha creído lo que soñaba y ahora es el momento de despertar. Sólo tiene usted que contestar a mis preguntas con sinceridad y luego…

- Luego ¿qué?

- Luego, ya veremos. Sólo unos pocos pasan la frontera, llegan aquí, al lugar desde que le hablo. Los demás se desintegran y se funden con la nada.

- Y ¿Quién decide? ¿Cómo se hace?

- Le he dicho que las preguntas las hago yo y punto. Aunque si usted no accede a responder, no hay más qué hablar. Fundido en negro y fin.

- A ver, dígame. Quier saber las preguntas antes de decidir si responder a ellas o no.

- Concedido, aquí las tiene escritas.

El Sr. Evans se retira un poco. La música empieza de nuevo a sonar y el aire se llena de notas de color que progresivamente se oscurecen hasta convertirse en una espesa masa gris.

El Réquiem de Mozart inunda la nave de la iglesia. La misa funeral por el Sr. Evans empieza. Todos se miran y parecen decirse: “Ha muerto un hombre bueno”. Seguro que, desde donde esté, nos seguirá ayudando.

domingo, 4 de marzo de 2012

Escritos colectivos: Un misterio no desvelado


Pues, bueno, no sé qué decirte. No es la primera vez que me preguntan esto y, la verdad, no tengo clara la respuesta. Por una parte, la idea me parece atractiva; estaría muy bien participar en algo así; pero por otro lado, no sé si por mi posición debo involucrarme en semejantes acciones que, probablemente, se malinterpretarán. Y ya sabes lo que es la fama: una vez perdida, no hay forma de recuperarla. ¿Verdad que estás de acuerdo conmigo, Jaime?
Jaime no supo qué contestar. Miró a su amigo con cara de circunstancias y esbozó una sonrisa. ‘Ya estamos con lo de siempre’ pensó, pero no dijo nada.
Y no lo dijo porque, conociendo como conocía a su amigo, sabía que en el instante en que apareciera un tono de hastío ante la repetición de este tipo de discurso, la intensidad del mismo aumentaría, y todos saben lo que es hacer enfadar a un divo. Así pues, decidió seguirle la corriente, asentir y dejar que continuara su proceso de pensamiento. Quizá, si estimulaba ciertas características de la personalidad de su amigo sería capaz de convencerlo para que formara parte de la idea propuesta que, si bien acarreaba cierto riesgo, la ganancia obtenida podía ser suficientemente alta como para ignorar los peligros.
Estuvieron hablando durante más de una hora. Lo que al principio era una propuesta acabó convirtiéndose en un favor personal y, después, tornó en un enfado que no hacía más que crecer. Jaime dudó de su amistad; si él no quería ayudarle, otro seguramente lo haría, pero eso no matizaba el malestar que sentía hacia las continuas negativas de su amigo. Jaime estaba seguro de que su plan iba a triunfar. Y, cuando lo hiciera, su amigo se arrepentiría de no haberlo aceptado.
Czetcoco argumentaba que cada persona era una persona y que cada uno tenía su propia forma, arriesgarse a perder la forma era muy peligroso pues no habría manera de recuperarla.
Para Jaime todo esto no tenía importancia, no le parecía riesgo alguno, aunque antes de proponérselo sabía que para Czetcoco sería un inconveniente. Era una acción sencilla para que no fracasara, pero dependía en parte de su colaboración.
Jaime empezaba a dudar de lograr convencerlo, pero no podía rendirse ahora que llevaba tanto tiempo hablándolo. Además se empezaba aquedar sin tiempo y sin fuerzas, necesitaba descansar y alimentarse.
—Mira, simplemente déjame el dinero, no necesitan saber que has sido tú— sugirió Jaime desesperado.
—Seguro que es la única solución.
—Venga Czetcoco, sabes cómo funciona esto; además me han asegurado que son gente de fiar.
—Ya … ya sabes que no tengo interés en involucrarme en esos asuntos, la policía…
—Lo que hacemos no es ilegal.
—Ya… pero yo estoy fichado y seguramente vigilan todos mis movimientos económicos.
Jaime frunció el ceño, conocía el pasado de Czetcoco; no era un tipo honrado, pero confiaba en él y además era el único que podía ayudarle.
—Eres el único que puede ayudarme. Si hubiese otro, se lo pediría a él, pero tú eres el único. Te necesito.
—Lo siento, esto no me da buena espina.
— Haz un esfuerzo, por favor. Te lo pagaré. Y nadie se enterará.
—Pero… ¿y si no se enteran?
—Te juro que no lo harán. Hazlo por los viejos tiempos.
Czetcoco le miró intensamente.
—Está bien, pero que nadie se entere de que he tomado parte.
Jaime pensó un momento.
—Lo haremos así.
Y cogió una hoja de papel donde escribió cómo llevar a cabo el plan.
—No lo leas aún, espera al momento adecuado, tal vez ocho, diez días, y entonces has de hacer todo cuanto hay aquí escrito. Tu fama y tu dignidad dependen de este papel, dependen de mí ahora. Hazme caso, todo saldrá como tiene que salir. Ah, y no olvides quemar el papel después de leer.


 
Por Pura, Miguel, Mario, Ulises, Pablo, Elio y Guillermo (en este orden)
29 febrero 2012

martes, 7 de febrero de 2012

Hoy, poesía

MENÚ DEL DÍA

1º) Aperitivos: Pequeños poemas (pareados, tercetos, coplillas, haikus…) de tema ligero y divertido o burlón, o que invite a la reflexión. 

2º) Plato de verdura: Exaltación del campo, de la primavera. O bien de “lo verde”, lo escabroso y subido de tono… los placeres corporales. 

3º) Plato principal: La historia propiamente dicha, el jugo, la chicha de lo que queremos contar. 

4º) Postre: Lo dulce del primer enamoramiento, un recuerdo feliz de la infancia… cualquier cosa que deje buen sabor.

Pues… ¡venga, a cocinar lo que más os apetezca! ¡no seáis perezosos!

jueves, 2 de febrero de 2012

Para los amantes de...

The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore from Moonbot Studios on Vimeo.

Espero que os guste este vídeo que me ha pasado mi amiga Pilar. A mí me encanta.

miércoles, 18 de enero de 2012

Este-no-es-mi-mundo.

Sin esto, yo no sería yo (o sí, quién sabe).
El mundo ―mi mundo, el de ahora― no sería igual de azul.
Y las tardes de algunos días serían más cortas, más triste, menos risueñas.
Seguro que dormiría la siesta plácidamente mientras veía los animalitos de la 2.
Pero sin duda habría perdido el hilo y andaría desorientada.
Porque sin vosotros, no sería igual mi mundo,
(quizá tampoco el vuestro, no sé, quién sabe),
Sin la red que nos enreda a todos en una maraña de sorpresas, confusiones y certezas
y que tejemos con el hilo azul semana tras semana, curso tras curso, año tras año.
Cabezas, ojos, manos, corazones, pensamientos y sentimientos, tristezas y alegrías,
Cuelgan de esta red, se atan, se mezclan, se enmarañan unos con otros.
A veces, sin conocernos, nos identificamos mutuamente y nos reconocemos como si todos juntos hubiéramos compartido cafés, meriendas, celebraciones, congresos, exposiciones, teatro.
Y es que donde han estado unos hemos estado todos.
El hilo azul nos ata suavemente y tiende lazos entre nosotros por encima de edades y de caminos.
Y, sin embargo, el hilo azul nos individualiza y nos enfrenta con nosotros mismos.
Por todo esto, sin vosotros, mi mundo no sería el mismo ni yo sería yo.