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jueves, 17 de noviembre de 2016

Con las letras de Mr Cohen


No queda nada aquí

Y lo queda todo,

En la distancia.
 

Entre tu respiración

Y la mía,

Un mundo.
 

Cabe entre nosotros

Un amor de distancia.

*
Cuando la noche está tranquila, los amantes se susurran los besos junto al oído y las palabras se agazapan en los callejones, trepando los ladrillos hasta llegar a los tejados. Desde allí profesan que se aman mientras la oscuridad es joven y el universo puede granjearnos todos nuestros deseos.

Marianne se había cortado el cabello, porque los recuerdos no podían desprenderse con el corte de un metal si no es para abandonar este mundo. Y aun así, lo que amamos y perdemos siempre permanece a nuestro lado.

Aún le gustaba dibujar en el aire conversaciones salidas de sus labios, frases que chocaban entre sí en un baile erótico de momentos vividos. ¡Revivirlos, revivirlos! El calor en esos labios, ¡que vuelva! Que el corazón no se enfríe bajo el estallido de la distancia.

Cuando soñaba, lo imaginaba, dormida. Y cuando abría los ojos, lo añoraba, despierta.  La noche era su refugio y el insomnio la venganza infligida sobre sí misma por haberlo perdido. A él. Y sus manos. Su forma de mirar. Su respiración. Su sonido. Su voz. ¡Su voz!

Su voz en la oscuridad.

Allí arriba, sobre las luces de la ciudad, los amantes narran sus historias y ella, que está sola, les canta a las estrellas sobre la ausencia que nunca la abandona. Y cierra los ojos.

Y sueña.

lunes, 18 de abril de 2016

Taller virtual 2: El instante.

“El puente de Waterloo” de Derain & “Bailarina basculando” de Degas.

Todo su cuerpo oscilaba sobre la punta. Se mecía, girando sobre su eje, sin caer. La belleza brotaba de sus músculos, de su cuello estirado, de la floritura excelsa de sus manos.
Eran fuegos artificiales. El sol había estallado en colores, todo se revolvía y caía sobre los edificios, sobre los puentes y el agua, se esparcía y fundía con las formas del mundo.




“El descendimiento” de Roger Van der Weyden.
Cae.
Se ha ido,
Cae.
No puede hacer otra cosa.
Es mecido por los brazos amantes
Como si fueran olas.
Cae, con la corona hendida.
Las voces susurran, ahora
De boca en boca.
El sayo lo envuelve, lo toca.
La sangre se borra, y la herida se queda.
Y cae, cae, cae. Su cuerpo ha caído.
 

miércoles, 13 de abril de 2016

Origen

No creo que haya una vuelta atrás para esto. Si saltamos, el vacío nos consumirá y lo que haya allí abajo, si es que hay algo, nos devorará.
 
-¿No quieres hacerlo?
-Tenemos que hacerlo, hay que saltar.
Lentamente, ambos adelantaron sus pies hasta el borde, dejándolos justo ahí, a un milímetro de la caída. ¿Cambiarían verdaderamente las cosas? La idea de no volverse a ver era casi tan abrumadora como la incertidumbre, la esperanza de que aquella acción fuera a resolver las dudas y responder a las preguntas. Que lo que los aguardaba podría darles una opción que no fuera morir aquí, donde parecía que ya no quedaba nada.
-No me sueltes.
Y sin embargo, una vez los cuerpos rasgaron el aire vencidos por la gravedad, sus manos se soltaron mientras sus cuerpos caían a distinta velocidad. Antes de llegar abajo, ella miró hacia arriba y, un segundo antes de todo, sus ojos se encontraron antes de desaparecer.

martes, 15 de abril de 2014

Era ayer.



Lo que yo era nadie lo encuentra, porque ya nadie lo busca. Lo que yo era ya no es. Lo que yo era, eras tú cuando me decías con la mirada cómo era el timbre de mi voz. Te gustaba mi voz. Y te gustaban mis palabras. Al cabo, lo que yo era es lo que eras tú. Pero ni tú ni yo somos lo que éramos. Eso se ha perdido. Eso ya no está. Se lo ha llevado el viento… lo guarda la melancolía de tus textos apasionados, de tus relatos de vida. Mis sombras de tinta.

Yo solía ser así, porque es como tú me imaginabas.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Escribirte esta carta.

La vida escindió nuestras miradas, partiéndolas en dos y abriendo un terrible e inexorable vacío. Como un océano inabarcable imposible de cruzar, el horizonte invisible al otro lado.  Nos perdimos en el lento abismo del tiempo que no corre y enmudece el recuerdo hasta hacerlo desaparecer. Días desgranándose lentamente con la cadencia de las horas. Supongo que desaparecimos, al final, porque no había forma de encontrarse en el caos de las cosas.

Las cartas, como las palabras, desaparecen entre el conjunto de los detalles, como retazos de un lugar imperfecto al que siempre queremos regresar pero que nunca podremos alcanzar. Yo transito por el pasado en los segundos que dejamos correr entre las yemas de los dedos. El viento soplando tinta sobre frases muertas y el futuro alcanzando el final de esta cinta métrica infinita.

E imagino tan sólo por imaginar que esto llegase a tus manos pálidas y ajadas, y viejas. Y a tus ojos azules y cansados y arrepentidos contra el tiempo que uno gasta mordiendo milímetros, aspirando todo el oxígeno, caminando cada medida, y besando los únicos labios ausentes. Las cosas nunca ocurren porque deban ocurrir. La gente no ama porque haya que amar. La vida no espera ni se retrasa ni se desmarca. Hay que correr los riesgos, hay que soñar la tristeza. Había que mentirse como nos mentimos nosotros para robarle el alma al amor. Para secuestrar la felicidad perecedera y efímera y solitaria.

Tenía que escribirte esta carta.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Estridente pescadilla.


En un momento de fervor anti-universitario y de pérdida de fe en la humanidad he escrito este poema, dedicado a todos mis profesores. Ellos son la pescadilla, claramente.

Estridente pescadilla,
No mueras.
El mar te reclama aún, pescadilla.
No te como hoy,
Así que corre,  nada…
Ya te comeré mañana.
 
 
Estridente pescadilla:
¡A mis dientes!
Dilaté tu fortuna,
Pero la hora ha llegado.
Ahora, ¡qué gusto!
Pescadilla,
Cazada estás entre mis paladares.
 
 
Estridente pescadilla
Qué gozo interno.
Ahora,
En mi estómago te tengo.
Hermoso viaje el nuestro
Pescadilla,
Pero tu final ha llegado.
Tu vida, pescadilla
Oh, estridente pescadilla
Se ha agotado.

martes, 26 de febrero de 2013

La espera. El miedo. El atardecer.


Esperaba un cataclismo, la piel de gallina. Esperaba que el mundo le cupiera dentro, sentirse a punto de explotar. Esperaba que el amor fuera así, de la misma forma en que lo había imaginado. Pero la verdad era desconcertante. La verdad tenía tantos matices, tantas preguntas inconfesables. Y dudas y formas de mirar. La realidad no era un sentimiento, la realidad era una maraña de inseguridades y ningún mapa para desenredar los hilos.

Asustaba crecer y envejecer. Elegir en la dirección inadecuada. Decidir el destino. Hacer de adivino y mirar a la vida buscando el final de una historia que se va creando pedazo a pedazo. Y escribía los versos en la almohada, recitándoselos al oído, porque no quería despertar.

Esperaba sentirse feliz. Abrir los ojos en el pasaje de una película, bajo el puente, con la mejor canción. Esperaba releer los cuentos y pensar que el pasado siempre fue mejor. Esperaba acabar con las caídas, y empezar a crearse alas para volar. Quería pensar que había cambiado, que los rostros de las fotografías no le robarían el protagonismo de vivir. Caminaba más despacio, para no perderse ningún recuerdo. Pero los detalles demolían las ideas como el agua los castillos de cartón. Cimientos que siempre caen ante la fuerza de los acontecimientos.

Asustaba arrepentirse. Haber elegido mal. Asustaba no haber dicho lo que sus labios morían por decir. O haber dicho demasiado aquel día junto a la escalera. Anhelaba la lluvia y la soledad. Anhelaba los columpios, y el aire, y el mar.

Era difícil discernir, al final, entre el dibujo que había visto, leído en alguna parte, presa de los colores elegidos al azar; y la imagen que tenía ahora mismo frente a sí, tan complicada de descifrar. Así que se sentó en el banco, junto al atardecer, mirando al sol desnudar la tierra y dejar a la noche vestirla para soñar.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

El descubrimiento de la bombilla.


El mundo anda medio vacío,
Todo marcha a la deriva.
Desacompasado y tuerto
Nadando a contracorriente.

 
Mi cuerpo está varado.
 
Y qué hago ahora
Si el mundo vaga sin sentido

Y yo meditabundo me ahogo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Búsqueda

 


La oscuridad es un lugar al que nadie quiere acercarse, y que el resto busca para poder esconderse. Cobijarse de un mundo donde hay demasiada gente… y resulta difícil encontrarse. Y es que a veces sentimos que las calles que transitamos no nos llevarán a ninguna parte, pero aún así necesitamos seguir caminando. Porque quizá, si nos paramos, nunca volveremos a movernos. Y queremos seguir adelante, buscando siempre entre las sombras… Porque la luz es difícil de encontrar, aunque necesitemos que nos guie desesperadamente. Encontrar a una persona que nos mire y confíe en nosotros, que nos coja de la mano y trace un mapa en nuestra palma con las yemas de sus dedos. Yo te encontré a ti, y luego te perdí. Me solté y el bullicio me engulló. ¿Qué puedo hacer ahora?
Las luces me llevarán a casa, ¿decías?
Yo no sé donde estoy, por donde transito. Pero quiero llegar, ¡ansío llegar! hasta donde tú dijiste, hasta el lugar que tú me dibujaste sobre la piel… Por eso me interno en la noche y la temo, pero también la necesito. Las estrellas sólo se ven en el cielo cuando la luna brilla. Desde el cristal de mi ventana miro la ciudad en llamas, todas esas bombillas, titilando como velas, como motas de fuego en un mar de cemento y metrópoli. La noche me recoge, me asusta, pero también me parece un lienzo. Si en ella camino, en ella me pierdo y cuando regreso, los escalones de mi casa no se han marchado. Sólo una parte de mi se fue lejos y así de lejos estás tú. Quizá si todo se combina… mis pies cadentes, hacia delante, un fulgor, en la nada, en la oscuridad como un faro en el borde de un acantilado; y tu voz, guiándome hasta donde te has marchado. Así… quizá, sólo quizá, no pueda volver a perderme.

lunes, 4 de junio de 2012

Music.

Canción: "Breath of life" (Florence + The Machine) - http://youtu.be/ROtBbOcdFxo


En lo alto de la torre, el viento chillaba en sus oídos con una furia que parecía provenir del mismo infierno. El panorama que se adentraba en sus ojos tampoco podía hacerla olvidar la realidad en la que se veía envuelta, tan feroz como las olas que rompían contra las rocas cortantes y tenaces. Un campo yermo se extendía a sus pies, con la luz del atardecer haciendo relucir las armaduras doradas de cientos y cientos de soldados. Su ejército, con sus poderosas banderas ondeando en aquella marea de aire y olor a muerte. Las crines rojas como sangre sobre sus cascos y aquellos escudos, con el nombre de la magia inscrito en el oro que los envolvía. Todos ellos, todos sin excepción, habrían de perecer. No había forma de escapar al destino cuando nos aguarda, se dijo, y ella nunca había echado a correr. Inspiró hondo, tragándose aquel huracán como si fuera su último aliento de vida. Sabiendo que quizá era así. Y cantó la última canción al cielo, mirando hacia las nubes grises y el universo intrincado. Cantó lenta y suavemente la melodía de un grito desaforado y al acabar, bajó uno a uno los escalones de aquella torre hasta alcanzar el foso. El agua estaba quieta, estancada igual que todos ellos, parados en aquel minuto que parecía extenderse para siempre. Recordó la luz y se perdió en las sombras. Buscó una imagen feliz en su memoria, y la atesoró entre sus manos como un pálpito de vida.

Y cuando el último rayo pareció esconderse tras el horizonte, aparecieron.

Miles y miles de caballos negros cubriendo los campos blancos como un magma lento y denso. Y a lomos de cada uno de ellos, un hombre de armadura tan oscura como las crines del animal. Tanto, que casi parecían fundirse en un abrazo que les llevase a las tinieblas de las que parecían haber sido arrancados. Poco a poco se irían acercando, pensó, hasta que las espadas fuesen desenvainadas y la sangre fluyera como agua, dibujando las huellas de una batalla que no debían perder, pero que no podían ganar.
Cuando su hermano la miró a los ojos y la tomó de la mano, dispuesto a dar la orden, ella sonrió hacia la lejanía llena de espectros al galope, acercándose, parecía, para devorarles a todos.

-Que vengan - susurró - estaremos aquí para luchar. 
Y rozó suavemente el filo que sostenía entre sus manos.
Que vengan.

jueves, 10 de mayo de 2012

Circular.


La gota de lluvia se deslizaba por la venta en el instante en que Martina cayó por ella. Rompiendo el cristal y su vida en mil pedazos. Lo último en lo que pensó fue en que estaba volando, despidiéndose sin querer de la vida que tanto amaba. Luego sintió que se partía en dos y la nada la envolvió. Todo quedó en silencio, cubriéndose la calles de la penumbra que sigue al estruendo; luego, poco a poco, el resto de los sonidos comenzaron a sonar de nuevo. Y la gente empezó a correr sin saber a dónde y a chillar sin saber por qué. El cielo se cubrió de una espesa ceniza, y Daniel aún sentía el incesante pitido en su oído derecho cuando abrió los ojos. Desorientado, observó el caos que le rodeaba como si fuera una película de la que sólo era un espectador. Sentía que respiraba fuego, y  observó lo que había quedado del edificio, derruido como si un enorme agujero negro se hubiera tragado la calle. Intentó erguirse y entonces lo notó: era como si la muerte le estuviese susurrando al oído que alguien estaba diciendo adiós. Al girarse, allí, junto a él, en el suelo, yacía una chica... con los ojos abiertos, azules como un día de verano, las mejillas magulladas, las manos cerradas y el rostro buscando una luz que no se hallaba en ninguna parte. Daniel no supo qué hacer, se le estranguló la voz antes de llegarle a los labios, y notó el peso de la sal sobre su mejilla mientras sus dedos cerraban con suavidad los ojos sin vida de la chica sin nombre.
¡Daniel!

Se giró, sorprendido por escuchar aquella voz.  Buscó entre el humo gris y el llanto lento de los que contemplaban el desastre, a la dueña de aquel grito desesperado. Comenzó a caminar lentamente, intentando adivinar su figura, tropezando y chocando con quienes andanban tan perdidos como él. Sólo tenía que seguir escuchando aquella voz, y todo saldría bien. Entonces la vio, sonriéndole a él en medio de la locura del mundo, respirando lentamente, con las manos temblando, casi sin creerse que hubiera encontrado lo que estaba buscando tan desesperadamente.

Amalia - susurró, y se detuvo, viendo como ella avanzaba hacia él, dibujando un lazo que los unía a los dos, y amarrándose a él comenzó a andar hacia ella. Entonces, mientras ésta le miraba fijamente, tranquila, porque ahora que le había encontrado todo volvía a ir bien, se produjo de nuevo un ruido tremendo, como si toda la furia del universo hubiera sido liberada en un sólo estallido. Y la bomba arrastró a Amalia contra el suelo,  fracturando su vida en mil pedazos.  Lo último en lo que pensó fue en Daniel... porque su corazón aún era feliz cuando se paró.

Después, la nada la envolvió.

lunes, 30 de abril de 2012

El cuadro.


-De entre todos los lugares John Andrews, nunca pensé que te encontraría en un parque.
-Nunca has sabido leer bien a la gente, Anna.
-Puede, al menos nunca te supe leer a ti, ¿verdad?
-Sabía que estarías aquí.
-¿Qué?
-"La naturaleza, allí es donde nacen y mueren todas las cosas."
-Estabas escuchando.
-Siempre.
-No siempre. No siempre... Dime, ¿qué haces aquí?
- La pregunta correcta es, ¿qué haces tú aquí?
-Pasear. ¿No te parece éste el día perfecto para ello? El sol reluciente sobre el lago, las caras felices de la gente, con sus sombreros de primavera, sus conversaciones banales, sus vidas estáticas dentro de este maravilloso engranaje. Todos estos colores, el viento entre los árboles. Las risas. La vida. Todo se mueve, pero a mí no me engaña. Nada se mueve. Sólo nosotros, aquí. Parece un cuadro, ¿no crees?
-No lo hagas.
-¿Hacer qué?
-Simplemente no lo hagas. Regresa a casa. Tu familia...
-¡Oh pero si todos están aquí! ¡Allí mismo! ¿No te parece delicioso...? Me muero por ver sus caras. Un día memorable, idóneo. ¿Por qué iba a quedarme en casa?
-¡Anna! Escúchame...
-Suéltame, John.
-Sé que no tengo derecho, pero...
-¡No! En efecto, no lo tienes. Hace mucho desde la última vez que nos vimos, y apareces hoy, de entre todos los días que se gastan y palidecen. Hoy, para aguarme la única fiesta en meses. No, en efecto no tienes derecho alguno. Lo perdiste al echarte atrás, y de eso hace años John. Déjalo estar.
-Anna...
-¿Qué? Guárdate tus ideas sobre el mundo, sobre viajar y observar. Sobre pintar. Sobre vivir. Sobre amar. Sobre la esperanza y el perdón. Olvídate de todo aquello que me enseñaste. A nosotros no nos sirvió. Ni tampoco a mi hermana. No le sirvió a nadie. Estamos atrapados aquí, en esta existencia marchita y áspera. Controlados por todos ellos, con su ropa apretada, sin respiración. Con sus ojos cansados, sin miras, ni horizontes, ni sueños. Con sus risas fútiles y sus historias banales y grises. ¿Seremos así? Yo no. Intenté librarme, intenté respirar. Y sentí  John. Y te quise. Pero todo eso se acabó. Regresamos, y la vida que teníamos  se rompió en pedazos.
-¡Basta! ¡Lydia no querría esto!
-¡Está muerta! ¡No va a volver! Nunca debimos volver...
-No podemos cambiarlo. El pasado es pasado. Y duele y hiere. Y nunca se olvida. Pero esto no cambiará nada, ni arreglará el desastre del mundo. No es la solución.
-Nada lo es. No hay solución. Quizá dentro de mucho tiempo, cuando yazca bajo un nombre, en la tierra, entre raíces y pétalos de flores. Quizá entonces, la vida le habra paso a personas con un futuro. Pero yo carezco de él. Han pasado años, ¡años John! y sigo aquí, atrapada por un mundo que aborrezco y del que no puedo escapar.
-Ojalá pudiera escaparme contigo.
-Qué banalidad más ofensiva. Escapar. Querer. Esperar... Tan sólo... prométeme que cuidarás de Claudia, te quiere, lo sé. Te aprecia, más que a su padre. Cuando yo no esté, sé su estrella, guíala hacia el norte. No le digas cuánto la quiero, ella lo sabe. Mírala, allí,  jugando, envuelta en belleza, en inocencia, en la única verdad que existe, en felicidad...
-¿Por qué dejarla entonces?
-Porque ya no siento John, soy tan triste como la muerte que va a tomarme, y ella se merece ser feliz. Llámame una cobarde, pero ya no puedo sostenerle la mirada. Sólo hay oscuridad.
-No... nos olvides.
-No me olvides tú a mí.

                      Y entonces Anna se disparó una bala en la sien.

                                                      *

Y el cuadro quedó allí colgado, mucho tiempo después, con aquella mujer en brazos de aquel hombre. Dibujados entre la multitud del mundo, para la inmortalidad.

viernes, 13 de abril de 2012

La voz dormida.


Puede que el pasado nunca se olvide, pero siempre se desdibuja. Perdemos los colores, los sonidos, las texturas y los olores en una maraña de imágenes,  que a la postre sólo recordamos de una forma determinada, como una idea abstracta difícil de volver a hacer realidad, por muy nítida que pensemos aún la guardamos en nuestra cabeza.
                                                                            *
En 1939 Evelyn Hudson corría por las calles de Oxford, el cielo parecía gris y tormentoso, cuajado de nubes bajas y sonoras, llenas de truenos que amenazaban con hilos de luz iridiscente. Tapaba sus libros con la chaqueta mientras su pelo yacía empapado pegado a su cuello, con mechones sobre el rostro, balanceándose mientras sus zapatos pisaban charcos y sus botas acumulaban barro. Cruzó el patio del Magdalen College como una exhalación y se resguardó bajo el porche de piedra, observando el verdor del jardín y aquel enorme árbol erigido como un rey entre la tormenta. Abrió la puerta de su cuarto y se dejó caer sobre la cama, se quitó los calcetines deslizándolos con la punta de los dedos y se frotó el cabello mojado igual que habría hecho Dalpho, su perro, en su casa cerca de Tetbury. Seguramente su madre estaría acariciándolo ahora mismo, si al menos alguno de los dos estuviese aún vivo. La realidad era que tan sólo su padre y su hermano estarían en casa, quizá jugando al ajedrez, quizá leyendo, o quizá intentando ignorar el pasado del que ella había huido, aunque no lo hubiera olvidado. Allí, en Oxford, tenía una vida propia, amigos, y una idea del futuro que quería obtener. Allí, en Oxford, la fiereza del mundo parecía menos aterradora o amenazante, en aquel microcosmos podía soñar con viajar. Aunque la vida tuviese otros planes.

Se despertó con sobresalto, alguien estaba llamando a la puerta. Se levantó rápidamente y escondió sus botas mojadas bajo la cama y se ordenó vagamente el pelo antes de girar el pomo.
-¿Si?
-Tom.

Evelyn asintió  a su compañera sin esperar más explicaciones, no las necesitaba. Y en cuanto volvió a cerrar la puerta sonrió y se precipitó sobre el armario. Se puso ropa seca, cogió los libros y un paraguas y bajó los escalones de dos en dos. La sangre corriéndole muy deprisa. Cuando abrió la puerta de madera, allí estaba él. Sus ojos gris claro, su pelo oscuro y mojado, su abrigo desabrochado,  la ternura de su rostro cuando se giró al escucharla llegar.

-Chica lista, veo que llevas un paraguas.
-Deberías de haberme visto hace un momento, parecía mi perro de lanas recién salido del mar.
-Me gusta saber que tenemos la misma poca capacidad para predecir el tiempo.
-¿Acaso alguien la tiene?
Él hizo una mueca divertida y añadió:
- Bueno, digamos que nosotros no tenemos disculpa, porque aquí solo...
-...llueve y llueve. Lo sé.
Ambos se echaron a reír. Él pasó su brazo grácilmente alrededor de su cintura, como si ambas partes estuvieran acostumbradas a ello, y Evelyn abrió el paraguas negro sobre sus cabezas.

Pasearon junto al río, con los sauces de ramas lacias y largas tocando la superficie del agua y las barcas arracimadas en las orillas. Para cuando llegaron al puente del Magdalen, las nubes no se habían disuelto aún, ni tampoco el sabor de la humedad en el aire, pero las gotas eran ahora tan finas que cuando Tom la besó y su mano se desprendió del mango del paraguas casi sin darse cuenta, para caer al río, ninguno de los dos notó ni su pérdida ni el peso de la lluvia sobre sus cabezas. Entrelazaron sus dedos y el acercó mucho su rostro al de ella, mirándola a los ojos y besando su nariz suavemente.
-Me haces cosquillas.
Frunció la nariz.
-Hemos perdido el paraguas.
-No me importa, tengo muchos, los pierdo con facilidad.
-¿También vas a perderme a mí?
-No.
-Pareces muy segura...

Ella le acarició el cuello.
De pronto, él se puso muy serio.
-No quiero marcharme.
Evelyn le agarró de la chaqueta, atrayéndole más hacía sí.
-No te dejaré ir.
-Ya veo, irás atada a mí hasta Francia, ¿verdad?
-Sí. Iría contigo a Francia. Qué sentido tiene vernos abandonadas aquí cuando vosotros vais tan lejos a...
-¿Morir?
-No. Nunca. No pasará.
-Pero si pasara...
-Shhh.
Evelyn puso un dedo sobre sus labios.
-No pasará. Me enfadaría demasiado. Qué tiemblen los alemanes, que tiemblen...

 
Bordearon la vereda hasta encontrar un pequeño prado. Ya no llovía, un pequeño cuadrado azul se había abierto paso en el cielo y Tom se quitó el abrigo y lo tendió sobre la hierba. Se sentaron y ella sacó uno de sus libros. Él lo cogió, lo abrió y dejó que ella apoyase su cabeza en el hueco entre su brazo y su hombro. Con una mano sujetó el volumen y con otra, mientras iba leyendo lentamente la poesía, le acarició el cabello, aún húmedo. Ella cerró los ojos y escuchó.
How do I love thee? Let me count the ways.
I love thee to the depth and breadth and height
My soul can reach, when feeling out of sight
For the ends of Being and ideal Grace.
Ella adoraba su voz, tan suave y nítida, redondeando las "o" y paladeando las "l". Absorbiendo la belleza de la poesía y derramándola en sus oídos. Estaba tan acostumbrada a ella que podría reconocerla entre mil, tanto que podría escucharla, se dijo, por muy lejos que él estuviera, incluso en el ensordecido clamor de la batalla.
I love thee to the level of every day's
Most quiet need, by sun and candlelight.
I love thee freely, as men strive for Right;
I love thee purely, as they turn from Praise.
I love thee with the passion put to use
In my old griefs, and with my childhood's faith.
Y entonces, hacia el final del poema, Tom se acercó a besar su mejilla y susurró:


I love thee with a love I seemed to lose
With my lost saints, I love thee with the breath,
Smiles, tears, of all my life! and, if God choose,
I shall but love thee better after death.
Desde el cielo, la tormenta volvió a arreciar, aunque ellos dos permanecieron allí, abrazados el uno al otro, hasta que el tuvo que levantarse y ella tuvo que verle partir.
                                                                            *
Lo que más lamento de envejecer es haberla olvidado, su voz, es como si estuviera dormida dentro de mí. Puedo sentirla, pero no escucharla. Ya no. Lo hice durante años, o quizá nunca fue así. Ya no lo recuerdo. A veces creo que resucita dentro de mi cabeza, como un eco. Leo y releo el mismo poema una y otra vez intentando volver atrás. Intentando resguardarme de la lluvia en sus palabras. Pero el pasado tal y como lo vivimos muere tan rápido como la vida discurre. Se perdió tanto entonces, que resulta difícil intentar recuperarlo ahora. Aún guardo el libro, lo llevé conmigo de nuevo al campo, lejos de bombas y aviones, aunque no creo que se pudiese escapar de la guerra. Y lo traje junto a mí de nuevo a la universidad de donde él nunca debería de haber salido. El césped sigue igual de verde, el enorme árbol sigue allí, más alto, más viejo. Quizá él sí recuerde lo que ha visto, igual que el río. O quizá no sientan nada, quizá estén durmiendo, igual que su voz en mi cabeza.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Los cuerpos varados.


Encontraron los cuerpos varados entre las rocas de la playa. Lívidos pero no descompuestos. Aún podías sentir la vida y los recuerdos manando de las manos entrelazadas. Golpeando rítmicamente empujadas por las olas del mar, ese océano que los había tragado para escupirlos de nuevo a tierra. Los encontraron cuando ya los daban por perdidos. Los encontraron sin buscarlos. Los encontraron porque el destino los ahogó y la muerte los llevó a la orilla.
Cuando no puedes respirar, la vida deja de ser dificil. Te has ido. Has expirado, igual que la leche cuando se pasa. Te vuelves blanco y arcilloso.

Pero no irrelevante.

                                                                                     *
No van a volver.

Jared dejó la carta sobre la mesa y su peso sobre la cama. Cayó como suspendido, sentándose pensadamente, pero sin querer caer. Aún no.

-No van a volver.

Lo dijo en alto esta vez. Era una realidad. Estaban muertos, y la muerte no devuelve nada. Pero él no estaba triste. Ellos eran libres ahora, y él debía de cumplir una promesa. No les envidiaba. Ya no podrían ver el amanecer desde la proa del barco, ni tampoco la caída en picado del sol anaranjado, ni volverían a besarse, ni volverían a ver a Martha. No les envidiaba, porque no volverían a estar vivos. Sin embargo, ellos no tenían que añorarse a sí mismos. Eso sólo se le depara a los que se quedan. A los que respiran. Y a él, de entre todas las personas, había de tocarle ver muchos más atardeceres, y el sol naciendo del mar, como una boca de agua que crea fuego. Iba a navegar muchos nuevos días. Aunque lo haría sólo... hacía tiempo que él no tenía a unos labios  a los que besar, hacía tiempo que  ella también había caído presa de las mareas, y las bombas, y los barcos.

Y la guerra.

En cierta medida, iba nadando hacia ella ahora. Quizá más pronto que tarde se rencontrarían. Ya no estaría sólo. Pero aún quedaría Martha. ¿Quién cuidaría de ella? ¿Iría ella a parar a las fauces del mundo tambien?

Qué pocas cosas tenían sentido en aquella tierra, y cuántas poseían belleza. Todo estaba quedando cubierto de polvo plomizo y gris, cenizas de las ciudades que revoloteaban como cuerpos alados sobre los barcos, mientras éstos trazaban poco a poco el final de los finales. Ese día llegaría, se dijo, el día en que todos los cohetes sobrevolarían el cielo como llamas prendiendo el horizonte, y la humanidad dibujaría una magistral implosión en el espacio. Otros planetas nos mirarían, hechos trizas, lacerando las paredes negras del universo. Qué gran acto de heroísmo, extinguirse en una obra de arte tan efímera como milenios de historia.

Mientras, otros cuerpos gráciles, llenos de un pasado que se diluía entre las aguas, arrivarían a la húmeda arena de tantas playas. Y lejos, más lejos de lo que alcanza la vista, alguien recibiría una carta.

Y alguien se subiría en un barco.

                                                                                    *

En aquel momento sólo quedaba el mar. Jared tumbado sobre la cubierta de madera,  con las manos detrás de la cabeza y los pies cruzados. Ignorando los rugidos lejandos. Tan sólo mirando hacia las estrellas, pensando en quién las echaría a ellas de menos, ahora que ya no estaban vivas, aunque seguían brillando...