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miércoles, 18 de enero de 2012

Un rayo de luz

Me despierto. Pongo los pies en el suelo frío. Frío, como siempre, como todo.
Como cada mañana me invade esa terrorífica sensación de falta. Echo de menos algo que desconozco.
Preparo un café en mi pequeña cafetera. El líquido negro discurre abrasador y amargo por mi garganta.
Vivo en un mundo abstracto, sin sentido. Al menos, yo soy incapaz de encontrárselo.
Salgo de casa y voy al trabajo. Tomo entre mis manos el primer zapato de toda un día tedioso e interminable. La suela está salida por la puntera. Con la remachadora lo claveteo distraídamente, pero certera.
Salgo del edificio doce horas después, y el hombre que reparte la comida al final de cada jornada, me entrega una bolsa de café, una caja con fruta, un trozo duro de carne y un pedazo de pan.
El cielo está pálido, de un gris macilento y enfermizo. El sol apenas consigue iluminar tras la capota de suciedad que nosotros mismos mandamos al cielo. Tropiezo con un escombro, y caigo de bruces. La boca se me llena de sangre. Escupo al suelo y descubro una muela en el charco carmesí. Me siento sobre una piedra, frotándome la mandíbula. De pronto, una mano me sujeta el hombro por detrás.
-Tienes que venir conmigo. Tú eres la persona que necesito.
Lo miro asustada.
-Te puedo ofrecer eso que te falta, y no sabes qué es.
Mi cabeza se llena de preguntas, y sigo los pasos del anciano. Por un ventanuco entramos en una casa semiderruida. Allí descubro piedras con dibujos.
Le miro y explica:
-Esto son letras. Con ellas se puede dibujar lo que dices. Ésta es la alfa...
Un rayo de luz traspasa entonces con fuerza la nube que lo cubría.

jueves, 12 de enero de 2012

Dios y la música

-¿Sabes qué? Me estás hartando bastante. Deberías callarte.

-Está bien. Lo siento. Ya paro.

-Muchas gracias.

-Pero es que no soy capaz de comprender cómo no puedes conmoverte ni un ápice escuchando esto. ¿No sientes la majestuosidad de la obra? ¿No sientes cómo el contrabajo retumba en tu interior y el arpa se funde...?

-Por el amor de Dios. ¡Cállate de una vez!

-¡Maravilloso! Hablemos de Dios.

-¡Pero si eres ateo!

-Y tú también querida. Pero hay veces que cuando toco el piano acude a mí algo que se acopla en mi interior. Es una sensación grandiosa cuando "eso" penetra en mi cuerpo y me toma como propio durante unos instantes.

-Sí, ¿y qué tiene eso que ver con el dios en el que no crees?

-Que es posible que ese alma (permíteme llamarlo así) sea lo más parecido que conozco a Dios.

-¿Me estás hablando en serio? Por favor... Me voy de aquí, no quiero escuchar más estupideces de un viejo senil.

-Quizá sean estupideces y yo no más que un viejo senil, pero sé que en el fondo estás encantada de escucharme.

-Por favor...

-Volviendo a lo de Dios y el alma de la música. ¿Quién dice qué es Dios? ¿Por qué no puedo yo reescribir el concepto? No me estoy refiriendo evidentemente a Alá, ni a Javéh, ni a la diosa Razón, ni a Zeus, ni al dios cristiano, ni a...

-Abrevia, por favor.

-Lo que quiero decirte, princesa...

-No me llames princesa. Nunca me llames princesa o atente a las consecuencias.

-Perdona. Te decía...

-Ni princesa, ni preciosa, ni guapa, ni nena, ni muñeca, ni nada que se le parezca. ¿Lo has entendido?

-Ejem... Sí, perfectamente. ¿Continúo?

-La verdad es que no sabes cuánto me gustaría que no lo hicieras.

-Lo tomaré por un sí. El dios al que me refiero es a otro. A uno que me visita cada vez que toco a Beethoven o escucho a Mozart. Un dios que me refugia cuando me siento frustrado, angustiado, feliz o melancólico. Da igual el momento. Siempre está ahí, en esas teclas blancas y negras cuando lo necesito. Viene y entra dentro de mí.

-Eso ya me lo has contado.

-Juega con mi alma y me eleva, me eleva, siempre hacia arriba hasta que con las puntas de los dedos puedo tocar el cielo.

-¿El cielo? ¿No era el piano lo que tocabas?

-La música me inunda. Los fallos no importan entonces, porque respiro, y respiro melodías; miro y no veo más que partituras danzando frente a mí sin orden ni concierto. Bailan al son del acompañamiento mientras vuelo sin fronteras ni límites. Y ¿sabes qué es la obra entonces? La obra es la voz de Dios, de ese dios mío, y yo soy el instrumento que os permite escucharla. ¡Ése soy yo!

-Abuelo...

-¡Un enviado del cielo!

-¡Abuelo para!

-¡Soy un enviado de Dios!

-¡Me cago en la leche! Callaos los dos. Me habéis despertado otra vez. Estoy harto. En esta casa no se puede vivir. ¡Me tenéis hasta la punta del bigote!

-Papá no tienes bigote.

-Me voy al bar. ¡Aquí no se puede vivir!

jueves, 8 de diciembre de 2011

Danza y muerte

Yo nadaba en la profunda oscuridad del agua. Ciega y sin rumbo, nadaba. Saqué la cabeza para tomar aire y en la orilla, bañana con la luz de la noche, te vi.

Tú nadabas mirando la luna en tus pensamientos. Nadabas libre entre tus ideas, entre tus recuerdos, siempre observando la luna plena que nos iluminaba.

Ella nadaba. Se deslizaba la luna en el cielo. Se sumergía en las nubes para tomar aire después y mostrarse muda ante nuestros ojos.

Vosotras nadábais. Parecíais dos bailarinas moviéndoos a la par, al son silencioso de las estrellas.

Nosotras nadábamos. Tú, ella y yo juntas. Cada una a su modo. Zambulléndonos en nuestras propias aguas.

Y ellos... no nadaban. No. Mientras nosotras nos bañábamos en el mar, en el recuerdo y en el cielo, ellos disparaban sus inmundas máquinas de sangre y muerte.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Rubí en la noche

Era una noche profunda. El silencio de las estrellas lo envolvía todo. Me acerqué a la ventana y la abrí. El viento que escupía la luna me abofeteó con odio. ¡Ah! La adorable furia de la noche.
Me senté en el alféizar con la espalda apoyada en el marco de la ventana. El pábilo del mechero iluminó momentáneamente mi rostro en la oscuridad. Prendí el cigarro. Tomé una profunda calada y observé la danza del humo hasta que se fundió con la bruma de la noche.
El cigarrillo terminó de consumirse entre mis labios. Cuando no fue más grande que mi uña lo arrojé al abismo de la calle negra.
Con un suspiro abandoné mi lugar y me dirigí al centro de la habitación.
Te miré detenidamente. Me agaché para observar tu rostro dormido. ¡Qué hermosa eras! Tomé del suelo un pincel, y humedeciéndolo en el rubí que manaba de tu estómago, me acerqué el lienzo que había más a mano. Así te mantendrías en el recuerdo para siempre. Sí. Porque yo era suficiente, tú eras suficiente.
Y así me descubrió la policía al irrumpir en mi casa.
Cerré los ojos. Encendieron la luz, rompiendo la enigmática magia de la noche. Pisaron mis bocetos, la hermosa sangre que brotaba de tu cuerpo. Lo estropearon todo antes de que hubiese podido dar la primera pincelada. Mi dolor no podía ser mayor. Me gritaron y arrastraron de allí. Pero todo lo que pasó después lo recuerdo como en un sueño, como en una extraña fantasía.
Ya me conocen. Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa humana.
En esto pienso. En estas cosas estúpidas detrás de los barrotes que me atan y me matan con una muerte, que en realidad no es tal.