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miércoles, 11 de abril de 2012

El corazón helado.

          Una vez, conocí un hombre que decía que no tenía corazón. Hablaba, reía e incluso estoy segura de que lloraba como todos los hombres, pero él insistía tercamente en la carencia de tan vital músculo. Se decía de él que estaba animado por una inusual rabia y que, en lugar de sangre, corría por sus venas una mezcla de ron e indiferencia. Lo único que le inspiraba ternura, susurraban los marineros del puerto, era la luz de la luna sobre las almenas del castillo. Se cuenta que en las noches de luna llena salía de su cabaña y se sentaba en la puerta mirándola, brillante sobre las piedras siempre húmedas de las murallas, y que contemplaba con una sonrisa masoquista las riquezas que nunca poseería.
          Pero este hombre, no se lo contéis a nadie, sí tenía, y de hecho todavía tiene, corazón. Su historia la conocen muy pocos y selectos elegidos, y llegó a mí por un perro callejero que, por algún milagro, durante un tiempo habló mi idioma.
          El hombre sin corazón se llamaba antes Gabriel, y era uno de los titiriteros más hábiles que ha conocido el mundo. Recorría mercados y ferias de todas las ciudades, asombrando a niños y ancianos con sus historias, haciendo palidecer de envidia a los hombres con su fuerza y su habilidad y arrancando suspiros a las damas que, para el final del espectáculo, ya se habían rendido a su arrebatador carisma. Era tal su fama, que todas las compañías ansiaban tenerle entre sus filas; pero él era un artista solitario ya entonces, y nadie consiguió que permaneciese en un mismo sitio más de unos días. Nadie, excepto ella. La canción más hermosa del mundo hecha princesa de ojos negros. Llegó también a sus oídos la fama del juglar y quiso de inmediato tenerlo en sus salones. Y así fue, pues nadie podía negarse a sus ojos suplicantes. Gabriel alegró las horas de la princesa durante meses, preparando cada día un espectáculo nuevo, buscando siempre al acabar la recompensa de su triste sonrisa. Ya adivinaréis que, como en todas las buenas historias, el cariño más profundo surgió entre estos dos seres miserables. En cada banquete, ambos se plantaban en su sitio y representaban el papel que les había sido asignado; y por las noches, sus almas conversaban mientras ellos, conteniendo la respiración, aguardaban el milagro tan largamente esperado.
          Nada ocurrió, sin embargo. Quizá por saberse demasiado diferentes, no por ser ella princesa y él vagabundo sino porque, a pesar de coincidir en su rareza, seguían siendo dos seres completamente únicos y, por tanto, inalcanzables. Quizá porque ella temía que la naturaleza trotamundos de él no le permitiese serle fiel si se entregara por completo. Seguramente, razones más profundas y válidas, que sólo a ellos conciernen, impidieron que algo más que sus espíritus se uniese en las largas y frías noches. Y un día, años después de conocerse, llegó a palacio un nuevo pretendiente que le habló a la princesa de su piel de luna y de su larguísimo pelo de azabache, permitiéndola descubrirse. La princesa se vio como mujer por primera vez y se sorprendió de lo mucho que se había perdido en aquellos años de conversación y espectáculos. Y, aunque no era tan feliz como con el mejor titiritero del mundo, cuando su nuevo pretendiente tomó su boca, le devolvió el beso.
          Poco después, se casaron. Se cuenta que Gabriel acudió a la boda y que, cuando ella dio su consentimiento, una fina capa de escarcha cubrió su corazón -porque, como os he dicho, sí que tenía corazón-. Al final de la ceremonia, se desprendió de su nombre y de su oficio y se trasladó a la miserable casucha donde ahora habita. El perro me contó -y debe ser cierto, pues sólo los perros y las brujas conocen verdaderamente el corazón del hombre- que durante años Gabriel se dedicó a hacer más y más profunda aquella capa de escarcha, hasta que su corazón se convirtió en un bloque de hielo. Y después, construyó a su alrededor murallas más altas que las del castillo.
          Creo, sin embargo, -no puedo confirmarlo, porque el perro ya no habla conmigo-, que las sonrisas que la princesa lanza cada día por encima de las torres de palacio están derritiéndolo, muy poquito a poco. Nadie lo sospecha, porque piensan que ahí no hay nada; pero yo, que lo sé, si miro con atención se lo veo en los ojos: el bloque de hielo se está convirtiendo en agüilla sucia que gotea sobre los diques de sarcasmo que construyó hace años. Quizá, dentro de poco no quede más que un lago que, con el tiempo, se evaporará. Será entonces, por fin, el hombre que no tiene corazón. Pero escuchad, por ahora, cómo se derrite y una a una caen las gotas.

viernes, 23 de marzo de 2012

Inferno.

El infierno es una tundra desolada, donde los pecadores y los inocentes vagan, quemándose las desnudas plantas de los pies. Es un sitio donde siempre llueve.Un agua fina y seca cae constantemente, produciendo un rumor semejante al de mil almas gimientes. Esas pobres almas que se arrastran, enmohecidas, caladas hasta sus quebradizos huesos de lágrimas no derramadas. Putrefactas, podridas hasta la misma esencia del ser, se lamentan, pero no se arrepienten.

El infierno es un desierto de hielo pavoroso, plagado de gente. Es un lugar donde la tormenta se desplaza a rachas de viento aullante, golpeando a todos los que no se sometieron. En el infierno, el silencio presiona los oídos de los sordos, mientras los gritos desgarrados de los vivos acarician a los ausentes. En el infierno, el amor tortura los espíritus y la muerte, trance ya sufrido y superado, sería un gesto misericorde.

El infierno no es el castigo para los malvados ni el futuro inexorable para los delincuentes. El infierno es el lugar donde todos y cada uno iremos cuando los labios secos de la muerte nos besen con ternura y se lleven, suspirando, el último aliento cálido de nuestros pulmones.

martes, 21 de febrero de 2012

Hermana

Nunca te he dicho cuánto llego a añorarte,
porque me falta la voz, las palabras no bastan.
Muy bien, vete, vive tu maldito destino,
entrégate a quienes no te merecen
hasta que de ti no quede más que nada.
Pero recuerda, hermana, que te espero;
que un día, recuerda, prometiste volver a casa.
Sé que no te alcanza mi voz cansada,
que nos falla la distancia,
pero aun así te hablo, te mando mis ganas,
no se te ocurra desfallecer y volver agotada.
Vuelve llena de ilusión y fuerza,
como te fuiste. Vuelve plena de vida,
Laura.

domingo, 29 de enero de 2012

Adiós, señora cometa.

Cuando era pequeña, mi día favorito de la semana era el domingo. Mi hermana solía llevarme al Rastro y, luego, paseábamos por ese Madrid al que nunca van los padres, el Madrid antiguo de calles estrechas, olores exóticos y adoquines ennegrecidos. Entrábamos en tiendas de trapero a buscar tesoros, comíamos en locales diminutos, apoyadas en la barra -a la que yo nunca llegaba- y volvíamos a casa exhaustas y completamente felices. Yo admiraba a mi hermana con la inocencia absoluta de los niños y me prometía que, de mayor, no sería normal y aburrida, sino que recorrería el Madrid de los domingos, al que nunca van los padres.
Había una tienda en especial que me encantaba. Tenía un escaparate diminuto y sucio atestado de trastos viejos, rotos e inservibles, que hacían preguntarse cómo aquel antro podía seguir abierto. Y en medio de toda aquella basura, como si fuese un milagro, había una cometa. Destacaba en el escaparate con un brillo de irrealidad y era para mí un misterio que siguiese allí cada vez que pasábamos por delante del escaparate. Me parecía totalmente imposible que sólo yo me hubiese enamorado de aquella maravilla. Desde el momento en que la descubrí, los paseos de los domingos estaban volcados al momento en que podía ver a mi cometa. Cada vez inventaba una excusa -un traspiés, atarme los cordones, rehacerme la coleta en el reflejo del casi opaco cristal- para robar unos preciosos segundos ante ella. La contemplaba, me la bebía con los ojos, y cada día descubría un nuevo detalle que me confirmaba que era perfecta.
Sin embargo, nunca se lo dije a nadie. Sentía que algo tan bonito no podía ser para mí y temía que, si le confesaba a mi hermana lo mucho que ansiaba aunque sólo fuese sostenerla en mis manos, me diría que no me la compraba. Sabía que también podría decidir conseguírmela, pero el miedo a que machacasen mi sueño me paralizaba y hacía que, cada vez que cogía aire y valor ante la roñosa tienda, acabase hablando del tiempo. Así, guardé durante mucho tiempo mi secreto deleite, conformándome con observar sus brillantes colores a través de un polvoriento cristal, y me acostumbré a la idea de que nunca volaría una cometa. No debía ser, sin embargo, tan buena actriz como yo creía, porque un día mi hermana llegó a casa con un paquete en las manos y, sonriente, me lo entregó. Yo lo cogí con manos temblonas y quité el papel de estraza poquito a poco, no queriendo creer lo que tenía delante. Y ahí estaba. Emergió del vulgar papel como una aparición, de seda suave y caña ligera, hecha para pertenecer al cielo. La deposité en mis piernecillas y la contemplé durante mucho tiempo, sin saber cuándo me despertaría. La acaricié con las yemas de los dedos, asombrada de que tuviese el mismo tacto que había imaginado tantas veces al verla ahí, al otro lado del cristal, apenas a veinte centímetros y tan inalcanzable. No me había dado cuenta de lo mucho que me dolía no tenerla hasta que estuvo en mis manos.
Durante días, la cometa estuvo en mi casa y yo no me atreví a sacarla. Temía que se manchase o rompiese o que alguien, llevado por la envidia o la codicia, me la arrebatase. Creía que cualquiera que la viese la querría tanto como yo. Sin embargo, pronto comprendí que mi cometa se ahogaba encerrada y, armándome de valor, bajé con mi hermana a una pradera a las afueras de la ciudad, donde había ya algunos madrugadores volando sus propios espantajos. Eran todas cometas demasiado pequeñas, pesadas o estridentes; no había ninguna como la mía, y me hinché de orgullo. La sujeté con cuidado con la punta de los dedos e, insegura, comencé a correr. Pronto noté cómo el viento la tomaba en sus brazos y la solté. Mi cometa ascendió como una flecha, rauda, elegante, bellísima. Yo cogí el carrete de hilo y durante mucho tiempo me limité a mirar cómo se mecía en el cielo, alejándose según las corrientes de aire, destacándose contra las nubes, con su seda vibrando como si riese. A veces parecía recordar que algo la unía a la tierra y, rápidamente, viraba y planeaba, proyectando su sombra sobre mí, aunque enseguida volvía a irse.
Al cabo de un rato, noté que algunos de los que allí estábamos, todos con los ojos clavados en lo alto, movían sus hilos, los levantaban y giraban y, apenas con un movimiento de muñeca, sus cometas respondían y giraban, reproduciendo el trazado en el cielo. Decidí intentarlo y, tímidamente, moví el brazo a la derecha. Justo en aquel momento, un remolino atrapó mi cometa, que ascendió bruscamente. El cordel corrió como un latigazo tras ella, quemándome la palma de la mano y clavándoseme en la muñeca. Yo la disculpé, ajusté el hilo entre los dedos y volví a probar, una y otra vez. Y todas y cada una de las veces, mi cometa se resistía, se escapaba y el hilo dejaba una dolorosa marca, recordatorio de mi arrogancia. Por fin, con las manos destrozadas, me resigné. Mi cometa nunca me haría caso, porque no era como las demás: estaba hecha para volar libre, sin ataduras, como un pájaro de seda que poseyese libre albedrío. Y, aunque todavía me escocía la piel y notaba lágrimas en mis mejillas, decidí que por aquello mismo me gustaba tanto mi cometa y no me enfadé.
Pero entonces, de pronto, se desató el vendaval. Las nubes iniciaron un sprint en el cielo y mi cometa fue tras ellas, viendo su oportunidad para ver el mundo y alejarse de los vulgares límites de mi Madrid. El hilo tironeó en mis manos y la cometa se fue quedando sola en el cielo, pero no por ello se rindió, sino que siguió tirando y tirando. Yo no quería perderla, porque apenas entonces aprendía a conocerla, pero nunca nadie me había enseñado a volar. Yo tenía huesos pesados y brazos inútiles, sin plumas que me elevasen. Tenía los pies desgraciadamente anclados al barro, aunque hiciese horas que no cesaba de mirar hacia arriba. Y cuando vi que, incluso calmado el viento, el cordel seguía pegando violentos tirones, entendí que sólo me quedaba una alternativa, pues nunca conseguiría que mi cometa fuese feliz en el suelo y yo nunca había pertenecido al cielo, Lenta, muy lentamente, con el dolor tatuado en cada articulación, abrí los dedos lentamente y la cuerda se deslizó entre ellas, acariciándome. Una vez libre, susurró "suerte" y mi cometa escapó con el viento, en dirección al pathos que algún dios caprichoso le había escrito. La vi caracolear y desaparecer en el horizonte, brillante y más bella que nunca, ahora que me abandonaba.
Me senté en el suelo, desconcertada. No entendía cómo se me había concedido el único deseo que me había surgido de lo profundo del corazón, de la sinceridad del alma, sólo para acabar quitándomelo. Se me antojaba de una dulce crueldad haberme prometido tanto para dejarlo en el recuerdo de su imagen desapareciendo. Me deshice las entrañas en lágrimas, me mezclé con el dolor hasta que fuimos una sola cosa. Me desprendí de tantas cosas que, ahora sí, habría podido volar. Pero no lo hice. Entonces llegó mi hermana, me tendió un clínex para secarme las lágrimas y, cogiéndonos en brazos a mí y a mi infinita tristeza, nos llevó a casa.

miércoles, 18 de enero de 2012

Sin espacio.

-Papá, papá, ¿quién es ese?
-Antonio Machado. Es un escritor, ¿quieres que te lea algo suyo?

-Eh… No, gracias.

Y así acabó todo antes de empezar. Nunca llegué a cabalgar sobre un poema interminable, nunca hubo caminantes ni recuerdos de Sevilla, limoneros de una infancia ajena.

Nunca llegué a aprender que un libro pesa más conforme pasan los años, y que cuanto más los relees más gordos parecen, porque se hinchan de lágrimas, de recuerdos, de lo que pensabas y sentías mientas lo tenías en tus manos. Nunca supe que, cuando abres un libro, te encuentras a ti misma la última vez que lo leíste y la misma historia ejerce de puente infinito entre tu pasado y tu futuro.

Nunca llegué a leer cincuenta y dos libros en un año, porque estudiar medicina quitaba demasiado tiempo. Nunca me pasé una tarde entera vagando por la FNAC, prefería ir a tomar algo con mis amigas. Nunca soñé con paredes enteras de estanterías y ni siquiera me hice el carnet de la biblioteca.

Nunca supe nada de la vida y, cuando heredé el cuadro de mi padre, fue a la basura. No tenía espacio para la poesía.

martes, 20 de diciembre de 2011

Correr

Yo corría escapando de una pesadilla,
Tú corrías persiguiendo un sueño,
Él corría sin saber adónde.
Nosotros corrimos por años sin cuento, pero
Vosotros corríais detrás, persiguiéndonos.
Ellos corrían y, mientras, yo me paré a sentir el suelo

lunes, 6 de junio de 2011

Los días de lluvia.

Las gotas repiqueteaban contra la ventana con un ritmo peculiar, que no era rápido ni lento sino todo lo contrario, arrullando sus pensamientos, ayudando a dormirlos. La tormenta caía mansamente sobre la ciudad ahí fuera y, ahí dentro, Alejandra apoyaba su cabeza contra el cristal y miraba cómo el agua ahogaba cada centímetro descubierto de la piel de la inmensa metrópoli. Observaba con una extraña calma cómo se empapaban los edificios y el asfalto, absorbiendo la lluvia como plantas sedientas, mientras las verdaderas plantas, ahítas del riego artificial, permanecían indiferentes. Seguía con los ojos a las diminutas personitas que corrían a cubierto; a dos adolescentes que capeaban el temporal con un beso, recreándose en la realización del tópico; a dos chicas que, paradas en medio de un paso de cebra, abrían los brazos y reían. Miraba con distancia, como si por un momento hubiese dejado de ser humana y todo pudiese resultarle ajeno.

Alejandra tenía muchos apellidos, apodos, aposiciones a su nombre que la sacaban un poco del anonimato de compartir nombre con otro medio millón de Alejandras. Alejandra era la de José y Matilde; la niña que se había ido demasiado pronto a la ciudad y había acabado estropeada, como todas las que se creían adultas antes de tiempo. Alejandra era el primer amor de Jorge, que aun la defendía cuando todas las viejas arpías murmuraban sus desgracias. Alejandra era la alumna preferida de don Ramón, un maestro de escuela de los formados en la República, de los que aun creían en la educación completa e integral de seres humanos, al margen de las notas y demás cifras.

Alejandra había sido la primera novia, y la primera vez, de Antonio. Toni. Toni, que no necesitaba más aclaraciones porque Toni sólo había uno, y todos sabían quién era ese uno y qué reputación le precedía. Por eso se había sorprendido tanto cuando él confesó que era la primera, y por eso todavía no se lo creía del todo.

Alejandra era la chiquita del séptimo, la que siempre tenía cara de estar triste aunque sonriese. La que siempre prestaba un huevo o una pizca de azúcar y, si tenía un poco de tiempo, te ayudaba a hacer el bizcocho. Alejandra era la que fregaba los andenes de la línea 6, la que sonreía a los pasajeros y les pedía con un “Apártame los pies un poquito, corazón” que la dejasen trabajar. Alejandra era una de las empleadas de limpieza que dejaban como una patena todas las tardes el colegio Virgen de Atocha, la que sonreía a todo el mundo pero no hablaba con nadie.

Alejandra era la que siempre llegaba un poquito tarde a recoger a su niño de cuatro años y se lo comía a besos en cuanto salía por la puerta. Alejandra era mamá, la que no le dejaba merendar guarrerías pero sí pintar en las paredes del cuarto.

Alejandra era muchas y muy variadas cosas, todas extenuantes y dignas de quitar la sonrisa a cualquiera. Alejandra era muchas cosas que se podían resumir en una sola noche de fiestas que tomó muchas decisiones, ninguna de ellas buena. Una sola noche de fiestas que se había prohibido recordar, porque al fin y al cabo el arrepentimiento no iba a hacer que saliese de aquella peña vacía, ni que se pusiese los pantalones, ni que le frenase en algún momento antes del “demasiado tarde”, ni que fuese avispada como para prevenir antes las consecuencias de aquella noche de fiestas, ni… Ni nada. Así que ni se acordaba, ni se arrepentía. Ya no.

Se limitaba a seguir adelante, siempre adelante, como había hecho los últimos cuatro años. En una rutina machacante de supervivencia, en la que intentaba cubrir las mínimas necesidades materiales de todos para poder mantener completamente satisfechas las necesidades del alma. Y es que, otra cosa no, pero en el pueblo se aprendía que a lo que está por dentro hay que cuidarlo mucho más que a lo que va por fuera. Eso les faltaba a muchos en la ciudad. Por eso tanta gente de su edad, a pesar de vivir con sus padres y estudiar y no tener ni idea de lo que era tener sueño, se permitían ir con cara de pocos amigos y arrastrando los pies de camino a la Universidad.

Alejandra había llegado a ser muchas cosas en muy poco tiempo. Por eso, cuando llovía, bajaba al niño a jugar con los vecinos y cerraba la puerta con llave, y se ponía un chándal viejo y se sentaba en el antepecho de la ventana. Y abrazándose las rodillas, dejaba que corriese el agua y el tiempo. Miraba las gotitas hacer carreras por el cristal, a las personas hacer carreras por las aceras. Y con cada segundo que se deslizaba hacia abajo, una identidad caía. Desaparecía el pueblo, Jorge, las viejas arpías, Toni, los dos trabajos, los horarios, el hacer de mamá, de papá, de hermanos y de amigos.

Alejandra veía llover y veía cómo lo que había sido antes de ser tantas cosas volvía a ella. Se desprendía de todos los accesorios y volvía a la esencia de las personas, que es lo que importaba. Saboreaba lentamente ese reencuentro consigo misma, el olor a viejo de los recuerdos y los antiguos sentimientos. Se volvía un pergamino viejo, raspado y vuelto a raspar para reutilizarlo, fino y frágil, complacido de su propia antigüedad. Y se dejaba disfrutar de su propia desgracia y recorrer con la yema del dedo todas sus cicatrices sólo cuando llovía.

A Alejandra le gustaban mucho los días de lluvia.

miércoles, 1 de junio de 2011

Órdenes. 3

Pero si he muerto, ¿qué hago diagnosticándome? Deberían encargarse los que se han quedado ahí, los de ambulancia o el pobre David, que me han matado en sus narices. Yo debería haberme ido, simplemente. Fin del juego. La vida de los que están ahí fuera seguirá, claro. No puedo pretender que todo se pare porque yo me haya quedado por el camino. Pero, si estoy muerta, no debería estar pensando. Ni sintiendo. Ni acordándome de Jorge.

Jorge. Hace tres meses que no te veo, Jorge. ¿Dónde te has metido? Es fácil olvidar que has muerto. Es tremendamente fácil, cuando aún te veo delante de mí, cuando recuerdo con tantísima precisión tus ojos verdes, tus diminutas pecas en la nariz, ese lunar en tu oreja que parecía un pendiente, tu gesto de sacudirte el flequillo, tan negro, como por casualidad. No te puedo expresar con claridad las ganas desmedidas que tengo de estar contigo. De tumbarnos en mi cama, mi cabeza en tu estómago, y sentir el ritmo de tu respiración mientras echas un discurso sobre tu revelación de la semana. La vida es más aburrida sin ti, Jorge. Mucho más.
Jorge ha muerto, pero vivirá para siempre en vuestros corazones. Ya. Pero es que el cura del colegio no te había acompañado a casa, ni te había visto dar de comer a los patos del Retiro, ni había dejado que le calentases las manos con tus dedos de hielo. Nadie en el mundo, ni siquiera tus padres, ni siquiera Ana, te conocía como yo. Por eso yo puedo olvidarme de que estás muerto de vez en cuando.

Me costó creer que lo habías hecho. Cuando me lo contó tu madre… Dios. No me lo creí hasta que vi que te bajaban a ese agujero estrecho en la tierra y tú no levantabas la tapa de tu ataúd, tan pequeñito, para reírte de mí. Eres muy joven para conocer las verdaderas lecciones de la muerte, me dijo mi padre después del funeral. Sus palabras sonaron menos falsas que los mil pésames que había recibido, pero no tenían una pizca de verdad. No se puede conocer la muerte. El dejar de existir, de respirar, de sonreír, de sentir, no puede dar lecciones a nadie. Al que muere, porque deja de aprender. Se ha ido. Al que vive, porque no has muerto. No importa si eres joven o viejo, si estás muy cerca o muy lejos de la muerte. No importa cuánta gente a la que has amado has perdido. No se puede aprender de la muerte. No sabemos qué hay después.

A lo mejor yo sí. He dejado mi cuerpo atrás, pero todo lo que soy sigue conmigo. No me he apagado, no he dejado de existir. No siento que haya muerto. Puede que me haya extinguido, que mi corazón ya no lata, que mi cuerpo no sirva para nada, pero sigo aquí.

Antes le tenía mucho miedo a la muerte, Jorge. No entendía cómo tú habías ido hacia ella voluntariamente. Ahora no me asusta. Si es esto, no es tan terrible como me habían contado. Y si no, de todas maneras me da igual. Ahora que puede que esté muerta, pienso que he aprovechado mi vida. He tenido buenos amigos, he querido mucho a mis padres, te quise con locura. El resto es secundario, ¿verdad? No recuerdo mi media de bachillerato, no recuerdo las fiestas a las que no fui ni los exámenes que suspendí. No sé de qué marca era mi ordenador, qué colonia usaba, ni si he bebido Coca-Cola o Brugal esta noche. Ahora que creo que me voy, me quedo con las sonrisas de aquellos a los que quise. No necesito más.

Cuando te enterramos, pensé que a lo mejor habías muerto mucho antes. Y yo también. Sí, creí que se podía estar muerto aun cuando nos levantásemos todas las mañanas y fuésemos al instituto y estudiásemos y luego nos lo pasásemos tan bien el fin de semana. No hace falta estar en coma, ni moribundo, ni siquiera parecerlo, para estar muerto. Simplemente, dejar rodar tu vida por los caminos que surgen a tus pies, en lugar de caminar. Seguir las reglas, moderar las pasiones para no ofender y pasear de puntillas por los demás, sin dejar huellas en su alma.

La mayoría de las personas tienen miedo a la muerte porque no han hecho nada de su vida. Algunos creen que la solución es tener mil proyectos, mil ambiciones, cargarse de sueños; llenarse tanto los bolsillos de planes, que les pesen una tonelada. Pero es que entonces no se puede avanzar. Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; y el agua tiene que fluir. El agua estancada, llena de ramas, hojas, bichos y ranas, no le gusta a nadie. La gente quiere arroyos de agua limpia y saltarina, que salpiquen al que se acerca a beber y que entren al mar no como un hilillo moribundo, sino como un torrente lleno de energía. Sin remordimientos, sin cargo de conciencia y sin los bolsillos llenos de planes sin cumplir.
No sé por qué abrazaste la muerte tan a la ligera, Jorge. Seguramente no podré entenderlo nunca. Porque no sé si estoy muerta, pero no quiero irme. Soy agua corriente, y todavía no he llegado al mar. Que alguien me saque de aquí, por favor. Tengo tanto que decir…

-Vuelve. Bien, bien, la hemos recuperado, chicos. Al hospital. Ya.

lunes, 30 de mayo de 2011

Órdenes. 2

–Sofi, ¿dónde vas?
–No me llames Sofi.
–Pero, ¿dónde vas?
–Me acaba de llamar Rosa. Está con Sergio y éstos en la plaza de los yonkis. ¿Qué, te vienes?
–Vale, pero… ¿te sigues llevando con Rosa y éstos? Quiero decir…
– ¿Por qué no me iba a llevar con ellos?
–Porque… Bueno, no sé. Por lo de… Jorge y eso…
–No es que fuese la culpa. Y aunque la fuera, cabrearme con ellos no le va a resucitar, ¿o sí?
–Tía, no te pongas así… Todos entenderíamos que no quisieses ver a nadie que… Ya sabes, que fuese su amigo o que te lo recuerde…
–Todos éramos sus amigos. ¿Por qué yo no iba a querer veros?
–Vale, Sofía, no seas así.
–Soy como me da la gana. Estoy borracha, estoy de vacaciones y me lo quiero pasar bien, ¿vale? Vale. Pues ya está. Vamos por aquí, que acortamos.
–Vamos a cruzar por un semáforo por una vez, Sofía.
–Qué más da… A estas horas no hay nadie. Y aunque lo haya, ¡no nos va a pasar nada! Vamos, gallina, ¡Ven!
Empieza a dar vueltas sobre sí misma en medio de la carretera. Se oye el viento chocando contra el asfalto y despeinándole las ideas. Por primera vez en mucho tiempo, se siente libre. Se ha sacudido el hálito de la muerte y ya no le pesan las articulaciones como si fuesen de plomo.
–Sofía. ¡Sofía!
–Déjame. Mira, no pasa nada. Nada de nada…
– ¡Sofía, joder! Deja de hacer el gilipollas, anda.
–Vamos, ven aquí conmigo. Corre un pequeño riesgo. Una carretera a las cuatro de la mañana… Uuuh, qué miedo.
– ¡Sofía! ¡Ven aquí! ¡¡Sofía, mierda!!

Explotó. Se convirtió en una supernova, en un conductor de energía. Su cuerpo se hizo demasiado pequeño para contenerla. Viajó hasta las estrellas, por todos los planetas; saludó al Principito y a su rosa, recorrió cien millones de galaxias, les recomendó a los marcianos que no se acercasen a la Tierra, resolvió el misterio de los agujeros negros, vio el nacimiento de mil planetas, llegó hasta los límites del universo y, cuando creía que los traspasaría y su viaje terminaría en los abismos del fin del mundo, donde todo es silencio y ruido atronador, un vacío lleno de preguntas, una nada tan aterradora que es todo lo oscuro y retorcido del alma humana, donde se genera la enfermedad, el odio, el miedo, pero también todo lo maravilloso, puro e inalcanzable que pueda haber entre las estrellas… Cuando creyó que todo acabaría ahí, retornó. Volvió a su cuerpo.
Sólo que ya no era su cuerpo. O, por lo menos, no su cuerpo tal y como lo recordaba.

¿Qué ha pasado? ¿Esas luces eran un coche? Sí, claro que eran un coche, un monovolumen negro enorme. No me puedo creer que me hayan atropellado a las tantas de la madrugada por estar haciendo el imbécil… Debo ser una fina capa de paté sobre el asfalto. Pero, entonces, ¿estoy muerta? ¿Esto es la muerte?
No me siento el cuerpo, no puedo moverme. Ni los pies, ni las manos, ni los párpados. Ni siquiera puedo mover los ojos para ver los bordes de esta oscuridad. Tampoco se mueven mis pulmones, buscando un poco de aire necesario. Ojalá pudiese respirar hondo y poner mi cabeza a funcionar, pero no lo consigo. Tampoco me late el corazón, no lo siento palpitar en mi pecho. Así que debo estar definitivamente muerta.

viernes, 27 de mayo de 2011

Órdenes. 1

No toques eso. No entres ahí. Duérmete. No te subas al bordillo. No te acerques a la ventana. No te tires a la piscina sin manguitos. No comas chucherías antes de comer. Deja de dar golpes. No juegues con el balón en casa. No te arrastres con esos pantalones. No meriendes en el salón. Ponte la falda que te regaló la abuela. No saltes encima del sofá. No hagas ruido. No te pelees con tu hermano. Haz los deberes. No veas tanto la tele. Baja esa música. No vayas con esa gente. No te vistas de negro, pareces una gótica. Vuelve pronto a casa. No discutas con tus padres. Estudia y saca una buena media en bachillerato. No toques la batería, hace demasiado ruido. Escoge una carrera útil. Sácate el carnet de conducir.


Una larga, infinita serie de órdenes destinadas a convertirla en alguien de provecho. Machacadas día a día, tatuadas en su ADN a base de repetición, tantas veces gruñidas que sonaban a ritmo makinero y no a palabras sabias que debían escucharse. La receta para encontrar la felicidad, o eso decían. Hasta que un día perdieron todo su sentido. Claro que la muerte quita sentido a muchas cosas, incluso si no es la propia.


La muerte deja a su paso un rastro pálido y espeso, un hálito congelado tan sutil que sólo aquellos que lo sufren pueden percibirlo. No puedes cruzarte con una persona por la calle y pensar, “ha visto a la Muerte”. No se ve, no se oye, no se huele. Sólo se sufre. Y eso Sofía lo sabía muy bien. Notaba el manto de la Parca día a día sobre sus hombros, combando su espalda, y sobre su cabeza, cegándola y haciéndola sorda a las órdenes que todos ofrecían como su Verdad Universal. Esta vez no eran órdenes ladradas, sino susurradas con cariño y buenas intenciones. Olvídalo. Supéralo. Sigue con tu vida. Eres joven, no dejes que esto te hunda.


Inútil. Como os decía, las órdenes habían perdido su razón de ser. Jorge había seguido todas las instrucciones; tenía, según todos decían, una vida perfecta. Ya. Bueno.


– ¿Sabes? Si alguna vez me muero…


– ¿Y por qué ibas a morirte?


–No sé. Escúchame.


–No, tío, no te escucho. ¿Por qué ibas a morirte? ¿De qué va esto?


– ¿Me quieres escuchar?


–No.


–Vale. El caso es que, si me muero ahora, no deberías estar triste por mí.


– ¿De qué coño hablas?


–Pues de lo que oyes. Si, yo qué sé, si me encuentran muerto mañana… Que no llores por mí, ¿vale?


– ¿Te estás escuchando?


–Perfectamente bien; la que tiene que escucharme eres tú. Sofía, ven aquí, escúchame: no llores cuando me muera, porque no me voy a perder nada. Porque si decido irme, no dejaré nada atrás.


–Me estás dando miedo.


–Normal. Pero quiero que te lo grabes en el cerebro. No llores cuando me muera.


Y eso hizo. No lloró. No habló. No soñó. Durante una semana, ni siquiera creyó estar consciente. Su madre lo había encontrado en la cama una semana después de aquella conversación. Había creído que estaba dormido, que se había saltado las clases. Se indignó. Nunca un hijo suyo se había saltado así las normas. Levantó las persianas ruidosamente, le gritó. Intentó despertarlo a collejas. No pudo.


Ella no le había hecho caso. Había pensado que era una de sus idas de olla. Al fin y al cabo, Jorge estaba muy loco. Solía hacer cosas como esa. Un día, decía que se iba a chutar todo lo chutable, que se iba a beber hasta el agua de la cisterna. Que no tenía nada que perder, y quería probarlo todo antes de ser demasiado viejo y estar demasiado asustado. Al día siguiente, le echaba una filípica acerca de cómo incluso una calada a un porro destruía la dignidad del ser humano y lo degradaba hasta sus más bajos niveles. Era una veleta, cambiaba sus firmes principios según cómo le soplaba el viento. A veces, se soplaba a sí mismo, sólo porque se aburría, por encontrar sus límites. Seguramente, no los encontró.

jueves, 4 de noviembre de 2010

De aquí a aquí.

Los osos hibernan porque permanecen en letargo todo el invierno. Durante este tiempo reducen los latidos de su corazón a diez pulsaciones por minuto, respiran lenta y profundamente y queman toda la grasa acumulada durante el año. Se pasan la primavera comiendo, engordando, acumulando reservas para no morir en invierno. Y cuando llega el frío, se encierran en una cueva oscura a no hacer absolutamente nada más que vivir de las rentas.

Eso mismo le pasó a Jaime. Lo de vive rápido, muere joven y todo eso del Carpe Diem... Era su Biblia. Se lo creía a pies juntillas. Y consiguió llevarlo a cabo, al menos la parte de vivir rápido. Cuando Jaime consiguió desprenderse del lastre de la edad, de los estudios, de la moral, de la presión de grupo, empezó una frenética carrera hacia una muerte que veía próxima e, incluso, deseable.

Jaime empezó cosas, aunque casi nunca las terminó; Jaime no necesitó nunca a nadie, aunque amó intensamente a todos los que pasaron opr su vida; Jaime viajó, habló, voló, saltó, gritó, aprendió, soñó, cantó, tomó, exclamó, arañó, observó, dibujó, pintó, comió, bebió, experimentó, se drogó, se probó, consumió cada pedazo de vida que se le había otorgado. Exprimió todos y cada uno de los momentos, sin dejarse nada por hacer ni nada por disfrutar.

Jaime se alimentó de sonidos, paisajes, aromas, del sabor de mil bocas, del tacto de un millón de pieles. Engordó y engordó el tejido adiposo de su corazón, ganó kilos de experiencia. Consumió en apenas cinco años lo necesario para sobrevivir todos los inviernos.

Y cuando hubo gastado toda la vida que tenía por delante, supuso que debería morir. El problema es que no lo hizo. Ni murió joven, ni dejó un bonito cadáver, ni tuvo valor para suicidarse y dejar escrita una leyenda a su espalda. Cuando Jaime acabó con todo lo que tenía que vivir, entró en estado de hibernación.

Se sentó a esperar una muerte que no llegaba y, mientras, su ritmo se ralentizó, el aire comenzó a llegar más dentro de sus pulmones, adormeciéndole, y comenzó a quemar en forma de recuerdos la gruesa capa de emociones que impedía que se congelase en el desierto de hielo.

Por fin, un día, Jaime se dio cuenta de que ninguna primavera ni, por supuesto, ninguna muerte vendrían a terminar con su letargo. Y decidió, no se sabe muy bien cómo, ponerse otra vez en marcha. Intentó ir despacio al principio, para no caer en un nuevo sprint hacia la muerte. Ya se sabe, sin embargo, que la cabra tira al monte. Pronto, Jaime empezó a buscar una inyección de adrenalina que hiciese girar un mundo demasiado plano y quieto. No sabía cómo lo hacían los demás para no morirse de aburrimiento, así que empezó a preguntar.

Algunos le hablaron de deporte; de rugby, taekwondo, lucha libre. Otros de viajes a Japón, Zimbabwe, el Amazonas. La mayoría de drogas; algunas que conocía, y muchas que no. Y una chica le habló de un sitio donde, una vez a la semana, se convocaba a las palabras y se las convencía para, a veces con llanto, a veces con risas, viajar a mundos mejores que el suyo.

Y Jaime decidió probarlo. Antes que lesionarse, que dejarse el sueldo en aviones, que volver a drogarse, Jaime quiso aprender a escribir. Y en cuanto puso el boli en el folio, descubrió por qué aquello era mejor que la heroína, cocaína, maría, hachís, rayas, anfetas, tripis, ácidos, LSD, éxtaxis.

Escribiendo, Jaime robó un poco más de vida de las reservas del universo, una parte que no le correspondía pero que hizo suya a través de la tinta. Por eso, asistir al taller de Escritura fue la decisión más importante de su vida.

miércoles, 28 de abril de 2010

Entrevista de mí para mí... Me hago tan feliz xD

-Señorita Velayos, le estoy tan agradecido de que esté hoy aquí...

-No me de las gracias. En realidad, nada de esto ha sido obra mía, sino de los misteriosos designios del destino o, si lo prefieren sus lectores más pragmáticos, del curso encadenado de acontecimientos aleatorios ajenos a mi voluntad que me han traído hasta aquí. Podríamos incluso definirlo como la mano de Dios actuando en la Tierra, pero en ningún caso ha dependido de mi voluntad mi presencia o no presencia hoy aquí.

-Eh... Gracias de todas maneras. Bien, el objetivo de esta entrevista en profundidad es conocer un poco mejor a la autora del fascinante libro "El ser o no ser de la posibilidad de estar de la muchedad de los estadios" o, como lo llamaremos a partir de ahora, "La muchedad".

-Disculpa que te interrumpa, Mike. He de decir que, dada la brevedad del tiempo de que disponemos, esta entrevista no podrá ser profunda, y servirá tan sólo para acercarse mínimamente a mi persona. También me gustaría aclarar que "La muchedad" no es ni mucho menos exacto. Si hubiese deseado ese título para mi libro, lo habría sido desde un comienzo. Pero continúa, por favor.

-Vale... Bueno, la primera pregunta es obligada: ¿Qué te impulsó a escribir este libro?

-A pesar de que impulsar no es el verbo más correcto, he de decir que esta idea no nació de mí misma, sino que, de alguna manera, me poseyó. Un día nada existía, y al siguiente... se hizo la luz. Es de mi opinión que las historias eligen al autor, y no viceversa. Existen, en algún plano separado de nuestra terrenal materialidad, y escogen a la persona que debe contarlas. Por eso, escritores que me lean, tengo algo que decirles: no dejen de contar las historias que les elijan. No las dejen huérfanas de palabras; hagan caso a su intuición y déjense poseer por la inspiración.

-Conmovedor... Y pasando a un plano más personal, ¿eres feliz con lo que haces?

-Absolutamente. Date cuenta, Mike, de que la gente puede confundir la alegría con la felicidad. Yo puedo parecer una persona pesimista, cínica, amargada, que no gusta de mostrar su estado de ánimo como el resto de la gente. Pero en el fondo, en el núcleo más básico de mi persona... soy profundamente feliz, Mike.

-Y aunque parece algo fuera de lugar tras semejante respuesta... ¿Qué echas en falta en tu vida actual?

-Ay, por echar, pueden ser tantas cosas... Unos centímetros más de altura, unos menos de cadera, una operación correctora de la miopía que me tortura desde hace años, más espacio para libros, poder viajar... Pero en lo esencial, lo verdaderamentete importante... No falta nada.

-Entonces, si volvieras a nacer... ¿serías la misma persona?

-¿Si volviese a nacer, ahora mismo? Por supuesto que no. La diferencia de edad con mis familiares, los amigos que me han acompañado, la edad que tenía al afrontar los acontecimientos que me han asaltado... Han hecho lo que soy. Si cambiase un sólo ápice de mi historia, dejaría de ser quien soy. Pero si me estás preguntando si elegiría volver a ser yo... Sí. Por supuesto.

- ¿Te gustaría haber nacido hombre?

-No me malinterpretes, Mike, no tengo nada en contra de los hombres; de hecho, pienso que, en su mayoría, son un género maravilloso, repleto de bellísimas personas y con grandes cosas que aportar al mundo, pero..No gracias. De hecho, en estos momentos me viene francamente bien ser mujer. Claro que si hubiese nacido hombre, las razones por las que me agrada tanto pertenecer al género femenino no serían válidas... Pero no, el caso es que a mi yo actual no le habría gustado nada ser un hombre.

-Bueno, y ¿en qué personaje famoso te habría gustado reencarnarte?

-Si me reencarnase, sería en un ser no nacido, que no tendría que ser necesariamente un futuro famoso, tal vez ni siquiera un ser humano, Mike, por lo que me es totalmente imposible contestar a esa pregunta. No me encuentro capaz de decidir qué no nacido será famoso en un futuro y, para ser sincero, tampoco de aceptar la idea de reencarnación.

-De acuerdo... ejem... Dejaré de intentar convertirte en otra persona. Je. Je. Estoo.. ¿De qué aspectos tuyos estás más satisfecha?

-Podría decir que no me desagrada el color de mis ojos pero, dado que nada en mi físico es mérito mío, sino de los excelentes genes que mis padres me han transmitido, me inclinaré a favor de no morderme las uñas. Puede parecer algo muy nimio en comparación con mis muchas virtudes, pero para mí ha sido una encarnizada lucha que ha durado años y que, finalmente, ha culminado en un colosal triunfo de la mente contra la materia.

-Ya... ¿Y de cuáles estás menos satisfecha?

Déjamememe pensar... A ver... Un momento... Espera, espera sólo un momentito... Lo siento, es que no se me ocurre nada.

-¿Tú tienes abuela, bonita?

-No.

-Y con esta reveladora respuesta concluímos la entrevista.

sábado, 24 de abril de 2010

Sé que lo sabes...

Desperté aquella mañana con ganas de comerte a dentelladas y beberme tu alma, sabiendo que saltaría por un precipicio y al llegar abajo no habría mar y me estrellaría contra el asfalto gris de la desilusión. Pero salté igualmente, porque el masoquismo siempre me había salido bien, y descubrí que tenía alas desgarradas para planear a dos centímetros del dolor. Y sobrevolé el desierto de la rabia y la impotencia y dejé atrás las ganas de matar, las de morir, las de olvidar; y dejé que el viento me lo arrancase todo a mordiscos, hasta que sólo quedaste tú, enganchado a los jirones de alas rotas que colgaban de mi espalda.

Y cogí una aguja oxidada y me tatué tus caricias, para no olvidarlas nunca; me lancé en una carrera suicida hacia el horizonte, queriendo alcanzar el sol e inmolarme en un corazón en llamas, para quemar las dudas y echar las cenizas de la indecisión al viento, y volar tras ellas y hostigarlas hasta que huyan más allá de Neverland, y atesorar la niñez eterna en una isla donde sólo estemos los dos juntos. Y me tiré de cabeza contra las raíces de ese árbol que conducía a un país maravilloso, a buscarte un sombrero para esa loca cabeza; y me dejé olvidado un tarro de miel en la ventana, y cuando acudieron las moscas dejé que se posasen en mi piel y ahogasen con su zumbido el temblor de mis manos; y dejé enganchada la pena al rímel seco y me tragué las lágrimas que nunca deberían haber salido.

Y si pensé un solo momento en descoserte de los bajos de mi abrigo, lo olvidé al arrullo de los mil abrazos que no te he dado y de las catorce vidas que nos quedan por vivir, de las canciones a medias y los poemas que no riman. Y me coloqué delante del tren de lo que debería ser, para ser arrollada por mil kilómetros hora de prejuicios absurdos, y salté a un lado en el último momento, dejándome el alma abandonada en las vías y desollándome las palmas de las manos en las piedras del camino de tanto tropezar por no saber mirar al suelo; por estar oteando constantemente el cielo, en busca de una sonrisa sincera entre tantas nubes. Porque vaya mierda de primavera que estamos teniendo.

Y cuando se me enronqueció la voz de gritarle a la vida y tenía llagas en las yemas de los dedos, y el tequila me sabía a agua fresca, y las dos de la mañana eran demasiado pronto para todo, y no me hacía falta fumar para asfaltarme los pulmones, cogí mi vieja guitarra y le arranqué los acordes de sangre y muerte que me hacían falta para cantar lo que un día escribimos; y esperé que me hicieses los coros, pero acabé cantando a capella después de estrellar el clavijero en la cara de la sorpresa. Y cuando las palabras se negaron a abandonar mi garganta, moví las manos como mariposas ciegas, pero ninguno de los dos conocía el lenguaje de los sordos y acabamos abrazados en una misma angustia, sin necesitar nada más que entendernos.

Esta noche, tiraré la pluma por la ventana y esconderé las alas; me sacaré los ojos y te los envolveré para regalo, que al fin y al cabo lo prometido es deuda; me beberé todos los jarrones del barrio y me fumaré los pensamientos, para flotar por encima de lo que quiero olvidar; daré un descanso a mi memoria, que se agota de atesorar momentos; me arrancaré la piel a tiras, para quitar de mi cuerpo el recuerdo de los besos no dados y el rastro de tus dedos; dormiré las quinientas horas que me has robado de tantas madrugadas; dejaré salir la tristeza enquistada, para que no se me pudra dentro y envenene mis sonrisas; colgaré un cartel en mi ventana para el sol, donde ponga “No molestar”; apuntaré todo lo que tenía que decirte y que se perdió en una respiración profunda, para quemar las palabras, ahora inútiles, y hablarte en una mirada incomprensible.

Y sabes que no lo haré, porque vivir de la contradicción es mi lema y el masoquismo siempre me ha ido bien. Porque somos tú y yo, y con nosotros las cosas no podían ser de otra manera.

viernes, 19 de marzo de 2010

Libre

Aquel frío miércoles de noviembre, Sara Collado despertó. Y despertó libre por primera vez en mucho tiempo. Estaba tendida desnuda en el suelo congelado de su salón, con botellas de cerveza vacías y rotas a su alrededor. Los restos de una orgía la rodeaban, riéndose de su tristeza. En vez de mirar ella los objetos tirados por la habitación, hechos añicos tras estamparse contra las paredes, parecía que éstos contemplasen su desgracia, su incapacidad para defenderse. Se incorporó lentamente, entumecida. Llevaba horas, quizás todo un día, inconsciente sobre la madera oscura. Blanco sobre negro, como el libro que narraba su historia. Una suave melodía flotaba a través de la ventana, traída por la voz del hijo de los vecinos, un adolescente que parecía mayor para sus quince años, y que todos los días cantaba para ella acompañado por una guitarra que, posiblemente, fuera su única amiga. Irónicamente, aquel miércoles cantaba “Salir corriendo”, de Amaral.

- ¿Cuántas lágrimas puedes guardar en tu vaso de cristal? -susurraba el chico. Muy acertado.

Aquel miércoles, aquel miércoles en concreto, Sara sabía cuántas lágrimas cabían en el suyo. Su vaso tenía capacidad para las lágrimas derramadas durante casi cinco años. La noche anterior habían rebosado; no había sitio en su vaso para el llanto por una niña muerta. Sara se levantó para ir a la ventana y acercarse más a esa voz amiga, pero se detuvo al notar humedad entre sus piernas. Era sangre. La tocó con la yema de los dedos, recordando por qué estaba allí. Su hija, su niñita, aquella pequeña alegría que pese a todas las tempestades había logrado florecer en su cuerpo, estaba muerta. Asesinada por su propio padre. Esta vez no lloró.

La noche anterior sí, había gritado y gritado, había derramado lágrimas amargas, había dicho todo lo que llevaba dentro. Él sólo le había gritado, se había limitado a repetir que no debería llorar, pues libraba al mundo de otra criatura débil y sucia como ella; que debía agradecerle que fuese un hombre bueno, porque, si realmente quisiera ser un hombre decente, la habría matado hace tiempo, por indigna, por sucia, por puta. Le había demostrado otra vez que era una cualquiera, arrancándole la ropa, haciéndola sentirse humillada y despreciada.

No fue aquello lo que la hizo llorar, pues había llegado a acostumbrarse; fueron los pedazos de sus sueños destrozados clavándose en su corazón los que hicieron que derramase sus últimas lágrimas. Fue la muerte de la que había sido su última esperanza, la última oportunidad de volver a creer en él y en que todavía existía el amor que un día los había unido. Ahora, que sabía que su cuento de hadas era una mentira, que su beso nunca había transformado al ogro y que éste seguía siendo tan malvado como el primer día, podía ser libre. Sara ya no quería esperar, no quería complacerle, no podía aguardar más a que de pronto, en medio de sus palizas, recordase que un miércoles de noviembre, hacía cinco años, le había jurado amor eterno. Su hija había muerto, y con ella la capacidad de Sara de creer en lo imposible.

Se levantó, se cubrió los hombros congelados con una camisa hecha jirones y se refugió en el dormitorio. Todas las paredes de aquella casa le recordaban los secretos que habían tenido que ocultar, los gritos que habían escuchado, las lágrimas que solo ellas habían podido enjugar. Pero a Sara ya no le afectaban esos recuerdos. Ahora era libre, y podía hacer que desapareciesen simplemente deseándolo. Se vistió sin apenas mirar qué se ponía, y luego cogió una gran maleta y empezó a meter sus cosas en ella y, con cada prenda que guardaba, rompía un poco más sus ataduras. Cuando hubo acabado ya no había cadenas en sus muñecas pero, si se sabía mirar, se podían ver dos alas blancas, hechas de pura luz, que nacían de sus hombros y se derramaban suavemente por su espalda. Sara cogió la maleta y se encaminó a la puerta y, cuando la cerró, dejó tras la madera cinco años de pesadilla.

Echó a andar, con sus alas de ángel desplegadas para quien quisiese verlas, sabiéndose libre por fin.

viernes, 22 de enero de 2010

Revolución de letras

Revolución de letras.1

Aquel día debía terminar mi novela. Sabía que, al contrario que los relatos cortos, un libro era un proyecto de largo alcance, y no podía exigirme acabarlo tan pronto, pero debía hacerlo. Me angustiaba no saber qué sería de mí mañana, no saber si podría escribir, y dejar mi novela inacabada.
Las ideas bullían en mi cabeza, se apelotonaban contra mi frente, asnsiosas por escapar; las palabras fluían rápidas, audaces, diciendo exactamente lo que querían decir. Era prácticamente perfecto. Pero entonces sucedió. La revolución.
Las letras del teclado comenzaron a trepar por mis dedos, como hormigas voraces y despiadadas, y enseguida penetraron en mi sangre. Como una droga un veneno, un ácido altamente corrosivo, avanzaron veloces hacia su objetivo: mi mente. Y a su paso iban dejando palabras, frases, sentencias infinitas, que intenté descifrar mientras era presa del horror.
Sabía ya que estaba perdido: el hombre no puede ser libro, ni la piel pergamino. Nadie podría haber resistido aquella revolución de letras.
Y entonces llegaron a mi cerebro, y allí estallaron en una supernova de tinta negra. Todas las palabras del mundo, todas las frases bellas, todo lo que yo había amado y que por falta de tiempo no había mimado lo suficiente, eclosionaron y me cegaron. Caí sobre la alfombra, agonizante, sabiendo lo que perdía y dejaba atrás, lo que no podría escribir y lo que había escrito mal y no corregiría.
En mi último suspiro, eché una mirada al ordenador. Las letras volvían a su lugar, cumplida su misión, conseguido su mezquino objetivo. El cursos aún parpadeaba en la pantalla. Mi libro no estaba terminado.


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Revolución de letras.2

La novela acaba hoy. Lo que empezó como un ensayo absurdo de algo que ni siquiera tenía nombre termina hoy, lo sientes cerca. Pero no sabes que algo se interpone en tu camino.
Por eso cuando las letras trepan por tus dedos y contaminan tu sangre no sabes qué hacer. ¿Huir? Demasiado tarde, ya están en tu piel. ¿Dejar de escribir? Hace tiempo que ellas te escriben a ti, aunque sea ahora cuando se revolucionan. Solo una cosa podrá alejarte de las letras malditas: morir.
Y eso haces, tirado en la alfombra, tembloroso y débil, sin poder apreciar las sublimes palabras que cubren tu piel de pergamino viejo. Te dejas ir, mientras ellas vuelven al teclado, aguardando al siguiente insensato que quiera escribir.
Lo intentaste, lo hiciste bien, casi lo lograste, piensas. Sí, estuviste cerca, claro. Pero, al fin y al cabo, solo eres mortal.


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Revolución de letras.3
http://www.fotolog.com/wordwizard/15662492 (ya que lo tengo ahí, no lo copio para no sobrecargar más xD)

jueves, 24 de diciembre de 2009

Marcada

Quién habría dicho que acabaríamos así… Tú, yo, la luna llena y la noche más larga de mi vida. Al principio sólo estaba yo, claro. Tú llegaste después. Aunque llegar es un eufemismo para lo que pasó realmente: tú irrumpiste. Sin preguntar, sin avisar, sin ni siquiera presentarte… Te plantaste en medio de mi vida y le diste la vuelta por completo. No sabía que algo así podía suceder en tan pocas horas, pero lo cierto es que no pareces el tipo de persona que vive despacio. Quizás seas como los viejos rockeros, y sigas su mismo lema: vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver. Aunque lo cierto es que disfrutas tanto de la vida que no creo que tengas valor para abandonarla temprano.

Cuando esta larguísima noche comenzó, ni siquiera tenía ese nombre. El sol seguía brillando en el cielo, que ya tenía el color ocre de la despedida. Cuando salí de casa, con prisas, como siempre, la luz aún jugaba al escondite entre los altísimos edificios. Yo me peinaba con los dedos y me ponía color en los labios, dando los toques finales a mi imagen. En ese momento, atareada como estaba, no alcanzaba a imaginar que al final de aquella noche mi vida, y yo misma, sería totalmente diferente.

Todavía no sé qué hiciste, qué dijiste, qué resorte tocaste, para transformarme en una persona completamente nueva. Quizás fuese tu olor, esa mezcla suave de colonia y cálido chocolate que te hacía parecer recién salido de una pastelería. Quizá tu sonrisa, tan abierta, como si nunca te hubiesen hecho daño. Quizá fue simplemente saber que, después de esa noche, no te volvería a ver. El tener tan poco tiempo para conocerte, para que me conocieses, para dejar una huella en tu vida de la misma magnitud que tu sello en la mía, me cambió.

Estoy marcada. Ahora, cualquiera que me mire sabrá que te conocí y te perdí.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Sinestesias y otras palabras.

La primera vez que oí la palabra sinestesia fue en una clase, pero no de lengua. Fue en mi primera clase de dibujo técnico, cuando la profesora, nada más entrar en el aula, se golpeó el pecho y, señalándonos, dijo:

-Os quiero, chicos.

Aquello ya anunciaba sus futuras y grandiosas idas de olla pero, por si fuera poco, al terminar de pasar lista, comentó:

-Ah, por cierto, a mí me pasa una cosa muy curiosa... Cometo sinestesias -y, ante nuestra cara de extrañeza, aclaró-. Sí, mira, por ejemplo a ti, Ana, te asocio con el azul; y a ti, Sergio, con el sabor a nuez moscada...

Desde entonces sé que estoy haciendo una sinestesia cuando pienso que esta caricia tiene el sabor amargo de una Novena Sinfonía desafinada; o cuando recuerdo el tacto ligero de tu voz sobre mis hombros desnudos en aquel primer te quiero; o al evocar el olor a lluvia de tus besos.

No es que sea extremadamente poética, ni que quiera realzar tus innumerables virtudes con palabras especiales; es que recluirte a un solo sentido sería como encarcelar al viento. Por eso no puedo decir que tu risa es estruendosa, cuando huele a hierba mojada, ni podría hablar de tus manos frías sin mencionar que están tocando una sonata en los trastes de mis dedos.

Si tuviera que explicar cómo hablas, diría que pintas tu aliento de colores impresionistas y, para aproximarme mínimamente a lo que sentí la única vez que te he visto llorar, debería usar palabras como cristales rotos o, quizás, describir los trazos desoladores de Munch.

Tengo práctica en describirte; lo he hecho muchas veces desde que entraste en mi vida, para que la gente entendiese, sin saber tu nombre, lo especial que eras. Desde el primer momento, te protegí como a un tesoro. No te presenté a nadie, no te hablé de nadie, no le dije a nadie quién eras. Quise creer que en el mundo estábamos tú y yo, y el resto de la gente.

Por eso ahora que te vas, que me voy, que nos vamos -pero en direcciones opuestas-, tu mirada no suena a sinfonía de orquesta, sino a sencilla melodía de guitarra. Porque igual que me conquistaste a ciegas y te quise a escondidas, me rompes el corazón sin que nadie lo sepa.

martes, 17 de noviembre de 2009

Conversaciones de ascensor

–Hola.
–Hola.

Silencio.

– ¿Qué calor, eh?

–Ya ves…

Dos meses. Sesenta y dos días. Mil cuatrocientas ochenta y ocho horas. Ochenta y nueve mil doscientos ochenta minutos. Una eternidad. Nunca se le habían hecho tan largas las vacaciones.
Ahora ha vuelto. Siempre tan tímido… Aunque quién es ella para hablar de timidez, piensa.
Cinco, seis, siete pisos… El suyo. Él sonríe y recoge la pequeña maleta del suelo del ascensor.
–Te he echado de menos…

Sale sin despedirse. Pumpum. Pumpum. Su corazón ha enloquecido.

Le echaría la culpa al calor, pero demasiado bien sabe que los treinta y cuatro grados de fuera no tienen la culpa de que haya contado incluso los minutos que ha tardado volver. Que el sol abrasador no es el causante de esa maldita añoranza que la ha corroído cada noche de este verano interminable.

Mientras las puertas del ascensor se abren en su piso, piensa que algún día debería darse una vuelta por el séptimo. “Yo también te he echado de menos”, para empezar. Una sonrisa, y un “Te quiero”. No necesitaría más.

Pero no va a hacerlo. Es demasiado tímida. Y cobarde.

Siempre bajará en el noveno.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Sonrisas

Intenté arrancarte una sonrisa hablando contigo, pero acabamos peleando, enfadados. Somos tan diferentes...

Intenté arrancarte una sonrisa discutiendo contigo, porque decían que tu buen humor de hacía sonreír cuando te llevaban la contraria. Fracasé; no supe decirte que no.

Intente arrancarte una sonrisa llevándote a ver una comedia romántica: todo el mundo se ríe con esas películas. Te dormiste.

Intenté arrancarte una sonrisa hablándote de SawIII: decían las malas lenguas que la sangre y las vísceras sin sentido te hacían mucha gracia. Pero no me escuchaste.

Intenté contarte un chiste, llevarte al circo, hacerte cosquillas, contarte un cuento, decir tonterías... Y tú no sonreías.

Hoy me he rendido y, cansada de luchar, te he sonreído. Tú me has sonreído de vuelta.

viernes, 1 de mayo de 2009

¡¡BAM, BAM, BAM!!

Yo era una chica bajita… Bueno, no exactamente bajita. No muy alta. No, tampoco. Normal, tirando a pequeña. Vamos, que no era como para ponerme a jugar al baloncesto, pero desde luego le sacaba una buena cabeza a la imbécil de Marga. Pero volveremos sobre esa diminuta criatura que no persona que se creyó con el derecho a arruinarme la vida.

Pasemos directamente a mi carácter, mucho más interesante que mi físico. Por aquel entonces, yo era más bien asocial. Introvertida y especial, lo llamaba mi madre. El caso era que si alguien me tocaba, invadía mi amplio espacio personal –unos dos metros de radio o me hablaba inesperadamente y sin permiso, yo hacía un ruido parecido al grrr de un gato al que le fastidian la siesta. Aún así, no sé bien por qué, había conseguido conservar las cuatro mejores amigas que una podría desear. Dos me conocían desde antes de que decidiese que no me interesaban las personas (tendría unos nueve años, o así). Las otras dos son mártires en proceso de canonización. Y luego estaban las demás, las que no se me acercaban demasiado… Solo por si acaso.

Aquel curso mis dos amigas, no las mártires, las otras, solían comunicarse con “Jo, tía” y jijijis, jajajas, jejejes… Aunque sobre todo jijijis, de esas risitas agudas e insoportables que delatan inmediatamente a una adolescente con el pavo muy subido. Mi médico dice que de ahí me vienen las migrañas… Pero en fin, las mártires y yo las queríamos igual. La amistad, que tiene unas cosas… Pero hete aquí, que llegó a nuestras vidas el anticristo edición debolsillo: Marga. Sí, la imbécil que mencionaba antes. La muy… Ella tenía la irritante e irónica costumbre de coronar sus constantes críticas al mundo con un “¡Puto Enano!”. Sí, era una de esas criajas que critican a los tíos por el mero hecho de serlo, y que encima tenía el morro de llamarles enanos… ¡Ella, que tenía que ponerse de puntillas para agarrarse las orejas! Surrealista.

Aquel no había empezado como un buen curso, precisamente, pero gracias a esa pseudo-zorra pigmea acabó como el rosario de la aurora. Es decir, las mártires y yo con el angelito subido al hombro, predicándonos el bien y el perdón que ya estábamos poco dispuestas a poner en práctica, a un lado y ellas dos, con el anticristo debolsillo detrás mal metiendo, al otro.

No sé muy bien cómo –miento, sí que lo sé: por Marga la situación se hizo tan insostenible que fue necesaria una convocatoria de paz en un sitio neutral: el instituto el día de las recuperaciones de junio. Mi angelito me había abandonado hacía tiempo, así que yo era la que más dispuesta estaba a montarla pero bien. Y si encima provocaba algún accidente de tráfico por el camino… Mejor.

¡Qué asco! ¡Qué asco!

No es para tanto.

¿¡Que no es para tanto!? ñiuuuuu… Primer atropello evitado sin colisión. Perfecto.

Sí que lo es, vale, pero…

¡Esa mala pécora ha estado tocando las narices todo el curso! hiiii… Qué buenos frenos fabrican hoy en día, menos mal ¿Y tú me dices que no es para tanto?

Habría que sacrificarla, tienes razón… Primera mártir a mi favor. Esto va a ser sangriento.

¡No habría que sacrificarla! segunda mártir, que todavía aspira al cielo… No puedo con tanta bondad ¡Habría que asesinarla lenta y dolorosamente hasta que solo quiera morir y nos suplique clemencia! ¡Eso habría que hacer! punto para mí. A esa pequeña perra no hay quien la pare hoy. Qué bien me lo estoy pasando, en el fondo.

Al llegar allí las otras esas que no se me acercan demasiado se retiran discretamente. Qué chicas más listas.

Primera ronda de acusaciones: el rencor suave, de ese que casi ni te acuerdas, pero sirve para caldear el ambiente: le amargaste el cumpleaños; sí, pero tú no viniste al mío; nunca has querido escuchar mi punto de vista en esto o en lo otro…

Y… Entrada en acción del anticristo debolsillo.

Es que siempre hacemos (¿Hacemos? ¿¡Hacemos!? ¡Pero si tú nunca vienes, so cerda!) o que tú quieres.

Apocalipsis. Huída de mis dos mártires (¿Una iba llorando? La has cagado, guapa). Estoy sola ante las huestes del infierno, y esto es la guerra.

¡Pero cómo puedes ser tan imbécil!

¡Tú no insultas a mi amiga!

¡¡Eres una PIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!

Odio la censura pero, creedme, así es mejor. Solo diré que esos diez minutos de gritos sonarían a cualquier persona extraña más o menos como “Bfff… ¿Cómo te atreves? ¡Serás! ¡Ah! ¡Por favor! ¡¡So…!! ¡¡Pedazo de…!!”

Por fin, me harté de gritar como una más, y mi voz se alzó por encima de las de ellas tres.

¡¡QUE TE CALLES, MARGA!!

Silencio. Y vuelta a la carga.

Tú no la puedes mandar callar.

¿Ah, no?

Lo admito, no es muy impresionante. Yo habría preferido algo como “Pruébame, y sabrás lo que es canela” o “Es mejor, así no se morderá la lengua y se envenenará, la muy víbora”. Pero no. Tenía tal cabreo encima que mi elocuencia se tomó unas vacaciones. Mi elocuencia, y mi paciencia.

Sin más, me di la vuelta y abandoné el campo de batalla. Por el honor… Por la gloria… Incluso por un buen goffre… Merece la pena ir al infierno. Por rescatar a dos amigas, que de todas maneras no quieren ser rescatadas, de las garras de esa pseudo-zorra satánica no. Me rindo.

Sabía muy bien dónde estarían mis dos mártires, pero intuía que un gato cabreado yo en ese momento no les ayudaría demasiado, así que me fui a casa. Sola.

Un rato después lo único que quería hacer era machacar pedazos de hueso contra el bordillo de la acera. Hacerlos chiquitiiitos, pulverizándolos, eliminado a esa mala pécora del mundo… Casi estuve por volver a hacer realidad mis sueños. Pero no me apetecía.

Me había retirado del campo de batalla. Había huido como una cobarde. Había dejado a mis dos mártires solas, llorando. Estaba volviendo a casa sola, como siempre. Pero ese día era peor. Ese día acababa de perder dos amigas de la infancia.

Clank… Patada a una lata de… ¿Cerveza? Clank… Sí, definitivamente es cerveza. Clank… Y ni siquiera tenía música, solo ese estúpido ruidito. Clank… Por suerte, me ayudaba a no pensar. Clank… Esa latita me iba a acompañar a casa, definitivamente.

Clank… Clank… Clank…