miércoles, 11 de abril de 2012
El corazón helado.
viernes, 23 de marzo de 2012
Inferno.
martes, 21 de febrero de 2012
Hermana
domingo, 29 de enero de 2012
Adiós, señora cometa.
miércoles, 18 de enero de 2012
Sin espacio.
martes, 20 de diciembre de 2011
Correr
Tú corrías persiguiendo un sueño,
Él corría sin saber adónde.
Nosotros corrimos por años sin cuento, pero
Vosotros corríais detrás, persiguiéndonos.
Ellos corrían y, mientras, yo me paré a sentir el suelo
lunes, 6 de junio de 2011
Los días de lluvia.
miércoles, 1 de junio de 2011
Órdenes. 3
lunes, 30 de mayo de 2011
Órdenes. 2
viernes, 27 de mayo de 2011
Órdenes. 1
jueves, 4 de noviembre de 2010
De aquí a aquí.
Eso mismo le pasó a Jaime. Lo de vive rápido, muere joven y todo eso del Carpe Diem... Era su Biblia. Se lo creía a pies juntillas. Y consiguió llevarlo a cabo, al menos la parte de vivir rápido. Cuando Jaime consiguió desprenderse del lastre de la edad, de los estudios, de la moral, de la presión de grupo, empezó una frenética carrera hacia una muerte que veía próxima e, incluso, deseable.
Jaime empezó cosas, aunque casi nunca las terminó; Jaime no necesitó nunca a nadie, aunque amó intensamente a todos los que pasaron opr su vida; Jaime viajó, habló, voló, saltó, gritó, aprendió, soñó, cantó, tomó, exclamó, arañó, observó, dibujó, pintó, comió, bebió, experimentó, se drogó, se probó, consumió cada pedazo de vida que se le había otorgado. Exprimió todos y cada uno de los momentos, sin dejarse nada por hacer ni nada por disfrutar.
Jaime se alimentó de sonidos, paisajes, aromas, del sabor de mil bocas, del tacto de un millón de pieles. Engordó y engordó el tejido adiposo de su corazón, ganó kilos de experiencia. Consumió en apenas cinco años lo necesario para sobrevivir todos los inviernos.
Y cuando hubo gastado toda la vida que tenía por delante, supuso que debería morir. El problema es que no lo hizo. Ni murió joven, ni dejó un bonito cadáver, ni tuvo valor para suicidarse y dejar escrita una leyenda a su espalda. Cuando Jaime acabó con todo lo que tenía que vivir, entró en estado de hibernación.
Se sentó a esperar una muerte que no llegaba y, mientras, su ritmo se ralentizó, el aire comenzó a llegar más dentro de sus pulmones, adormeciéndole, y comenzó a quemar en forma de recuerdos la gruesa capa de emociones que impedía que se congelase en el desierto de hielo.
Por fin, un día, Jaime se dio cuenta de que ninguna primavera ni, por supuesto, ninguna muerte vendrían a terminar con su letargo. Y decidió, no se sabe muy bien cómo, ponerse otra vez en marcha. Intentó ir despacio al principio, para no caer en un nuevo sprint hacia la muerte. Ya se sabe, sin embargo, que la cabra tira al monte. Pronto, Jaime empezó a buscar una inyección de adrenalina que hiciese girar un mundo demasiado plano y quieto. No sabía cómo lo hacían los demás para no morirse de aburrimiento, así que empezó a preguntar.
Algunos le hablaron de deporte; de rugby, taekwondo, lucha libre. Otros de viajes a Japón, Zimbabwe, el Amazonas. La mayoría de drogas; algunas que conocía, y muchas que no. Y una chica le habló de un sitio donde, una vez a la semana, se convocaba a las palabras y se las convencía para, a veces con llanto, a veces con risas, viajar a mundos mejores que el suyo.
Y Jaime decidió probarlo. Antes que lesionarse, que dejarse el sueldo en aviones, que volver a drogarse, Jaime quiso aprender a escribir. Y en cuanto puso el boli en el folio, descubrió por qué aquello era mejor que la heroína, cocaína, maría, hachís, rayas, anfetas, tripis, ácidos, LSD, éxtaxis.
Escribiendo, Jaime robó un poco más de vida de las reservas del universo, una parte que no le correspondía pero que hizo suya a través de la tinta. Por eso, asistir al taller de Escritura fue la decisión más importante de su vida.
miércoles, 28 de abril de 2010
Entrevista de mí para mí... Me hago tan feliz xD
-No me de las gracias. En realidad, nada de esto ha sido obra mía, sino de los misteriosos designios del destino o, si lo prefieren sus lectores más pragmáticos, del curso encadenado de acontecimientos aleatorios ajenos a mi voluntad que me han traído hasta aquí. Podríamos incluso definirlo como la mano de Dios actuando en la Tierra, pero en ningún caso ha dependido de mi voluntad mi presencia o no presencia hoy aquí.
-Eh... Gracias de todas maneras. Bien, el objetivo de esta entrevista en profundidad es conocer un poco mejor a la autora del fascinante libro "El ser o no ser de la posibilidad de estar de la muchedad de los estadios" o, como lo llamaremos a partir de ahora, "La muchedad".
-Disculpa que te interrumpa, Mike. He de decir que, dada la brevedad del tiempo de que disponemos, esta entrevista no podrá ser profunda, y servirá tan sólo para acercarse mínimamente a mi persona. También me gustaría aclarar que "La muchedad" no es ni mucho menos exacto. Si hubiese deseado ese título para mi libro, lo habría sido desde un comienzo. Pero continúa, por favor.
-Vale... Bueno, la primera pregunta es obligada: ¿Qué te impulsó a escribir este libro?
-A pesar de que impulsar no es el verbo más correcto, he de decir que esta idea no nació de mí misma, sino que, de alguna manera, me poseyó. Un día nada existía, y al siguiente... se hizo la luz. Es de mi opinión que las historias eligen al autor, y no viceversa. Existen, en algún plano separado de nuestra terrenal materialidad, y escogen a la persona que debe contarlas. Por eso, escritores que me lean, tengo algo que decirles: no dejen de contar las historias que les elijan. No las dejen huérfanas de palabras; hagan caso a su intuición y déjense poseer por la inspiración.
-Conmovedor... Y pasando a un plano más personal, ¿eres feliz con lo que haces?
-Absolutamente. Date cuenta, Mike, de que la gente puede confundir la alegría con la felicidad. Yo puedo parecer una persona pesimista, cínica, amargada, que no gusta de mostrar su estado de ánimo como el resto de la gente. Pero en el fondo, en el núcleo más básico de mi persona... soy profundamente feliz, Mike.
-Y aunque parece algo fuera de lugar tras semejante respuesta... ¿Qué echas en falta en tu vida actual?
-Ay, por echar, pueden ser tantas cosas... Unos centímetros más de altura, unos menos de cadera, una operación correctora de la miopía que me tortura desde hace años, más espacio para libros, poder viajar... Pero en lo esencial, lo verdaderamentete importante... No falta nada.
-Entonces, si volvieras a nacer... ¿serías la misma persona?
-¿Si volviese a nacer, ahora mismo? Por supuesto que no. La diferencia de edad con mis familiares, los amigos que me han acompañado, la edad que tenía al afrontar los acontecimientos que me han asaltado... Han hecho lo que soy. Si cambiase un sólo ápice de mi historia, dejaría de ser quien soy. Pero si me estás preguntando si elegiría volver a ser yo... Sí. Por supuesto.
- ¿Te gustaría haber nacido hombre?
-No me malinterpretes, Mike, no tengo nada en contra de los hombres; de hecho, pienso que, en su mayoría, son un género maravilloso, repleto de bellísimas personas y con grandes cosas que aportar al mundo, pero..No gracias. De hecho, en estos momentos me viene francamente bien ser mujer. Claro que si hubiese nacido hombre, las razones por las que me agrada tanto pertenecer al género femenino no serían válidas... Pero no, el caso es que a mi yo actual no le habría gustado nada ser un hombre.
-Bueno, y ¿en qué personaje famoso te habría gustado reencarnarte?
-Si me reencarnase, sería en un ser no nacido, que no tendría que ser necesariamente un futuro famoso, tal vez ni siquiera un ser humano, Mike, por lo que me es totalmente imposible contestar a esa pregunta. No me encuentro capaz de decidir qué no nacido será famoso en un futuro y, para ser sincero, tampoco de aceptar la idea de reencarnación.
-De acuerdo... ejem... Dejaré de intentar convertirte en otra persona. Je. Je. Estoo.. ¿De qué aspectos tuyos estás más satisfecha?
-Podría decir que no me desagrada el color de mis ojos pero, dado que nada en mi físico es mérito mío, sino de los excelentes genes que mis padres me han transmitido, me inclinaré a favor de no morderme las uñas. Puede parecer algo muy nimio en comparación con mis muchas virtudes, pero para mí ha sido una encarnizada lucha que ha durado años y que, finalmente, ha culminado en un colosal triunfo de la mente contra la materia.
-Ya... ¿Y de cuáles estás menos satisfecha?
Déjamememe pensar... A ver... Un momento... Espera, espera sólo un momentito... Lo siento, es que no se me ocurre nada.
-¿Tú tienes abuela, bonita?
-No.
-Y con esta reveladora respuesta concluímos la entrevista.
sábado, 24 de abril de 2010
Sé que lo sabes...
Y cogí una aguja oxidada y me tatué tus caricias, para no olvidarlas nunca; me lancé en una carrera suicida hacia el horizonte, queriendo alcanzar el sol e inmolarme en un corazón en llamas, para quemar las dudas y echar las cenizas de la indecisión al viento, y volar tras ellas y hostigarlas hasta que huyan más allá de Neverland, y atesorar la niñez eterna en una isla donde sólo estemos los dos juntos. Y me tiré de cabeza contra las raíces de ese árbol que conducía a un país maravilloso, a buscarte un sombrero para esa loca cabeza; y me dejé olvidado un tarro de miel en la ventana, y cuando acudieron las moscas dejé que se posasen en mi piel y ahogasen con su zumbido el temblor de mis manos; y dejé enganchada la pena al rímel seco y me tragué las lágrimas que nunca deberían haber salido.
Y si pensé un solo momento en descoserte de los bajos de mi abrigo, lo olvidé al arrullo de los mil abrazos que no te he dado y de las catorce vidas que nos quedan por vivir, de las canciones a medias y los poemas que no riman. Y me coloqué delante del tren de lo que debería ser, para ser arrollada por mil kilómetros hora de prejuicios absurdos, y salté a un lado en el último momento, dejándome el alma abandonada en las vías y desollándome las palmas de las manos en las piedras del camino de tanto tropezar por no saber mirar al suelo; por estar oteando constantemente el cielo, en busca de una sonrisa sincera entre tantas nubes. Porque vaya mierda de primavera que estamos teniendo.
Y cuando se me enronqueció la voz de gritarle a la vida y tenía llagas en las yemas de los dedos, y el tequila me sabía a agua fresca, y las dos de la mañana eran demasiado pronto para todo, y no me hacía falta fumar para asfaltarme los pulmones, cogí mi vieja guitarra y le arranqué los acordes de sangre y muerte que me hacían falta para cantar lo que un día escribimos; y esperé que me hicieses los coros, pero acabé cantando a capella después de estrellar el clavijero en la cara de la sorpresa. Y cuando las palabras se negaron a abandonar mi garganta, moví las manos como mariposas ciegas, pero ninguno de los dos conocía el lenguaje de los sordos y acabamos abrazados en una misma angustia, sin necesitar nada más que entendernos.
Esta noche, tiraré la pluma por la ventana y esconderé las alas; me sacaré los ojos y te los envolveré para regalo, que al fin y al cabo lo prometido es deuda; me beberé todos los jarrones del barrio y me fumaré los pensamientos, para flotar por encima de lo que quiero olvidar; daré un descanso a mi memoria, que se agota de atesorar momentos; me arrancaré la piel a tiras, para quitar de mi cuerpo el recuerdo de los besos no dados y el rastro de tus dedos; dormiré las quinientas horas que me has robado de tantas madrugadas; dejaré salir la tristeza enquistada, para que no se me pudra dentro y envenene mis sonrisas; colgaré un cartel en mi ventana para el sol, donde ponga “No molestar”; apuntaré todo lo que tenía que decirte y que se perdió en una respiración profunda, para quemar las palabras, ahora inútiles, y hablarte en una mirada incomprensible.
Y sabes que no lo haré, porque vivir de la contradicción es mi lema y el masoquismo siempre me ha ido bien. Porque somos tú y yo, y con nosotros las cosas no podían ser de otra manera.
viernes, 19 de marzo de 2010
Libre
- ¿Cuántas lágrimas puedes guardar en tu vaso de cristal? -susurraba el chico. Muy acertado.
Aquel miércoles, aquel miércoles en concreto, Sara sabía cuántas lágrimas cabían en el suyo. Su vaso tenía capacidad para las lágrimas derramadas durante casi cinco años. La noche anterior habían rebosado; no había sitio en su vaso para el llanto por una niña muerta. Sara se levantó para ir a la ventana y acercarse más a esa voz amiga, pero se detuvo al notar humedad entre sus piernas. Era sangre. La tocó con la yema de los dedos, recordando por qué estaba allí. Su hija, su niñita, aquella pequeña alegría que pese a todas las tempestades había logrado florecer en su cuerpo, estaba muerta. Asesinada por su propio padre. Esta vez no lloró.
La noche anterior sí, había gritado y gritado, había derramado lágrimas amargas, había dicho todo lo que llevaba dentro. Él sólo le había gritado, se había limitado a repetir que no debería llorar, pues libraba al mundo de otra criatura débil y sucia como ella; que debía agradecerle que fuese un hombre bueno, porque, si realmente quisiera ser un hombre decente, la habría matado hace tiempo, por indigna, por sucia, por puta. Le había demostrado otra vez que era una cualquiera, arrancándole la ropa, haciéndola sentirse humillada y despreciada.
No fue aquello lo que la hizo llorar, pues había llegado a acostumbrarse; fueron los pedazos de sus sueños destrozados clavándose en su corazón los que hicieron que derramase sus últimas lágrimas. Fue la muerte de la que había sido su última esperanza, la última oportunidad de volver a creer en él y en que todavía existía el amor que un día los había unido. Ahora, que sabía que su cuento de hadas era una mentira, que su beso nunca había transformado al ogro y que éste seguía siendo tan malvado como el primer día, podía ser libre. Sara ya no quería esperar, no quería complacerle, no podía aguardar más a que de pronto, en medio de sus palizas, recordase que un miércoles de noviembre, hacía cinco años, le había jurado amor eterno. Su hija había muerto, y con ella la capacidad de Sara de creer en lo imposible.
Se levantó, se cubrió los hombros congelados con una camisa hecha jirones y se refugió en el dormitorio. Todas las paredes de aquella casa le recordaban los secretos que habían tenido que ocultar, los gritos que habían escuchado, las lágrimas que solo ellas habían podido enjugar. Pero a Sara ya no le afectaban esos recuerdos. Ahora era libre, y podía hacer que desapareciesen simplemente deseándolo. Se vistió sin apenas mirar qué se ponía, y luego cogió una gran maleta y empezó a meter sus cosas en ella y, con cada prenda que guardaba, rompía un poco más sus ataduras. Cuando hubo acabado ya no había cadenas en sus muñecas pero, si se sabía mirar, se podían ver dos alas blancas, hechas de pura luz, que nacían de sus hombros y se derramaban suavemente por su espalda. Sara cogió la maleta y se encaminó a la puerta y, cuando la cerró, dejó tras la madera cinco años de pesadilla.
Echó a andar, con sus alas de ángel desplegadas para quien quisiese verlas, sabiéndose libre por fin.
viernes, 22 de enero de 2010
Revolución de letras
Aquel día debía terminar mi novela. Sabía que, al contrario que los relatos cortos, un libro era un proyecto de largo alcance, y no podía exigirme acabarlo tan pronto, pero debía hacerlo. Me angustiaba no saber qué sería de mí mañana, no saber si podría escribir, y dejar mi novela inacabada.
Las ideas bullían en mi cabeza, se apelotonaban contra mi frente, asnsiosas por escapar; las palabras fluían rápidas, audaces, diciendo exactamente lo que querían decir. Era prácticamente perfecto. Pero entonces sucedió. La revolución.
Las letras del teclado comenzaron a trepar por mis dedos, como hormigas voraces y despiadadas, y enseguida penetraron en mi sangre. Como una droga un veneno, un ácido altamente corrosivo, avanzaron veloces hacia su objetivo: mi mente. Y a su paso iban dejando palabras, frases, sentencias infinitas, que intenté descifrar mientras era presa del horror.
Sabía ya que estaba perdido: el hombre no puede ser libro, ni la piel pergamino. Nadie podría haber resistido aquella revolución de letras.
Y entonces llegaron a mi cerebro, y allí estallaron en una supernova de tinta negra. Todas las palabras del mundo, todas las frases bellas, todo lo que yo había amado y que por falta de tiempo no había mimado lo suficiente, eclosionaron y me cegaron. Caí sobre la alfombra, agonizante, sabiendo lo que perdía y dejaba atrás, lo que no podría escribir y lo que había escrito mal y no corregiría.
En mi último suspiro, eché una mirada al ordenador. Las letras volvían a su lugar, cumplida su misión, conseguido su mezquino objetivo. El cursos aún parpadeaba en la pantalla. Mi libro no estaba terminado.
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Revolución de letras.2
La novela acaba hoy. Lo que empezó como un ensayo absurdo de algo que ni siquiera tenía nombre termina hoy, lo sientes cerca. Pero no sabes que algo se interpone en tu camino.
Por eso cuando las letras trepan por tus dedos y contaminan tu sangre no sabes qué hacer. ¿Huir? Demasiado tarde, ya están en tu piel. ¿Dejar de escribir? Hace tiempo que ellas te escriben a ti, aunque sea ahora cuando se revolucionan. Solo una cosa podrá alejarte de las letras malditas: morir.
Y eso haces, tirado en la alfombra, tembloroso y débil, sin poder apreciar las sublimes palabras que cubren tu piel de pergamino viejo. Te dejas ir, mientras ellas vuelven al teclado, aguardando al siguiente insensato que quiera escribir.
Lo intentaste, lo hiciste bien, casi lo lograste, piensas. Sí, estuviste cerca, claro. Pero, al fin y al cabo, solo eres mortal.
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Revolución de letras.3
jueves, 24 de diciembre de 2009
Marcada
Cuando esta larguísima noche comenzó, ni siquiera tenía ese nombre. El sol seguía brillando en el cielo, que ya tenía el color ocre de la despedida. Cuando salí de casa, con prisas, como siempre, la luz aún jugaba al escondite entre los altísimos edificios. Yo me peinaba con los dedos y me ponía color en los labios, dando los toques finales a mi imagen. En ese momento, atareada como estaba, no alcanzaba a imaginar que al final de aquella noche mi vida, y yo misma, sería totalmente diferente.
Todavía no sé qué hiciste, qué dijiste, qué resorte tocaste, para transformarme en una persona completamente nueva. Quizás fuese tu olor, esa mezcla suave de colonia y cálido chocolate que te hacía parecer recién salido de una pastelería. Quizá tu sonrisa, tan abierta, como si nunca te hubiesen hecho daño. Quizá fue simplemente saber que, después de esa noche, no te volvería a ver. El tener tan poco tiempo para conocerte, para que me conocieses, para dejar una huella en tu vida de la misma magnitud que tu sello en la mía, me cambió.
Estoy marcada. Ahora, cualquiera que me mire sabrá que te conocí y te perdí.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Sinestesias y otras palabras.
-Os quiero, chicos.
Aquello ya anunciaba sus futuras y grandiosas idas de olla pero, por si fuera poco, al terminar de pasar lista, comentó:
-Ah, por cierto, a mí me pasa una cosa muy curiosa... Cometo sinestesias -y, ante nuestra cara de extrañeza, aclaró-. Sí, mira, por ejemplo a ti, Ana, te asocio con el azul; y a ti, Sergio, con el sabor a nuez moscada...
Desde entonces sé que estoy haciendo una sinestesia cuando pienso que esta caricia tiene el sabor amargo de una Novena Sinfonía desafinada; o cuando recuerdo el tacto ligero de tu voz sobre mis hombros desnudos en aquel primer te quiero; o al evocar el olor a lluvia de tus besos.
No es que sea extremadamente poética, ni que quiera realzar tus innumerables virtudes con palabras especiales; es que recluirte a un solo sentido sería como encarcelar al viento. Por eso no puedo decir que tu risa es estruendosa, cuando huele a hierba mojada, ni podría hablar de tus manos frías sin mencionar que están tocando una sonata en los trastes de mis dedos.
Si tuviera que explicar cómo hablas, diría que pintas tu aliento de colores impresionistas y, para aproximarme mínimamente a lo que sentí la única vez que te he visto llorar, debería usar palabras como cristales rotos o, quizás, describir los trazos desoladores de Munch.
Tengo práctica en describirte; lo he hecho muchas veces desde que entraste en mi vida, para que la gente entendiese, sin saber tu nombre, lo especial que eras. Desde el primer momento, te protegí como a un tesoro. No te presenté a nadie, no te hablé de nadie, no le dije a nadie quién eras. Quise creer que en el mundo estábamos tú y yo, y el resto de la gente.
Por eso ahora que te vas, que me voy, que nos vamos -pero en direcciones opuestas-, tu mirada no suena a sinfonía de orquesta, sino a sencilla melodía de guitarra. Porque igual que me conquistaste a ciegas y te quise a escondidas, me rompes el corazón sin que nadie lo sepa.
martes, 17 de noviembre de 2009
Conversaciones de ascensor
–Hola.
Silencio.
– ¿Qué calor, eh?
–Ya ves…
Dos meses. Sesenta y dos días. Mil cuatrocientas ochenta y ocho horas. Ochenta y nueve mil doscientos ochenta minutos. Una eternidad. Nunca se le habían hecho tan largas las vacaciones.
Ahora ha vuelto. Siempre tan tímido… Aunque quién es ella para hablar de timidez, piensa.
–Te he echado de menos…
Sale sin despedirse. Pumpum. Pumpum. Su corazón ha enloquecido.
Le echaría la culpa al calor, pero demasiado bien sabe que los treinta y cuatro grados de fuera no tienen la culpa de que haya contado incluso los minutos que ha tardado volver. Que el sol abrasador no es el causante de esa maldita añoranza que la ha corroído cada noche de este verano interminable.
Mientras las puertas del ascensor se abren en su piso, piensa que algún día debería darse una vuelta por el séptimo. “Yo también te he echado de menos”, para empezar. Una sonrisa, y un “Te quiero”. No necesitaría más.
Pero no va a hacerlo. Es demasiado tímida. Y cobarde.
Siempre bajará en el noveno.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Sonrisas
Intenté arrancarte una sonrisa discutiendo contigo, porque decían que tu buen humor de hacía sonreír cuando te llevaban la contraria. Fracasé; no supe decirte que no.
Intente arrancarte una sonrisa llevándote a ver una comedia romántica: todo el mundo se ríe con esas películas. Te dormiste.
Intenté arrancarte una sonrisa hablándote de SawIII: decían las malas lenguas que la sangre y las vísceras sin sentido te hacían mucha gracia. Pero no me escuchaste.
Intenté contarte un chiste, llevarte al circo, hacerte cosquillas, contarte un cuento, decir tonterías... Y tú no sonreías.
Hoy me he rendido y, cansada de luchar, te he sonreído. Tú me has sonreído de vuelta.
viernes, 1 de mayo de 2009
¡¡BAM, BAM, BAM!!
Yo era una chica bajita… Bueno, no exactamente bajita. No muy alta. No, tampoco. Normal, tirando a pequeña. Vamos, que no era como para ponerme a jugar al baloncesto, pero desde luego le sacaba una buena cabeza a la imbécil de Marga. Pero volveremos sobre esa diminuta criatura –que no persona– que se creyó con el derecho a arruinarme la vida.
Pasemos directamente a mi carácter, mucho más interesante que mi físico. Por aquel entonces, yo era más bien asocial. Introvertida y especial, lo llamaba mi madre. El caso era que si alguien me tocaba, invadía mi amplio espacio personal –unos dos metros de radio– o me hablaba inesperadamente y sin permiso, yo hacía un ruido parecido al grrr de un gato al que le fastidian la siesta. Aún así, no sé bien por qué, había conseguido conservar las cuatro mejores amigas que una podría desear. Dos me conocían desde antes de que decidiese que no me interesaban las personas (tendría unos nueve años, o así). Las otras dos son mártires en proceso de canonización. Y luego estaban las demás, las que no se me acercaban demasiado… Solo por si acaso.
Aquel curso mis dos amigas, no las mártires, las otras, solían comunicarse con “Jo, tía” y jijijis, jajajas, jejejes… Aunque sobre todo jijijis, de esas risitas agudas e insoportables que delatan inmediatamente a una adolescente con el pavo muy subido. Mi médico dice que de ahí me vienen las migrañas… Pero en fin, las mártires y yo las queríamos igual. La amistad, que tiene unas cosas… Pero hete aquí, que llegó a nuestras vidas el anticristo edición debolsillo: Marga. Sí, la imbécil que mencionaba antes. La muy… Ella tenía la irritante e irónica costumbre de coronar sus constantes críticas al mundo con un “¡Puto Enano!”. Sí, era una de esas criajas que critican a los tíos por el mero hecho de serlo, y que encima tenía el morro de llamarles enanos… ¡Ella, que tenía que ponerse de puntillas para agarrarse las orejas! Surrealista.
Aquel no había empezado como un buen curso, precisamente, pero gracias a esa pseudo-zorra pigmea acabó como el rosario de la aurora. Es decir, las mártires y yo con el angelito subido al hombro, predicándonos el bien y el perdón que ya estábamos poco dispuestas a poner en práctica, a un lado y ellas dos, con el anticristo debolsillo detrás mal metiendo, al otro.
No sé muy bien cómo –miento, sí que lo sé: por Marga– la situación se hizo tan insostenible que fue necesaria una convocatoria de paz en un sitio neutral: el instituto el día de las recuperaciones de junio. Mi angelito me había abandonado hacía tiempo, así que yo era la que más dispuesta estaba a montarla pero bien. Y si encima provocaba algún accidente de tráfico por el camino… Mejor.
– ¡Qué asco! ¡Qué asco!
– No es para tanto.
– ¿¡Que no es para tanto!? –ñiuuuuu… Primer atropello evitado sin colisión. Perfecto.
– Sí que lo es, vale, pero…
– ¡Esa mala pécora ha estado tocando las narices todo el curso! –hiiii… Qué buenos frenos fabrican hoy en día, menos mal– ¿Y tú me dices que no es para tanto?
– Habría que sacrificarla, tienes razón… –Primera mártir a mi favor. Esto va a ser sangriento.
– ¡No habría que sacrificarla! –segunda mártir, que todavía aspira al cielo… No puedo con tanta bondad– ¡Habría que asesinarla lenta y dolorosamente hasta que solo quiera morir y nos suplique clemencia! ¡Eso habría que hacer! –punto para mí. A esa pequeña perra no hay quien la pare hoy. Qué bien me lo estoy pasando, en el fondo.
Al llegar allí las otras –esas que no se me acercan demasiado– se retiran discretamente. Qué chicas más listas.
Primera ronda de acusaciones: el rencor suave, de ese que casi ni te acuerdas, pero sirve para caldear el ambiente: le amargaste el cumpleaños; sí, pero tú no viniste al mío; nunca has querido escuchar mi punto de vista en esto o en lo otro…
Y… Entrada en acción del anticristo debolsillo.
– Es que siempre hacemos (¿Hacemos? ¿¡Hacemos!? ¡Pero si tú nunca vienes, so cerda!) o que tú quieres.
Apocalipsis. Huída de mis dos mártires (¿Una iba llorando? La has cagado, guapa). Estoy sola ante las huestes del infierno, y esto es la guerra.
– ¡Pero cómo puedes ser tan imbécil!
– ¡Tú no insultas a mi amiga!
– ¡¡Eres una PIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!
Odio la censura pero, creedme, así es mejor. Solo diré que esos diez minutos de gritos sonarían a cualquier persona extraña más o menos como “Bfff… ¿Cómo te atreves? ¡Serás! ¡Ah! ¡Por favor! ¡¡So…!! ¡¡Pedazo de…!!”
Por fin, me harté de gritar como una más, y mi voz se alzó por encima de las de ellas tres.
– ¡¡QUE TE CALLES, MARGA!!
Silencio. Y vuelta a la carga.
– Tú no la puedes mandar callar.
– ¿Ah, no?
Lo admito, no es muy impresionante. Yo habría preferido algo como “Pruébame, y sabrás lo que es canela” o “Es mejor, así no se morderá la lengua y se envenenará, la muy víbora”. Pero no. Tenía tal cabreo encima que mi elocuencia se tomó unas vacaciones. Mi elocuencia, y mi paciencia.
Sin más, me di la vuelta y abandoné el campo de batalla. Por el honor… Por la gloria… Incluso por un buen goffre… Merece la pena ir al infierno. Por rescatar a dos amigas, que de todas maneras no quieren ser rescatadas, de las garras de esa pseudo-zorra satánica no. Me rindo.
Sabía muy bien dónde estarían mis dos mártires, pero intuía que un gato cabreado –yo en ese momento– no les ayudaría demasiado, así que me fui a casa. Sola.
Un rato después lo único que quería hacer era machacar pedazos de hueso contra el bordillo de la acera. Hacerlos chiquitiiitos, pulverizándolos, eliminado a esa mala pécora del mundo… Casi estuve por volver a hacer realidad mis sueños. Pero no me apetecía.
Me había retirado del campo de batalla. Había huido como una cobarde. Había dejado a mis dos mártires solas, llorando. Estaba volviendo a casa sola, como siempre. Pero ese día era peor. Ese día acababa de perder dos amigas de la infancia.
Clank… Patada a una lata de… ¿Cerveza? Clank… Sí, definitivamente es cerveza. Clank… Y ni siquiera tenía música, solo ese estúpido ruidito. Clank… Por suerte, me ayudaba a no pensar. Clank… Esa latita me iba a acompañar a casa, definitivamente.
Clank… Clank… Clank…