miércoles, 30 de mayo de 2012
PROPUESTA(S) DE ÚLTIMA REUNIÓN.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Cuento Circular
domingo, 15 de abril de 2012
El corazón helado
jueves, 15 de marzo de 2012
La llegada del fénix (Intento de poema en prosa)
jueves, 8 de marzo de 2012
Escritos colectivos: No me hables de horas extra.
Mi compañera de al lado habla por teléfono con su familia, su novio que vive en Dinamarca y todo eso. Cuando el jefe se pasea, pone el teléfono en espera, teclea, y hace como si nada. Yo mantengo la misma mueca que deben poner mis manos al teclear durante tantas horas seguidas.
Mis dedos tocan en el piano un eterno réquiem, pero mi mente quiere volar montada en el petirrojo que veo por la ventana. Pero en el interior de la oficina un cálido fuego arde. Unas pálidas llamas que me hacen sentir más a gusto que en casa. Todos los días las busco: en los grifos del baño, en cada papelera, entre los espacios de cada número del reloj, en los archivos de mi ordenador. Pero por más que lo busco no los encuentro, sin embargo yo lo siento, sé que el fuego está en alguna parte de este trabajo, y el no encontrarlo me desespera aún más. Una vez estuve a punto de preguntárselo al jefe, pero el reloj corría tan rápido que me entró miedo de que me despidiera.
Quemarlo todo, eso sí que estaría bien, despertarse un día y ver que la oficina ha ardido hasta los cimientos y que tú eres el único superviviente. A veces quemo cosas, cuando estoy solo y sé que nadie me ve: papeleras, cabinas telefónicas, una vez quemé un coche. No estoy loco, aunque sé lo que pensaría la gente si pudiera saber lo que pasa por mi mente. La soledad y un trabajo de mierda dejan tocado a cualquiera. Noto que me estoy poniendo nervioso, abro un archivo de texto: “lista de tareas: machacar la cabeza del jefe con el teclado del ordenador, graparle los dedos al administrador, cortarle los frenos al coche de la psicóloga de la empresa”. Lo borro inmediatamente, a veces me asusto de mí mismo.
A la psicóloga de la empresa también la asusto. Lo veo en su rostro cuando anota cosas en su cuadernillo. Me ha recetado toda suerte de pastillas: antidepresivos, calmantes. Quiere controlarme. Creo que sabe demasiado. Debería hacer algo al respecto. Me molesta ligeramente que esa desconocida sepa tanto de mí. Sí, quizás debería hacer algo. Siempre me juzga. Me mira por encima de la montura de sus gafas con una mezcla de superioridad y compasión. Definitivamente debería hacer algo al respecto. ¿Y si le cuenta a alguien lo que sabe de mí? En realidad no sabe nada. Cree que lo sabe todo, pero no sabe nada. Arrogante… voy a hacer algo al respecto. Quizás debería tomar algunas de las pastillas que me receta. Empiezo a aterrorizarme de mí mismo. Quizás debería ir a verla, aunque temo lo que pueda pasar.
Ahora que me paro a reflexionar sobre esto, puede que la psicóloga sepa más de mí de lo que me imagino. Tal vez piense que soy un peligro para la sociedad y quiera quitarme de en medio con pastillas misteriosas. Sí, he de hacer algo al respecto. Tal vez sea ella la que tenga que desaparecer, tal vez podría drogarla yo a ella. Llevarla a un bosque, atarla a un árbol y quemarla viva. Sí, sería la primera persona a la que quemo, y querría saber qué se siente…
Pero no, eso truncaría mis planes secretos. Yo no puedo dejar rastros tan evidentes, atarían unos cabos con otros y sabrían que había sido yo. Al fin y al cabo, aunque la psicóloga sepa tanto de mí, no es ella quien me está perjudicando; es más, podría decir hasta que me cae bien; no me importaría invitarla a salir alguna noche y ¡quién sabe! Hasta a lo mejor llegábamos a algo. Mi objetivo es el jefe, que se pasea y pasea como si no tuviera nada que hacer más interesante. No puedo soportar su “sonrisita”, ni sus “palmaditas” en la espalda cuando quiere ser simpático (“Por cierto, Pérez, ¿qué tal está su mujer? ¿ha terminado ya la quimio?”). Voy a por él.
Tiene que caer, seguro que la gente me lo agradece. ¿Qué sentido tiene que alguien que se pasea por los pasillos sin hacer nada en todo el día y llegando a la hora que se le antoja sea el que más gana? Se merece lo que le va a pasar, creo que incluso él opina que se lo tiene ganado, ¿cómo no iba a odiarse a sí mismo? Tiene un trabajo insignificante, insulso. Sí, el mejor sueldo, pero por no hacer nada. Lleva una existencia vacía, es una cáscara y no merece vivir por ello. Pero tendré que dejarlo por hoy, nadie debe sospechar. Tiene que seguir siendo secreto para que pueda funcionar.
miércoles, 7 de marzo de 2012
Escritos Colectivos
Escritos Colectivos
La música era ensordecedora, tanto que apenas era capaz de sentir nada más (casi era de agradecer). Con la cantidad de gente que me rodeaba agradecía no tener que pedir a mi cerebro que apagara sentidos como el olfato o el tacto, simplemente estaban apagados, la música mantenía al cerebro suficientemente ocupado, bueno, al menos en parte, porque no impedía que pensara. Me habría encantado, pero parece que una vez empieza jamás se vuelve a parar, no hasta que mueres.
Estando en el metro, en hora punta, sin espacio suficiente ni para leer tenía que hacer mucho calor, seguramente hubiera mucho ruido, pero nada de eso parecía importar. Parecía que nada volvería a importar.
No importaban. La muchedumbre era una imagen perdida y translúcida, el vagón me transportaba sin apenas sentirlo. Y yo me elevaba por encima de todos y de todo, dejando mi sombra tejida al suelo como única prueba de haber estado ahí. Sólo mi sombra, mi alma ahora era un fuego artificial y mi corazón una paloma mensajera. Atrás quedaban el denso ruido a enjambre y la elevada temperatura. Todo ese molesto remolino que juega a invadirnos. Atrás sólo quedaba mi sombra y las demás sombras como el esqueleto fosilizado de una realidad que se esfuma.
Ya no sentía el sudor corriendo por mi pelo, ni la velocidad del vagón, ni tan siquiera sentía la masa pastosa de cuerpos.
Todas las sensaciones que tenía fueron lentamente sustituidas por otras nuevas. La primera fue el azul, o el verde, más bien una mezcla de ambos, como el mar; el color a mar llenando mis pulmones una y otra vez, entrando y saliendo con cada respiración.
Después vinieron las manos, sentí las manos cálidas y descansadas. Poco a poco se movieron solas. Era un movimiento lento que acompasaba la respiración. Iba moviendo de lado a lado imitando las olas del mar.
Con la sensación de tener las manos vivas vino finalmente la música al principio muy lejana y luego cada vez más cerca. Era otra vez esa música que lo llenaba todo, que lo escondía todo, que devoraba mis instintos y preocupaciones dejando sólo mi cuerpo material. Esperaba que cuando terminara la música y volviera en mí, el vagón de metro y toda la gente que me rodeaba hubieran desaparecido. Nunca había necesitado tanto un hombro en el que apoyarme, y o digo porque mis piernas habían dejado de sujetarme, el suelo me recibió como si llevara tiempo esperándome, pero no era el sucio y duro suelo del vagón, sino una mullida alfombra de césped, Jim Morrison había gritado Break on Through por última vez y por fin reinaba el silencio, abrí poco a poco los ojos deseando que por fin hubiera ocurrido, que mi triste realidad hubiera desaparecido y que yo me encontrara muy lejos, en un lugar mejor, pero nada me había preparado para lo que vi.
- ¿Ha tenido una existencia plena, señor Evans? –Me preguntó un hombre trajeado tras un caro escritorio.
- ¿Quién es usted? –le pregunté, pugnando por levantarme.– ¿Cómo he llegado hasta aquí?
- Ataque al corazón. Bastante frecuente.
- ¿De qué habla? ¿Quién es usted?
- Ese no es el tema, Sr. Evans. Yo le pregunté primero si había tenido una existencia plena, y ambos sabemos que es de muy mala educación contestar a una pregunta con otra, así que respóndame.
Ya de pie, lo miré con cara de pocos amigos. Aquello me daba muy mala espina.
La música, ¿dónde estaba la música? ¿Un infarto? La música había anulado mis sentidos y me había arrastrado como una corriente marina a las profundidades de mi subconsciente, pero nunca me imaginé que pudiese haber detenido el palpitar de mi corazón. El señor inquietante seguía mirándome desde su escritorio, impasible.
- No he sufrido ningún ataque al corazón –le dije, firme y serio, porque la música ensordecedora y la multitud nacían en mí. La música más primitiva y ensordecedora que pudiera existir nacía en mí, en cada ser humano, en cada animal, aquella música ensordecedora y percusiva que marcaba el orden de mi universo tenía su base rítmica en los latidos de mi corazón.
- Entonces, Sr. Evans, ¿podría usted responder a mi pregunta? Es de suma importancia que lo haga para planear su futuro.
- ¿Mi futuro? ¿Qué me está diciendo? ¿Dónde estoy? ¿Quiere usted decirme qué hago aquí y cuándo voy a volver a mi vida de siempre?
- No sea usted ingenuo, Sr. Evans. Toda su vida ha sido un bobo que se ha creído lo que soñaba y ahora es el momento de despertar. Sólo tiene usted que contestar a mis preguntas con sinceridad y luego…
- Luego ¿qué?
- Luego, ya veremos. Sólo unos pocos pasan la frontera, llegan aquí, al lugar desde que le hablo. Los demás se desintegran y se funden con la nada.
- Y ¿Quién decide? ¿Cómo se hace?
- Le he dicho que las preguntas las hago yo y punto. Aunque si usted no accede a responder, no hay más qué hablar. Fundido en negro y fin.
- A ver, dígame. Quier saber las preguntas antes de decidir si responder a ellas o no.
- Concedido, aquí las tiene escritas.
El Sr. Evans se retira un poco. La música empieza de nuevo a sonar y el aire se llena de notas de color que progresivamente se oscurecen hasta convertirse en una espesa masa gris.
El Réquiem de Mozart inunda la nave de la iglesia. La misa funeral por el Sr. Evans empieza. Todos se miran y parecen decirse: “Ha muerto un hombre bueno”. Seguro que, desde donde esté, nos seguirá ayudando.
domingo, 4 de marzo de 2012
Escritos colectivos: Un misterio no desvelado
jueves, 1 de marzo de 2012
Escritos colectivos: Estragos de la guerra
miércoles, 8 de febrero de 2012
ΠΝΕΥΜΑΤΙΚΗ ΤΡΟΦΗ
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