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miércoles, 30 de mayo de 2012

PROPUESTA(S) DE ÚLTIMA REUNIÓN.

MÚSICA Y PALABRAS

A) Dicen que una imagen vale más que mil palabras... ¿Pero cuanto vale una melodía? Una pieza musical breve,  como una pieza instrumental (actual o clásica), evoca, si uno se deja atrapar por los sonidos, un gran número de imágenes. ¿Por qué no recorrer a la inversa esta escala de valores y recoger en palabras las imágenes evocadas por una melodía? Ya sea en forma de poema, relato o mera descripción. Como despedida del taller propongo que saquemos de los sonidos (aquello que ya existía antes de un lenguaje articulado) las palabras para nuestra última creación del taller. Es un poco tarde para proponerlo, pero ahí lo dejo... así que, si os apetece, estaría bien que, si Pura puede disponer de un ordenador con conexión a internet y altavoces, cada uno propusiese una pieza que conozca que no tenga letra, la escuchásemos y que cada uno decida cuál le resulta más evocadora para escribir.

B) Si la música "muda" no os atrae, cierto es que muchas canciones actuales (en cualquier idioma) guardan una historia dentro de ellas en sus versos y acordes que puede ser reconstruida o reinventada por cada uno. Canciones que recuerden algún momento especial de nuestras vidas, nuestros momentos de soledad con la única compañía de la música que tantas veces nos ha hecho emocionarnos, canciones que nos devuelvan a la memoria a la persona con quien identificamos la canción. Quizás este sea otro buen material para crear nuestro último escrito del curso. En este caso, también sería necesario un ordenador con internet y altavoces y, esta vez, cada uno elegiría su propia canción y la escucharíamos después de leer cada texto (que, al estar las canciones ya en verso, sería más propio que escribiésemos en prosa, y, a ser posible, un relato) y, estaría muy bien que, para aumentar el vínculo del texto con la canción, se introdujesen, como mínimo, tres o cuatro frases (o versos) de esta (sea en el idioma que sea) dentro del texto.

Espero que os gusten la propuestas, y que alguien lo vea antes del taller de mañana, que la he colgado muy tarde.

P.D.: Todo parecido con cualquier propuesta que haya tenido lugar años anteriores, si es que lo hay, es pura coincidencia (pues yo no estaba en el taller) simplemente se me ha ocurrido escuchando música.


miércoles, 9 de mayo de 2012

Cuento Circular

Clara vivió una infancia y una adolescencia tranquilas al cuidado de su padre, quien la había aislado de toda relación con un hombre que no fuera él para proteger su divina pureza. De su madre, Clara solo supo que había muerto durante el parto. Vivían una gran villa cerca de un pequeño pueblo acompañados de un gran número de criadas de todas las edades que la cuidaban y enseñaban, a la vez que velaban por su aislamiento dentro de los límites de los dominios de su padre.
Poco después de cumplir los veinte años, aprovechando la ausencia de su padre por un viaje de negocios, Clara consiguió burlar la vigilancia de las criadas y escaparse. Al llegar al pueblo, se cruzó con un joven muchacho, el hijo del lechero, que se enamoró perdidamente de su belleza sobrenatural. La inocente Clara, excitada por el hecho de que el primer hombre que veía a parte de su padre se interesase por ella, accedió a pasar el día con él, ocultándose de las criadas que habían aparecido en el pueblo buscándola desesperadas.
Al caer la noche, Clara ya se encontraba absolutamente cautivada por el joven enamorado y aceptó la propuesta que él le hizo de pasar la noche juntos en una pequeña casa de madera que había construido al lado de un pequeño río que cruzaba el bosque. Una vez allí, hicieron el amor.
Cuando Clara regresó a la villa de su padre, todas las criadas le preguntaron horrorizadas dónde había estado y a quién había conocido con una inquietante insistencia, pero Clara se limitó a responder que simplemente quería ver el mundo mas allá de las tierras de su padre. 
Semanas después, y con el padre de Clara de regreso, el rumor de su embarazo corría entre las criadas y, cuando se constató haciéndose ya evidente, poco pudieron hacer ellas por ocultárselo a su padre, quien, al enterarse de la noticia, lloró desconsoladamente durante semanas hasta que murió de tristeza. Clara había dejado de ser un ser puro y divino.
La jefa de las criadas, al ser consciente de la desdichada realidad a la que se enfrentaban, buscó por todo el pueblo al joven responsable al que condujo hasta la villa.
-A partir de ahora, la mansión y todas las tierras que la rodean son tuyas, pero habrás de trabajar duro para cuidar a tu hija con nuestra ayuda y habrás de impedir que sobrepase los límites de tus dominios y que conozca varón, pues si lo hace, estará condenada a una muerte terriblemente dolorosa y agónica durante el parto por haber mancillado su alma y su cuerpo celestiales. Vayamos pues ahora a ver a Clara, a quien está a punto de pasarle esto, igual que sucedió con su madre.



domingo, 15 de abril de 2012

El corazón helado

Dentro, allá dentro, en las profundidades. Lejos de todo sonido, de toda armonía. En el lugar donde todo nace y brota como el agua de un manantial, arde una vela a punto de consumirse cuya llama apenas puede iluminar, calentar las paredes del corazón helado que la cobija.
Dentro, allá dentro, en las profundidades, todo comienza a paralizarse, a solidificarse, a convertirse en hielo, sin más esperanza que el destello moribundo de un fuego casi extinto  cuyo irrevocable destino es aceptado con resignación por el todo que compone al corazón.
Allá en las profundidades, donde todo comienza ahora a morir, solo se respira indiferencia, sometimiento, silencio. Un silencio que ruge más fuerte que las voces que vienen del exterior, de no se sabe dónde, a calentar con su aliento la corteza, la piel resquebrajada, a avivar la llama. Pero el silencio no puede callar del todo los gritos de rebeldía que se cuelan por las grietas del corazón.
Y es que dentro, allá dentro, en las profundidades, la diminuta llama aún sigue portando la esperanza.


jueves, 15 de marzo de 2012

La llegada del fénix (Intento de poema en prosa)


Ruidos, datos, el caos en esta habitación. Dudas y miedo, quizás tristeza, o nostalgia. Ganas de llover, mis ojos están nublados y quieren llover las lágrimas de un océano interior. A penas sopla el viento y no hay olas, ni ritmo. Las ideas ya no danzan, si es que alguna vez lo hicieron, la danza tribal de la selva dormida. Palpan mis dedos la oscuridad de la luz, la luz engañosa que baña de sueños y esperanzas la planicie de la mente. Los paisajes se suceden caóticos en un torbellino de color y llanto. Risas, risas a lo lejos. Juegos de niños en el parque de la ignorancia o del deseo. Mentiras y fantasmas pugnan ahora por alcanzar la nada o alcanzarlo todo y, en un instante, tornarlo en humo, piedras arrojadizas y puntiagudas que nada tienen que decir, solo rasgan la carne provocando el escape de la creatividad, que cae como una cascada de sangre al suelo de la indiferencia y el olvido. Al final, la muerte. Espero la llegada del fénix.

jueves, 8 de marzo de 2012

Escritos colectivos: No me hables de horas extra.

El café de máquina de la oficina sabía casi a agua, ni siquiera podría decirse que tuviera aroma. Tengo cinco minutos para beberme el café. Luego mis manos vuelven a encontrarse cara a cara con las letras gastadas y cansadas del teclado del ordenador. Mis ojos chocan con un reloj que se mueve a paso de tortuga. El jefe se pasea cada media hora, habla con algunos y les dice, al acabar, que sigan trabajando. El jefe se marcha. Mis manos siguen ancladas al teclado, el reloj no se mueve, y si lo hace, su sonido es tan estruendoso como una estampida de truenos procedente de un oscuro nubarrón.

 Mi compañera de al lado habla por teléfono con su familia, su novio que vive en Dinamarca y todo eso. Cuando el jefe se pasea, pone el teléfono en espera, teclea, y hace como si nada. Yo mantengo la misma mueca que deben poner mis manos al teclear durante tantas horas seguidas.

Mis dedos tocan en el piano un eterno réquiem, pero mi mente quiere volar montada en el petirrojo que veo por la ventana. Pero en el interior de la oficina un cálido fuego arde. Unas pálidas llamas que me hacen sentir más a gusto que en casa. Todos los días las busco: en los grifos del baño, en cada papelera, entre los espacios de cada número del reloj, en los archivos de mi ordenador. Pero por más que lo busco no los encuentro, sin embargo yo lo siento, sé que el fuego está en alguna parte de este trabajo, y el no encontrarlo me desespera aún más. Una vez estuve a punto de preguntárselo al jefe, pero el reloj corría tan rápido que me entró miedo de que me despidiera.

 Quemarlo todo, eso sí que estaría bien, despertarse un día y ver que la oficina ha ardido hasta los cimientos y que tú eres el único superviviente. A veces quemo cosas, cuando estoy solo y sé que nadie me ve: papeleras, cabinas telefónicas, una vez quemé un coche. No estoy loco, aunque sé lo que pensaría la gente si pudiera saber lo que pasa por mi mente. La soledad y un trabajo de mierda dejan tocado a cualquiera. Noto que me estoy poniendo nervioso, abro un archivo de texto: “lista de tareas: machacar la cabeza del jefe con el teclado del ordenador, graparle los dedos al administrador, cortarle los frenos al coche de la psicóloga de la empresa”. Lo borro inmediatamente, a veces me asusto de mí mismo.

A la psicóloga de la empresa también la asusto. Lo veo en su rostro cuando anota cosas en su cuadernillo. Me ha recetado toda suerte de pastillas: antidepresivos, calmantes. Quiere controlarme. Creo que sabe demasiado. Debería hacer algo al respecto. Me molesta ligeramente que esa desconocida sepa tanto de mí. Sí, quizás debería hacer algo. Siempre me juzga. Me mira por encima de la montura de sus gafas con una mezcla de superioridad y compasión. Definitivamente debería hacer algo al respecto. ¿Y si le cuenta a alguien lo que sabe de mí? En realidad no sabe nada. Cree que lo sabe todo, pero no sabe nada. Arrogante… voy a hacer algo al respecto. Quizás debería tomar algunas de las pastillas que me receta. Empiezo a aterrorizarme de mí mismo. Quizás debería ir a verla, aunque temo lo que pueda pasar.

 Ahora que me paro a reflexionar sobre esto, puede que la psicóloga sepa más de mí de lo que me imagino. Tal vez piense que soy un peligro para la sociedad y quiera quitarme de en medio con pastillas misteriosas. Sí, he de hacer algo al respecto. Tal vez sea ella la que tenga que desaparecer, tal vez podría drogarla yo a ella. Llevarla a un bosque, atarla a un árbol y quemarla viva. Sí, sería la primera persona a la que quemo, y querría saber qué se siente…

 Pero no, eso truncaría mis planes secretos. Yo no puedo dejar rastros tan evidentes, atarían unos cabos con otros y sabrían que había sido yo. Al fin y al cabo, aunque la psicóloga sepa tanto de mí, no es ella quien me está perjudicando; es más, podría decir hasta que me cae bien; no me importaría invitarla a salir alguna noche y ¡quién sabe! Hasta a lo mejor llegábamos a algo. Mi objetivo es el jefe, que se pasea y pasea como si no tuviera nada que hacer más interesante. No puedo soportar su “sonrisita”, ni sus “palmaditas” en la espalda cuando quiere ser simpático (“Por cierto, Pérez, ¿qué tal está su mujer? ¿ha terminado ya la quimio?”). Voy a por él.

Tiene que caer, seguro que la gente me lo agradece. ¿Qué sentido tiene que alguien que se pasea por los pasillos sin hacer nada en todo el día y llegando a la hora que se le antoja sea el que más gana? Se merece lo que le va a pasar, creo que incluso él opina que se lo tiene ganado, ¿cómo no iba a odiarse a sí mismo? Tiene un trabajo insignificante, insulso. Sí, el mejor sueldo, pero por no hacer nada. Lleva una existencia vacía, es una cáscara y no merece vivir por ello. Pero tendré que dejarlo por hoy, nadie debe sospechar. Tiene que seguir siendo secreto para que pueda funcionar.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Escritos Colectivos

Hay un pueblo pequeño, en algún lugar remoto de este insignificante planeta, que es víctima de una maldición nacida del odio y del rencor de uno de sus fundadores. Un pueblo atrapado  en su propia marginación, buscada a propósito por un grupo de jóvenes que un día abandonaron su gran ciudad para vivir en una comunidad independiente, utópica, donde harían florecer sus sueños comunes de felicidad rodeados de la naturaleza más pura y fascinante que pudiesen encontrar en los confines del planeta.

La cosa había ido bien al principio. Todos tenían los mismos ideales, los mismos sueños, aproximadamente, las mismas edades. La idea era crear un espacio en el que no hubiera propiedad ni coacciones, de forma que no existiera más norma que respetar al otro como si tú mismo fueras él. No habría autoridad, ni gobernantes, y las decisiones se tomaban todas las noches cuando, al caer la tarde, se reunían en la casa más grande de aquel pueblo abandonado que habían ocupado meses atrás.

Todo parecía un sueño. No había peleas, intercambiaban cosas en lugar de comprarlas (porque sabían que el dinero traía problemas), no había discusiones mayores que las provocadas por la decisión de la cena... Pero, evidentemente, no iba a se así siempre. Los problemas empezaron a surgir. Cosas como el tamaño de las casas ocupadas o el cambio justo de bienes fueron las que lo desataron todo.

¿Por qué mi casa no mira al bosque? decían unos, ¿por qué la mía no mira al este? decían otros. Empezó a brotar la envidia. Los vecinos recibían mejores raciones de comida, trabajaban menos, les miraban mal. La desconfianza empezó a recorrer la comunidad, y la enemistad. Se formaron grupos con un líder. Empezaron las peleas.

Los ciudadanos se reunían en consejos para intentar buscar una solución entre todos ellos, pero los líderes mostraban sus ideales y todos se separaban, agrupándose en torno a aquel que les gustaba. Pero la cosa no terminaba ahí. La maldición se hacía notar cuando estallaban las disputas. Las armas empezaron a nacer en las sociedades y con ellas surgió el poder. Ante él todo está perdido. Cada una de las diferencias pasó a medirse en poder. El más poderoso tenía lo que quería, u el menos poderoso trataba de ganarse la vida. El poder gluía de unos a otros al igual que el pueblo crecía y las armas se cambiaban. Los grupos separaron la ciudad en líderes, mientras todos y cada uno de ellos siempre quería más y más, El problema parecía agravarse sin encontrar solución. Pero todo tiene un límite.

Las noticias del conflicto llegaron al resto del mundo, y el conflicto se convirtió en un espectáculo mediático. Equipos de televisión llegaban de todas partes del mundo para dar cuenta del fracasso de una supuesta utopía, incluso se creó un reallity show que seguía la vida de varios de los líderes durante su día a día en la lucha por el control de esa pacífica unión. El mundo capitalista se àrtía de risa con el infortunio de aquellos a los que consideraban unos "vagos cobardes incapaces de adaptarse al mundo real". Pero todo cambió con las primeras víctimas.

Las muertes se sucedieron entre pobladores de la utópica aldea, pero el mundo no hizo nada. "Más realismo" decía la audiencia. Sin embargo, cuando una bala perdida acabó con la vida de un periodista, el mundo no tardó en tomar medidas. Cualquier persona con la edad apropiada para luchar residente en el pueblo fue arrestada y hubo algunas ejecuciones públicas (y otras no tan públicas). Los niños fueron dados en adopción. Ahora, en el pueblo solo quedan los fundadores, ancianos que se culpan unos a otros de la muerte y encarcelación de sus hijos y del arrebatamiento de sis nietos, que una vez fueron amigos y que ahora solo aguardan al muerte, odiándose los unos al los otros.

Escritos Colectivos

La música era ensordecedora, tanto que apenas era capaz de sentir nada más (casi era de agradecer). Con la cantidad de gente que me rodeaba agradecía no tener que pedir a mi cerebro que apagara sentidos como el olfato o el tacto, simplemente estaban apagados, la música mantenía al cerebro suficientemente ocupado, bueno, al menos en parte, porque no impedía que pensara. Me habría encantado, pero parece que una vez empieza jamás se vuelve a parar, no hasta que mueres.

Estando en el metro, en hora punta, sin espacio suficiente ni para leer tenía que hacer mucho calor, seguramente hubiera mucho ruido, pero nada de eso parecía importar. Parecía que nada volvería a importar.

No importaban. La muchedumbre era una imagen perdida y translúcida, el vagón me transportaba sin apenas sentirlo. Y yo me elevaba por encima de todos y de todo, dejando mi sombra tejida al suelo como única prueba de haber estado ahí. Sólo mi sombra, mi alma ahora era un fuego artificial y mi corazón una paloma mensajera. Atrás quedaban el denso ruido a enjambre y la elevada temperatura. Todo ese molesto remolino que juega a invadirnos. Atrás sólo quedaba mi sombra y las demás sombras como el esqueleto fosilizado de una realidad que se esfuma.

Ya no sentía el sudor corriendo por mi pelo, ni la velocidad del vagón, ni tan siquiera sentía la masa pastosa de cuerpos.

Todas las sensaciones que tenía fueron lentamente sustituidas por otras nuevas. La primera fue el azul, o el verde, más bien una mezcla de ambos, como el mar; el color a mar llenando mis pulmones una y otra vez, entrando y saliendo con cada respiración.

Después vinieron las manos, sentí las manos cálidas y descansadas. Poco a poco se movieron solas. Era un movimiento lento que acompasaba la respiración. Iba moviendo de lado a lado imitando las olas del mar.

Con la sensación de tener las manos vivas vino finalmente la música al principio muy lejana y luego cada vez más cerca. Era otra vez esa música que lo llenaba todo, que lo escondía todo, que devoraba mis instintos y preocupaciones dejando sólo mi cuerpo material. Esperaba que cuando terminara la música y volviera en mí, el vagón de metro y toda la gente que me rodeaba hubieran desaparecido. Nunca había necesitado tanto un hombro en el que apoyarme, y o digo porque mis piernas habían dejado de sujetarme, el suelo me recibió como si llevara tiempo esperándome, pero no era el sucio y duro suelo del vagón, sino una mullida alfombra de césped, Jim Morrison había gritado Break on Through por última vez y por fin reinaba el silencio, abrí poco a poco los ojos deseando que por fin hubiera ocurrido, que mi triste realidad hubiera desaparecido y que yo me encontrara muy lejos, en un lugar mejor, pero nada me había preparado para lo que vi.

- ¿Ha tenido una existencia plena, señor Evans? –Me preguntó un hombre trajeado tras un caro escritorio.

- ¿Quién es usted? –le pregunté, pugnando por levantarme.– ¿Cómo he llegado hasta aquí?

- Ataque al corazón. Bastante frecuente.

- ¿De qué habla? ¿Quién es usted?

- Ese no es el tema, Sr. Evans. Yo le pregunté primero si había tenido una existencia plena, y ambos sabemos que es de muy mala educación contestar a una pregunta con otra, así que respóndame.

Ya de pie, lo miré con cara de pocos amigos. Aquello me daba muy mala espina.

La música, ¿dónde estaba la música? ¿Un infarto? La música había anulado mis sentidos y me había arrastrado como una corriente marina a las profundidades de mi subconsciente, pero nunca me imaginé que pudiese haber detenido el palpitar de mi corazón. El señor inquietante seguía mirándome desde su escritorio, impasible.

- No he sufrido ningún ataque al corazón –le dije, firme y serio, porque la música ensordecedora y la multitud nacían en mí. La música más primitiva y ensordecedora que pudiera existir nacía en mí, en cada ser humano, en cada animal, aquella música ensordecedora y percusiva que marcaba el orden de mi universo tenía su base rítmica en los latidos de mi corazón.

- Entonces, Sr. Evans, ¿podría usted responder a mi pregunta? Es de suma importancia que lo haga para planear su futuro.

- ¿Mi futuro? ¿Qué me está diciendo? ¿Dónde estoy? ¿Quiere usted decirme qué hago aquí y cuándo voy a volver a mi vida de siempre?

- No sea usted ingenuo, Sr. Evans. Toda su vida ha sido un bobo que se ha creído lo que soñaba y ahora es el momento de despertar. Sólo tiene usted que contestar a mis preguntas con sinceridad y luego…

- Luego ¿qué?

- Luego, ya veremos. Sólo unos pocos pasan la frontera, llegan aquí, al lugar desde que le hablo. Los demás se desintegran y se funden con la nada.

- Y ¿Quién decide? ¿Cómo se hace?

- Le he dicho que las preguntas las hago yo y punto. Aunque si usted no accede a responder, no hay más qué hablar. Fundido en negro y fin.

- A ver, dígame. Quier saber las preguntas antes de decidir si responder a ellas o no.

- Concedido, aquí las tiene escritas.

El Sr. Evans se retira un poco. La música empieza de nuevo a sonar y el aire se llena de notas de color que progresivamente se oscurecen hasta convertirse en una espesa masa gris.

El Réquiem de Mozart inunda la nave de la iglesia. La misa funeral por el Sr. Evans empieza. Todos se miran y parecen decirse: “Ha muerto un hombre bueno”. Seguro que, desde donde esté, nos seguirá ayudando.

domingo, 4 de marzo de 2012

Escritos colectivos: Un misterio no desvelado


Pues, bueno, no sé qué decirte. No es la primera vez que me preguntan esto y, la verdad, no tengo clara la respuesta. Por una parte, la idea me parece atractiva; estaría muy bien participar en algo así; pero por otro lado, no sé si por mi posición debo involucrarme en semejantes acciones que, probablemente, se malinterpretarán. Y ya sabes lo que es la fama: una vez perdida, no hay forma de recuperarla. ¿Verdad que estás de acuerdo conmigo, Jaime?
Jaime no supo qué contestar. Miró a su amigo con cara de circunstancias y esbozó una sonrisa. ‘Ya estamos con lo de siempre’ pensó, pero no dijo nada.
Y no lo dijo porque, conociendo como conocía a su amigo, sabía que en el instante en que apareciera un tono de hastío ante la repetición de este tipo de discurso, la intensidad del mismo aumentaría, y todos saben lo que es hacer enfadar a un divo. Así pues, decidió seguirle la corriente, asentir y dejar que continuara su proceso de pensamiento. Quizá, si estimulaba ciertas características de la personalidad de su amigo sería capaz de convencerlo para que formara parte de la idea propuesta que, si bien acarreaba cierto riesgo, la ganancia obtenida podía ser suficientemente alta como para ignorar los peligros.
Estuvieron hablando durante más de una hora. Lo que al principio era una propuesta acabó convirtiéndose en un favor personal y, después, tornó en un enfado que no hacía más que crecer. Jaime dudó de su amistad; si él no quería ayudarle, otro seguramente lo haría, pero eso no matizaba el malestar que sentía hacia las continuas negativas de su amigo. Jaime estaba seguro de que su plan iba a triunfar. Y, cuando lo hiciera, su amigo se arrepentiría de no haberlo aceptado.
Czetcoco argumentaba que cada persona era una persona y que cada uno tenía su propia forma, arriesgarse a perder la forma era muy peligroso pues no habría manera de recuperarla.
Para Jaime todo esto no tenía importancia, no le parecía riesgo alguno, aunque antes de proponérselo sabía que para Czetcoco sería un inconveniente. Era una acción sencilla para que no fracasara, pero dependía en parte de su colaboración.
Jaime empezaba a dudar de lograr convencerlo, pero no podía rendirse ahora que llevaba tanto tiempo hablándolo. Además se empezaba aquedar sin tiempo y sin fuerzas, necesitaba descansar y alimentarse.
—Mira, simplemente déjame el dinero, no necesitan saber que has sido tú— sugirió Jaime desesperado.
—Seguro que es la única solución.
—Venga Czetcoco, sabes cómo funciona esto; además me han asegurado que son gente de fiar.
—Ya … ya sabes que no tengo interés en involucrarme en esos asuntos, la policía…
—Lo que hacemos no es ilegal.
—Ya… pero yo estoy fichado y seguramente vigilan todos mis movimientos económicos.
Jaime frunció el ceño, conocía el pasado de Czetcoco; no era un tipo honrado, pero confiaba en él y además era el único que podía ayudarle.
—Eres el único que puede ayudarme. Si hubiese otro, se lo pediría a él, pero tú eres el único. Te necesito.
—Lo siento, esto no me da buena espina.
— Haz un esfuerzo, por favor. Te lo pagaré. Y nadie se enterará.
—Pero… ¿y si no se enteran?
—Te juro que no lo harán. Hazlo por los viejos tiempos.
Czetcoco le miró intensamente.
—Está bien, pero que nadie se entere de que he tomado parte.
Jaime pensó un momento.
—Lo haremos así.
Y cogió una hoja de papel donde escribió cómo llevar a cabo el plan.
—No lo leas aún, espera al momento adecuado, tal vez ocho, diez días, y entonces has de hacer todo cuanto hay aquí escrito. Tu fama y tu dignidad dependen de este papel, dependen de mí ahora. Hazme caso, todo saldrá como tiene que salir. Ah, y no olvides quemar el papel después de leer.


 
Por Pura, Miguel, Mario, Ulises, Pablo, Elio y Guillermo (en este orden)
29 febrero 2012

jueves, 1 de marzo de 2012

Escritos colectivos: Estragos de la guerra

Antes me gustaba ir de compras. Paseaba entre los azulejos y de cuando en cuando pegaba mi naricilla a los escaparates hasta ver algo que probarme. En ese momento entraba en la tienda y pasaba largo tiempo poniéndome miles de cosas que luego no compraba.
Antes me gustaba ir a la playa en los días nublados y pasar muchas horas haciendo castillos, y cuando subía la marea trataba de que no se desmoronasen. También buscaba entre las rocas conchas y algas con las que decorar mis construcciones.
Antes me gustaba la ensalada de pasta. Meterme en la cocina y cocinar para mí una enorme ensalada, con pimiento y pepino. Y luego tomarla tranquilamente escuchando la televisión.
Eran cosas que le gustaban a mi yo anterior, cosas que actualmente me parecen nimias y sin significado ¿Cómo he cambiado tanto? La respuesta es simple pero en absoluto sencilla. Todo comenzó la última navidad antes de la guerra, celebraba Nochebuena con mis amigos, de la mayoría de ellos desconozco ahora su destino, por la radio sonaban las noticias de la invasión de Canadá por parte de los rusos, pero ese día eso nos resultaba indiferente, era un día feliz, o debería haberlo sido.
Un hombre de rojo llamó a la puerta. Lo sé porque fui yo misma quien le abrió. Los hombres de rojo nunca eran buena señal. Ya conocíamos de su existencia, aunque no sabíamos bien qué hacían. Algunos vecinos habían recibido sus visitas. Ahora sus casas estaban en venta. Mi amigo Tobías recibió una llamada de sus padres diciendo que les había visitado un hombre de rojo y que fuesen inmediatamente. Nunca volvimos a saber de él. Mi prima Laurie, residente en Kiev, recibió una llamada de uno de ellos. Se suicidó dos meses después. Se me subió el corazón a la garganta.
-¿Qué se le ofrece?
El hombre de rojo esbozó una sonrisa torcida porque yo aún no le había reconocido y tardaría en hacerlo todavía un rato.
Sin una sola palabra, sólo con esa sonrisa torcida en aquel rostro ambiguo y maltratado por la guerra irrumpió en el salón y ante la mirada atónita de mis amigos, ocupó mi asiento y en silencio comenzó a comer de mi plato.
Cuando conseguí serenar mi ánimo y quitarme el susto de encima, me dirigí al hombre aquel y con el tono más tranquilo que pude le dije:
-Señor, ha ocupado usted mi asiento y ese plato del que come es el mío. Le ruego que se levante y acceda a ocupar el sitio libre que hay en el otro extremo de la mesa.
La verdad es que pensé –y todos mis amigos hicieron lo mismo- que el hombre de rojo no iba a esperar a que yo terminara de hablar y que me haría desaparecer sin piedad a la primera de cambio. Y sin embargo, no fue así; se levantó y mirándome fijamente recorrió el lateral de la mesa y se sentó en el hueco que quedaba.
Toda la escena parecía carecer de sentido. El hombre aún no había abierto la boca para nada, exceptuando, como es evidente, las veces que lo hacía para comer. Estábamos todos con los ojos como platos y probablemente en nuestras miradas era fácilmente perceptible nuestro asombro.
Cuando el reloj dio las dos en punto habló. Nos habló del virus T. Todos estábamos afectados por él. No había cura, solo desgaste. Describió los síntomas y rogó a los que lo padecieran que le acompañaran. Me fui quedando sola. Sola y distinta. Se fue el hombre de rojo y yo esperé a los síntomas que estaban por venir.

miércoles, 8 de febrero de 2012

ΠΝΕΥΜΑΤΙΚΗ ΤΡΟΦΗ


TABERNA EL HILO (¿FIDEO?) AZUL
ofrece:

MENÚ POÉTICO DEL DÍA


APERITIVOS:
    PAREADO

    Hoy se sirven las estrellas como aperitivo
    aquí se come el universo en diminutivo.

    SOLEÁ

    Contemplamos desde aquí la calle abarrotada.
    El sol abrasador lo está derritiendo todo,
    vayamos a la constelación de la ensalada.

    HAIKU

    Ya no hay más nieve. 
    El cielo se ha licuado
    con sus lágrimas.

    COPLILLA

    (TUS OJOS)
    Hay un mundo que no existe
    que es lo único real
    un mundo intangible y azul
    tan infinito como el mar.



    VINOS:

      Cambiemos por un momento nuestra alma
      por el alma del vino.
      Acompañemos a la noche,
      olvidémonos del frío.
      Muramos y resucitemos
      después, lentamente, 
      dejando en el olvido
      aquello que es de la noche solamente.


      PLATO DE VERDURA:

        Como colinas verdes asoman tus caderas entre las sábanas.
        Como barcos transatlánticos recorren mis manos tu contorno.
        Como una ciudad encantada valle abajo veo tu sonrisa.
        Como un rayo ilumina mi mirada el universo que esconden tus ojos.


        PLATO PRINCIPAL:

          Sólo quiero un momento.
          Un momento infinito para mirarte y contemplar tu cara.
          Un momento sin fin para cruzar el umbral de tu mirada.
          Un momento interminable para iluminarme con el reflejo de tu radiante risa.
          Un momento eterno para que te quedes conmigo.


          POSTRE ÚNICO:

            Cerrar, cerrar un ciclo único que siempre empieza
            Volver, volver a escuchar tu melodía en mi cabeza
            Cantar, cantar despacio tu nombre en el viento
            Saciar, saciar con caricias las ganas del sediento
            Flotar, flotar sobre las ondas de tu pelo
            Caminar, caminar por tu cuerpo sin miedo
            Oler, oler la fragancia de tus brazos
            Saborear, saborear la miel escondida en tus labios.



            miércoles, 18 de enero de 2012

            Un mundo sin movimiento

             Aún hoy,  viejo y decrépito, recuerdo la primera vez que viajé a la Noche.
            Con motivo de mi dieciocho cumpleaños, mis padres y yo fuimos a Mongolia para ver las estrellas. Sí, soy tan viejo que por aquél entonces la contaminación lumínica no había devorado las estrellas.
             Aquello era un nuevo mundo, con una nueva atmósfera y un nuevo clima, un mundo sin Sol y sin Luna, un mundo oscuro pero salpicado por la belleza de miles de astros que lo llenaba todo.  En él, la vida botánica está reducida a los enormes, pero escasos, macroinvernaderos y la población es cinco veces menor que en El Día y El Atardecer, a pesar de poseer cinco veces más tierra. Los diurnos se niegan a vivir en la Noche, prefieren invadir el mar.
            Incluso hoy, con un pie en la tumba, tengo el sueño infantil de viajar miles de años atrás en el tiempo, a la época en la que la Tierra aún rotaba sobre sí misma y los planetas giraban alrededor del sol. Maldigo al azar por haber querido que el universo se parase con la Tierra en posición un eclipse lunar, privándonos de su maravillosa contemplación para siempre.