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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Retretes Aéreos

No podemos elegir cómo morimos.

Puede que sea una de las verdades más aplastantemente devastadoras de la existencia.

El fin es cierto, tenemos fecha de caducidad pero… ¿y todas aquéllas preguntas?: cómo, dónde, cuándo… Sobre todo cuándo. El ser humano tiene una especie de obsesión por alargar más y más los años de vida. Puede ser que sea su orgullo de primate el que le empuje constantemente a luchar contra la madre naturaleza en pro de conseguir la inmortalidad. Tal vez sea que simplemente padecemos insatisfacción congénita (según las estadísticas “más” es la palabra favorita del 84% de la humanidad). Sea como fuere, a la mayoría de las personas le preocupa sobre todo el “cuándo”. Pero yo, siendo sincero, desde que mi tío Julio murió succionado por el wáter de un avión, estoy especialmente concienciado acerca del “cómo”.

Como cualquier niño mentalmente sano y físicamente flacucho, crecí bajo la órbita de los súper-héroes. Siendo así, desde muy joven supe que cuando mi hora final llegase, sería tras una lucha a muerte con un súper villano al que acabaría de dar la paliza de su vida (literalmente). Mi último aliento emprendería el viaje hacia el cielo de los héroes abrazado por el clamor de las masas mortales, que vociferarían mi nombre a los cuatro vientos, lamentándose de haber perdido para siempre al mejor súper-héroe de la historia. Soñaba despierto muchas veces imaginando mi “gran final”. Cada vez le añadía un par de detalles nuevos: mi madre diciéndole a una reportera que había sido un hijo maravilloso y que se arrepentía de todas las veces que me había castigado sin tele, una estatua para conmemorar mis hazañas en la entrada de mi colegio… Y cuando una versión me aburría volvía a inventar una nueva. Bueno, tal vez no fuera un niño “tan mentalmente sano”. Pero los hay peores.

El caso es que con los años maduré. Dejé de pensar en súper-héroes. Y también dejé de preocuparme por mi muerte. Pero eso fue hasta que escuché la historia de mi tío Julio. Mi tío Julio es, era, hermano de mi abuelo, el hermano pequeño, y al parecer tenía la vejiga pequeña. Muy pequeña, la vejiga más pequeña que nunca tuvo un ser humano. Por eso se negaba a subir a un avión. La familia pensaba que era porque tenía miedo y no quería admitirlo. Pero yo siempre le creí, y al final, todo lo que dijo resultó ser cierto.

El tío Julio tenía una vejiga diminuta, y por eso nunca volaba en avión, porque… ¿qué ocurre con…ya sabéis, el pis y lo-que-no-es-pis que se echa en el wáter de un avión? ¿qué ocurre cuando tiras de la cadena? Algunos, creyéndoos muy listos diréis que “no ocurre nada”, que el pis y lo-que-no-es-pis se va por la tubería, y ya está. ¿En serio? ¿Por una tubería? ¿En un avión? ¿Y luego qué? ¿Lo almacenan en un súper tanque de caca y porquerías hasta que llegan a tierra y entonces lo tiran todo por otro súper-mega-wáter? Hay que ser muy tonto para creerse algo semejante…

No, la verdad es mucho más escalofriante y mi tío Julio la conocía, porque él siempre sabía ese tipo de cosas; conocía a mucha gente, hablaba mucho con las personas, y una vez se lo chivó un amigo suyo piloto: “cuando vas al servicio en un avión y tiras de la cadena, todo lo que está en wáter es succionado por el inodoro y después, se abre una pequeña compuerta que está justo debajo y… (atención) cae, al vacío. Al estar volando a tanta altura, cualquier tipo de orina se disuelve en el aire muchísimo antes de tocar tierra. Lo otro… a veces da más problemas, dependiendo de lo sólido que sea.”

El caso es que su amigo piloto le dijo que no había de qué preocuparse, que el medio ambiente estaba a salvo ya que al fin y al cabo, los aviones siempre vuelan sobre el campo -abono natural- o sobre el mar, y el mar es agua, así que ahí se disuelve todo, como en una sopa gigante.

Pero sí que le previno acerca de… algo: Juli, (así le llaman, llamaban, sus amigos a mi tío), esto te lo digo a ti porque eres mi amigo, pero por favor, no lo vayas diciendo por ahí porque…ya sabes cómo es la gente. A veces se toman las cosas muy a la tremenda, exageran todo, y las mujeres son siempre unas histéricas –la mía por lo menos lo es. Si esto llegase a la opinión pública, cabe la posibilidad de que la gente dejara de viajar en avión, ¡Imagínate! ¡Sería como el fin del mundo! Así que tienes que jurármelo: jamás se lo contarás a nadie.

Mi tío se lo juró.

-Bien digamos que, hipotéticamente, la tecnología de los wáteres aéreos aún no estuviese del todo perfeccionada y que, hipotéticamente, se hubiesen dado casos en los cuales… el inodoro hubiese succionado, hipotéticamente, con una potencia excesiva, lo que se llamaría, hipotéticamente, entre los entendidos “una super-succión”.

-¿Qué quieres decir con eso? -Preguntó mi tío.

-Pues quiero decir, que hipotéticamente, podría ocurrir que la súper-succión provocase el succionamiento no sólo de lo que debía ser succionado sino también de cosas que desearían no haber sido succionadas, nunca.

-Hipotéticamente.

-Exacto, hipotéticamente.

-Y dime, cosas… ¿cómo cuáles? Preguntó mío (mi tío nunca deja, dejaba, cabos sueltos)

-Cosas que estaban…cerca, muy cerca, del inodoro, en el momento de la súper-succión.

-Hm, me pregunto…

Y en ese momento mi tío lo comprendió:

Aquello que, hipotéticamente, le estaba intentando decir su amigo piloto, era ¡¡que los retretes de los aviones se tragaban a las personas!! Desde ese instante, mi tío tuvo muy claro que nunca subiría a un avión. No sin su propio orinal bajo el brazo. O un paracaídas.

Mi tío siempre fue un hombre de honor, pero cuando mis padres dijeron que habían comprado billetes para volar a Las Canarias, pudo más el amor hacia los suyos que el deshonor por romper su juramento. Así que nos lo contó a todos. Reunió a toda la familia, como en el Padrino, y nos advirtió frente al terrible peligro al que nos exponíamos. Mis padres le dijeron que no se preocupase, que no era un vuelo demasiado largo y que no irían al servicio durante el trayecto. Él no sé quedó tranquilo, y sinceramente, yo tampoco. Puede que mis padres no tengan en muy alta consideración su existencia pero yo valoro la mía demasiado como para jugármela así.

A partir de ese día comenzó una larga y encarnizada lucha fratricida en el seno de la familia entre aquellos que defendían la postura anti aviones del tío Julio, y entre quienes estaban en contra. En el primer bando estaba mí tío, y en el segundo, el resto de la familia. Si me hubieran dado a escoger yo hubiese apoyado a mi tío pero no me dejaron.

Al final acabamos volando a las Canarias, pero yo no me quité el cinturón hasta que las ruedas tocaron tierra de nuevo. Fueron las dos horas y media más angustiosas de mi vida. Mis padres y yo estábamos a salvo, pero cada vez que se encendía la lucecita roja del lavabo, yo empezaba a sudar, preguntándome si quien había entrado volvería a salir, y si sería realmente éste uno de esos wáteres súper-succionadores. Afortunadamente en ese vuelo no ocurrió nada. Tampoco pasó nada en el siguiente que cogí, ni el siguiente, ni todos los demás. Así que, tengo que reconocer que durante un tiempo dejé de creer en la historia de los retretes-traga-personas. Perdí la fe. ¡Pero en mi defensa debo alegar que era todavía demasiado joven! demasiado ignorante…

El año pasado mi abuelo regaló a mi tío y al resto de sus hermanos unos billetes para Nueva Zelanda. Su sueño siempre había sido hacer windsurf y seasurf, juntos. Fueron las mejores vacaciones de sus vidas. Se lo pasaron tan en grande que luego ninguno quería volver. Y el tío Julio… el tío Julio, no volvió. 24h de vuelo son demasiadas horas incluso para una vejiga del tamaño de un portaviones. ¡ Y la vejiga de mi tío Julio era minúscula! ¡microscópica! ¡más pequeña que la de una hormiga! No le dejaron subir con su propio orinal (dijeron que anti-higiénico. ¡Asesinos!) y el pobre hombre, no pudo aguantar-se.

Lo peor fue no tener nada a lo que dar sepultura. Ni cenizas ni nada. El abuelo decidió enterrar el orinal, como acto simbólico. Hubieran enterrado también el paracaídas pero, nunca lo encontramos…

lunes, 9 de mayo de 2011

Diario


Madrid, 8 de mayo:


Seguro que esta situación te resulta familiar…

Te encuentras en tu habitación, ese lugar sagrado que recoge tu esencia más oculta, ese oasis de soledad en un mundo absurdo y aglomerado, esa fortaleza que te permite ser lo que quieras tras sus muros; impenetrable, inaccesible, inalcanzable para los demás.

Estás sentado junto a tu mesa y delante tienes… una hoja en blanco. Tranquilo, no te asustes. Esto es algo que estás leyendo, por lo tanto es ficción y no tienes de qué preocuparte. No puede atacarte desde aquí.

Pero es cierto, delante tienes un folio en blanco. Una hoja, un objeto inanimado (dicen los ingenuos), extraído directamente del corazón de un árbol noble, de superficie lisa, de tacto suave, sugerente, que te invita con un guiño seductor a que la mancilles, a que la violentes imprimiendo tu estampa y tu huella, en ella. Es una llamada a la que muy pocos saben resistirse; la mayoría, débiles, en cuanto ven una de ellas, se sienten irremediablemente atraídos y sin poder contenerse, ¡zas! una palabra, un trazo, un borrón, una mancha… lo que sea. Inmediatamente después, desconocen el por qué, pero se sienten… aliviados. Tranquilos.

Yo me encuentro delante de una de ellas. Justo ahora. Pero no es el mismo caso. No es ella quien se me ha aparecido delante para embaucarme, no. Esta vez la he llamado yo. Tengo delante una hoja en blanco, y quiero escribir algo. Lo que sea. Pero no puedo.

Es posible que, si has estado un poco perdido en los últimos párrafos, sepas ahora comprender mejor de qué estoy hablando.

Verás, yo, siempre he querido ser escritor. Y la razón de ello es ni más ni menos, que me siento incapaz de serlo. He probado muchas cosas a lo largo de mi, por otra parte, joven vida. He jugado con los riesgos y con los vicios, y me he autoevaluado poniéndome delante las empresas más difíciles. Pero… ¿escribir? No, eso es imposible.

Un amigo, que sí es escritor (y por lo tanto, no puedo evitar sentir una gran admiración por todo lo que él hace) me dijo un día que me colocara delante de un papel, con el bolígrafo o el lápiz en la mano, y que simplemente escribiese lo primero que se me pasase por la cabeza. Lo que fuera. Cualquier cosa.

Yo, no voy a negártelo, era bastante incrédulo al respecto. Si escribir fuera tan fácil como hacer eso el mundo estaría lleno de escritores. Y efectivamente, aquí tengo la prueba más irrefutable de que estaba en lo cierto. Me encuentro delante de un folio en blanco, con una pluma en la mano y no estoy escribiendo.

Hay dos posibilidades, que mi amigo ande errado, o que yo esté haciendo algo mal. Desde luego, mi amigo no puede haberse equivocado. Así que el problema, soy yo. O más concretamente, el problema es que no estoy escribiendo lo primero que se me ha pasado por la mente. ¿Y sabes por qué? Porque ahora mismo estoy pensando en un gato.

No se trata de un gato cualquiera sino del gato de mi vecina. Siempre anda colándose en nuestra terraza, como si se pensase que es el amo del lugar y que el mundo entero le pertenece. Es un animal horripilante, desgarbado, anda cojo de la pata derecha trasera, pero ello no le impide trepar y saltar a donde le viene en gana. Como abrigo luce un pelaje negro marchito, con calvas en algunas zonas, sin brillo ni lustre, que sin duda en numerosas ocasiones ha sido el hogar preferido por garrapatas y otros parásitos. El rabo que siempre lleva inhiesto, está cercenado por la punta y en su lugar solo queda un muñón atrófico. De las orejas, una la tiene mordida, arrancado un extremo, posiblemente en una reyerta callejera. Los bigotes de alambre, despeinados, son la prolongación de una mirada feroz, maléfica, que se te clava directamente en las pupilas y que te persigue incluso cuando ya no lo ves.

Es una bestia salvaje, que más de una vez he sentido vigilándome, atento a cualquier desliz, cualquier signo de debilidad para saltar sobre mí y hundir sus afiladas uñas de acero en mi piel, en mi cara. Y ahora, me está observando. A través del cristal de la ventana de la terraza que da a mi habitación, y que siempre tengo cerrada, su forma inconfundible me oprime incluso aquí dentro, a salvo, en mi santuario. Mirándome directamente, sin apartar ni un segundo la vista, sus ojos rasgados me dejan ver como si se tratase de agua toda su maldad. Este no es un animal común, por sus venas corre la sangre del mismo gato que condujo a la locura a Poe, es el demonio personificado. Debería acabar con él, antes de que él acabe conmigo.

-Fluflú, fluflú, ven gatito bonito, ven con mamá…

El gato diabólico, ante la llamada de su dueña se ha vuelto por fin y yo puedo descansar de su prisión hipnótica. Esa estúpida….encima tiene el valor de alimentar a una alimaña como ésa. Claro, quién sino alguien como mi vecina podría sentirse feliz acogiendo en su hogar a una alimaña. Mujer estúpida… No es más que una ignorante y una paleta. Por supuesto, conviviendo con semejante espécimen de ser humano, ¿qué podía devenirle al pobre gato?

En el fondo no es más que una criatura desamparada que, un día, fue un gatito, un minino cariñoso y juguetón. Con un pelaje negro brillante, tan suave como la seda, que darían ganas de estarle acariciando constantemente. Una pequeña cría separada de su madre tempranamente para poder ser vendida en una tienda de animales explotando su encanto de bebé. Llegado el momento apropiado, una familia, sin duda con niños, lo comprarían llenos de ilusión.

Lo llevarían a casa, le pondrían un lazo de color azul alrededor del cuello. Le darían un ovillo de lana para jugar y un cascabel. Dejarían que les mordiese el dedo y que les clavase sus pequeñas uñitas en la mano, porque no harían daño. Su morrito curioso les haría cosquillas en la oreja mientras durmiesen y con un gesto involuntario, acudirían a acariciarle la barriguita peluda. Disfrutarían de sus ronroneos, de cómo se frotaba contra las piernas, de cómo mordía los zapatos y arañaba los muebles. Lo alimentarían, lo cuidarían y lo querrían. Hasta un día. Después ya no. Después se cansarían, se aburrirían de él. Dejarían de quererlo. Es posible que se hiciera demasiado grande, que cada vez destrozase más los muebles, la ropa, los jarrones decorativos que tiraría al suelo. Sus uñas arañarían de verdad y, ¡Dios no lo quiera, podría saltar sobre alguno de los niños y morderlo! Sí, de una adorable mascota habría pasado a ser un animal salvaje, peligroso. Una amenaza en el hogar, que no podía ser tolerada.

Y así el gato, el desdichado gato, sin saber por qué, sin haber hecho nada malo, sin ser consciente de lo que implica tener una familia, sería abandonado, en la calle.

Allí descubriría un nuevo mundo terrible y cruel. Donde todo son dificultades, donde no encuentras más que deshechos para llevarte a la boca, donde todos son tus adversarios, todos buscan pelea y al final, solo estás tú para lamerte las heridas. Allí perdería la punta de su rabo y el extremo de su oreja izquierda. Allí quedaría tullido de una pata. Allí aprendería lo que es la soledad y que nadie te quiera, que a nadie le importes.

En realidad esos ojos rasgados, a través del cristal de la ventana de mi habitación, lo único que gritan es auxilio, ayuda. Y su lomo surcado de cicatrices no es más que un cuadro de todas las penurias sufridas. Pobre animal. Pobre ser vivo. Ahora quisiera levantarme y acariciarle, demostrarle mi cariño, reconfortarle un poco con mi presencia. Pero se ha ido.

Se ha ido tras esa vieja chismosa y entrometida. No es más que una cotilla que tras no haber trabajado de verdad en su vida se dedica a molestar a los demás, a malmeter entre los vecinos.

Cada vez que la he oído hablar no ha sido más que para soltar mentiras por esa boca de víbora que tiene. Cuando me la encuentro por la escalera y me sonríe, arqueando los labios pintados en una mueca grotesca, falsa, deshonesta, no puedo evitar sentir las náuseas hirviendo en mi estómago. Su apariencia es tan repulsiva que me cuesta mirarla a los ojos; unos ojos pequeños, maliciosos, escrutadores, que andan a la caza de la imperfección, del error, de la equivocación, para luego poder clamarlos a los siete vientos y reírse a su costa.

Su afectación es tal, en cada gesto que hace, en cada frase que dice, que parece que estuviera representando un papel secundario, intentando que se semejase al protagonista. Sus manos grasientas y sucias, su ropa de treintañera cuando sobrepasa los cincuenta, su pelo teñido de zanahoria porque es demasiado tacaña como para ir a la peluquería y le pide a una hermana que se lo haga. Las uñas larguísimas, pintadas de los colores más estrambóticos, la excesiva sucesión de cadenas de santos y vírgenes adosadas al cuello como una correa. Y esa verruga… esa verruga enorme, gigantesca, marrón, que sobresale junto a su labio superior y que está coronada justo en su mismo centro por un pelo negro tieso.

Estoy convencido de que esa verruga es el centro de poder de toda su maldad. Debería extirpársela, como si se tratara de un tumor maligno. Ahora mismo. No debo esperar más. Cuanto antes libre al mundo de ese ser, mejor.

Así pues me levanto, abandono la infructífera pluma y como un torbellino desatado, abro la puerta de mi casa y cruzo los escasos metros que separan mi puerta de la de la temible gorgona. Miro decidido la madera; dudo entre si aporrearla hasta que me abra o intentar derribarla de una patada. No sé que haré una vez esté en el interior pero ni siquiera me lo planteo. No es momento de pensar sino de actuar. Actuar, actuar, actuar. Pero de repente, justo cuando tengo mi brazo flexionado, en el ángulo perfecto para descargar mi puño contra esa última frontera, escucho algo, un rumor que viene desde dentro y no parece que provenga de ningún aparato electrónico. Escucho con mayor atención, pegando mi oreja a la madera. En seguida lo descubro y me espanto: son sollozos. Está llorando. Ella, la bruja, la arpía, está llorando. ¿Por qué! ¿Por qué está llorando!

Todos mis planes de actuación de desintegran en un segundo. No soporto las lágrimas. No soporto ver a la gente llorar, ni siquiera en las películas. Todo ese….proceso, me asquea. Los ojos hinchados, las narices mocosas, goteantes, los gemidos, los balbuceos, los gimoteos, las palabras sin sentido, los pañuelos llenos de sustancias verdosas y pringosas…. No puedo entrar ahí. Es más, debería desaparecer ahora mismo antes de que por algún poder extrasensorial me detecte al otro lado de la puerta y la abra, porque entonces, me encontraré frente a ella y..., y..., ¡no puedo enfrentarme a eso!

Retrocedo siguiendo los pasos decididos que marqué antes, ahora con un sentimiento rallante en el pánico irracional. Cruzo de nuevo el umbral de mi casa, vencido y derrotado, me dirijo a mi habitación, cierro la puerta tras de mí y me siento como si nada hubiera sucedido ante mi mesa de trabajo. Noto que las manos me tiemblan levemente. No puedo quitarme de la cabeza esos sollozos. Y pensar que esa persona abatida se encuentra justo al otro lado de mi pared…

Pobre mujer. Ahora lo único que me inspira es compasión. No es más que un desdichado ser patético e incomprendido. ¿Qué derecho tengo yo a juzgarla? Quizá su personalidad actual no sea más que el resultado de años y años de aislamiento social, de vacío, de soledad. A fin de cuentas. ¿Quién es ella? Sé que se llama Ana Rosa, Ana Rosa Panadero. Lo sé por su buzón. Panadero. ¿Qué puede esperarle a una niña pequeña que se apellida así en colegio?

Seguro que de pequeña era una niña encantadora, probablemente un poco comilona, a la que le encantaban las gominolas y por eso siempre estuvo algo rechonchita. Tendría una cara redonda, redonda como un queso. Con unos carrillos carnosos ideales para los pellizcos de las abuelas y las señoras mayores. Se vestiría un poco estrafalariamente, porque siempre heredaría de su hermana mayor la ropa, dada de sí y con agujeros de anteriores caídas y peleas.

Sería una niña muy sensible, un poco ñoña, de ésas que lloran por cualquier cosa y siempre se están chivando, pero a la que le encantan los animales y no soporta ver cómo los niños torturan a los insectos o tiran piedras a los perros. Los primeros días iría a clase aferrada a su muñeco preferido, no queriendo soltarse de él hasta que viera de nuevo a su madre. Una niña tímida, algo patosa, a la que no se le dan bien los deportes y por ello, sufriría las burlas de sus compañeros. Probablemente no formó parte de un grupo de niñas. O si lo hizo, fue solo porque ellas la aceptaron para sentirse superiores a ella. Al crecer, su timidez y su introversión irían creciendo a causa de la inaceptación de sus compañeros de clase y de su baja autoestima. No despuntaría en ningún campo en particular, y ella lo preferiría así para no llamar la atención. Los años de instituto pasarían por ser una sucesión de días vacíos e insulsos, en los que su máximo empeño resultaría no ser torturada por ningún niñato cruel, o por la más popular de la clase. Aprendería a acumular resentimiento y odio contra el mundo, que no la ayudaba y que permitía que ella sufriese de esa manera. Su familia sería el único apoyo constante pero aún así insuficiente a la hora de compensarla por todos los malos ratos pasados.

Su crecimiento físico y emocional continuarían avanzando, no así el intelectual, me atrevo a asegurar. Ser un marginado no es fácil, y ser un marginado poco avispado menos aún. ¿Qué futuro podría haber para ella? Estaría destinada a ser una fracasada y los fracasados no tienen cabida en nuestro mundo. Su camino sería arduo y difícil. Al terminar el instituto entraría a trabajar a una tienda de algún tipo, tal vez de ropa. O tal vez en la pastelería de su familia. O en un estanco. Allí donde fuere, conocería, para su desgracia, al hombre que le rompería por primera vez el corazón.

Un hombre más mayor que ella pero todavía joven, de esos que se las dan de machos cuando en realidad lo único que guardan en su interior es una inseguridad pueril y una dependencia digna de Edipo hacia su madre. Este gallo expulsado del corral entraría haciendo gala de un poder sensual inexistente y de un caché y estilo cuanto menos, cuestionables. Vería en ella una presa vulnerable y fácil de conseguir; con unas pocas palabras amables que se encuentran en cualquier manual básico de seducción, conseguiría empezar a salir con ella. Poco a poco la iría camelando como se enrolla el algodón dulce en un palito. Hasta que finalmente cuando la joven e inocente Ana Rosa hubiese dejado caer todas sus paupérrimas defensas, se abalanzaría sobre ella, exprimiéndola el alma y el cuerpo hasta que no quedase nada de valor. Una vez logrado el objetivo original, se desharía de ella. Puede que con hermosas palabritas escritas en una carta, a estilo novelesco. Puede que directamente no hubiese despedida y que un día ella se encontrase con un silencio de respuesta y una ausencia de compañero. Más realista.

Pasaría semanas llorando (horror), días y noches enteros. Sin parar. Desolada, sintiéndose el ser más desgraciado de la tierra, abandonada toda esperanza de alcanzar la felicidad, atisbada por un momento. Y para qué continuar con este calvario. Decepción tras decepción, desgracia tras desgracia, tristeza tras tristeza. Hasta que finalmente, lo único que le queda es un gato repudiado como ella, y un vecino neurótico, mentalmente insano, con trastorno de personalidad y aires de esquizofrenia. Un genio, eso sí, una mente brillante y sin parangón en su tiempo… un genio que no obstante no sabe escribir. Porque esto no es escribir, amigo mío, esto es desvariar.

¿Conoces la sensación que te embarga cuando estás a punto de cometer una locura? ¿Una acción extraña, fuera de lo común que no tiene ningún sentido y de la que probablemente no sacarás provecho alguno? Sí, la conoces. Si no fueras del tipo de personas que la sienten de vez en cuando no estaríamos hablando ahora. Pues bien, yo la estoy sintiendo ahora. Sí, voy a hacer una locura. ¿Sabes cuál? ¡Já! Pues no te la pienso decir.

Bueno de acuerdo, te la diré, pero sólo porque siento que tenemos una gran afinidad. Voy a dejar caer la pluma sobre la mesa de nuevo, voy a abandonar mi sancta santórum y voy a hacer una visita a Ana Rosa y a su gato. Continuaremos nuestra conversación más adelante.

Por si no regreso con vida: quiero que me entierren como a los faraones egipcios y que mis órganos vitales sean repartidos con equidad entre mis familiares. A ver si así consigo transmitirles un poco de juicio, aunque sea desde ultratumba.

jueves, 28 de abril de 2011

El túnel que conduce al fondo de tus ojos...




El túnel que conduce al fondo de tus ojos
Sabe cálido y profundo
Como un beso bajo el agua
Como tu pelo en la almohada.

El túnel que conduce al fondo de tus ojos
Huele gélido y suave
Como una lágrima que se resbala
Como la nieve en la montaña.

Es el misterio de lo desconocido
De la naturaleza salvaje
Del sueño prohibido.

Es un laberinto de espinas
Que sanan haciendo sangrar,
El mejor de mis errores
La misma tortura día tras día,
Allí habitan los temores
Que de noche me hacen temblar.

Mil veces me ha atrapado,
Otras tantas me ha dejado marchar.

Y cada vez que caigo al suelo,
Los veo, a tus ojos, a lo lejos
Y me digo que todavía no…
Que todavía no estoy muerto.

viernes, 1 de abril de 2011

¡Y otro más!

¡Alá es grande!

KALBUM DAHABIN- Pero hombre, no se ponga así…

EL CRIADO- ¡Perdido! ¡Perdido! ¡Perdido!

KALBUM DAHABIN- Está viéndolo por el lado negro…

EL CRIADO- ¿Y qué otra forma hay de verlo? ¿Acaso se puede escapar de la Muerte? ¿Acaso no fui un iluso? ¿Acaso no fui un estúpido?

KALBUM DAHABIN -Acaso sí, pero…

EL CRIADO- ¡Ay! ¡Ayyyyy! ¡Perdido! ¡Perdido! Me encontrará, se abalanzará sobre mí en la oscuridad sin que pueda presentirlo, y sólo cuando oiga su gélida voz y note su aliento de hielo en la nuca, me daré cuenta, pero entonces, ¡será ya demasiado tarde! ¡Oh! ¡Perdido! ¡Perdido!

KALBUM DAHABIN -¡¿Quiere dejarlo ya?! ¡Me está poniendo nervioso!

(EL CRIADO se calla, pero le ha entrado hipo de tanto lloriquear).

KALBUM DAHABIN -Mire, tal vez podamos hacer algo…

EL CRIADO- (hipando) ¿De veras?

KALBUM DAHABIN -Sí. No es imposible burlar a la Muerte; hay quien ya lo ha conseguido anteriormente.

EL CRIADO- (con cara de sorpresa) ¿En serio? ¿No me está mintiendo? –hip-, ¿Hay quien ha podido escapar de ella? –hip.

KALBUM DAHABIN- Sí. Pero se necesita ser astuto, muy astuto. ¡Como un viejo zorro!

EL CRIADO- (lamentándose) Yo soy tan astuto como una cabra chocha, -hip.

KALBUM DAHABIN -Desde luego muy listo no has sido viniendo hasta aquí. ¿Pensaste que podrías darle esquinazo desplazándote sencillamente un par de miles de kilómetros?

EL CRIADO- ¡hip! Pues… ¿si?

KALBUM DAHABIN -¡Menuda tontería! ¿Es que no sabes que la muerte puede viajar miles y miles de kilómetros sólo con un parpadeo?

EL CRIADO- Sabía que era muy rápida, -hip. ¡Pero no tanto!

KALBUM DAHABIN -Ay, ay, ay (suspira). El caso es que… (EL CRIADO le interrumpe hipando).

EL CRIADO- ¡hip!

KALBUM DAHABIN- (se aclara la garganta) El caso es que… (el hipo de EL CRIADO le interrumpe de nuevo).

EL CRIADO- (más fuerte esta vez) ¡HIP! ¡HIP!

KALBUM DAHABIN - (realmente enfadado, gritando) ¡QUIERES DEJAR YA DE HIPAR!

(EL CRIADO enmudece súbitamente, pálido como la cera).

KALBUM DAHABIN- Bueno, a ver si así puedo pensar… ¡Ajá! ¡Ya está!

EL CRIADO- (sonríe, como un niño. Alegre) ¿Ya está?

KALBUM DAHABIN- (evidentemente pagado de sí mismo) Sí, ya está. Lo tengo: te cambiaremos. Te cambiaremos totalmente, de arriba abajo, de pies a cabeza, de lado a lado, desde la punta de la uña de tu dedo gordo del pie hasta el último pelo de tu peluda cabeza. ¡Nadie podrá reconocerte! ¡Ni la Muerte, ni la mismísima madre que te parió!

EL CRIADO- (confundido al principio, su rostro va pasando gradual y lentamente, del más absoluto desconcierto, a una explosiva exaltación). ¡Oh noble hombre! ¡Es una maravillosa idea! ¿Cómo podré agradecéroslo? ¡Os debo la vida!

KALBUM DAHABIN- Bueno, bueno, no te precipites. Aún no ha funcionado puesto que ni siquiera la hemos puesto en práctica.

(EL CRIADO refleja ahora consternación, su alegría se ha esfumado tan rápidamente como llegó).

KALBUM DAHABIN- (precipitadamente) ¡Pero no te preocupes! (excesivamente amable para intentar subsanar su error). ¡Funcionará! ¡Estoy seguro!

EL CRIADO- (escéptico, irónico) ¿Ah si? ¿Y eso como lo sabe, si aún ni siquiera la hemos puesto en práctica?

KALBUM DAHABIN- Pues porque yo soy… (pausa dramática) ¡KALBUM DAHABIN!

EL CRIADO- Tanto gusto.

KALBUM DAHABIN- (con voz potente, declamando, con aires de profeta) y KALBUM DAHABIN…

EL CRIADO- Tanto gusto de nuevo.

KALBUM DAHABIN- …siempre encuentra (abriendo los brazos en un gran, gran gesto) ¡EL CAMINO!

(EL CRIADO aplaude, impresionado por la actuación).

KALBUM DAHABIN- Bien, sígueme, ¡debemos darnos prisa!

EL CRIADO- Sí, sí. Como usted mande.

(Ambos entran en la casa de KALBUM DAHABIN. El CRIADO sigue a su anfitrión por toda la casa hasta una pequeña habitación, situada en la parte trasera, y que da a un recogido jardín. Por una pequeña ventana cuadrada entran las primeras luces rosadas del amanecer, dándole a la estancia un extraño halo de sobrenaturalidad. La habitación, casi minúscula, está dotada de un hogar, en el que aún humean las brasas de la noche, un catre de aspecto confortable, una mesa de trabajo y un montón de estanterías atiborradas que contribuyen a empequeñecer el poco espacio sobrante. La sensación debe de ser de “El Camarote de los Hermanos Marx”, pero a la oriental. Las baldas estarán llenas, repletas hasta los topes de tarros: tarros grandes, tarros pequeños, tarros medianos; y frascos: frascos medianos, frascos pequeños, frascos grandes; y botes: botes pequeños, botes grandes… ).

(KALBUM DAHABIN y EL CRIADO hacen su aparición en escena. KALBUM DAHABIN marcha delante, con decisión. EL CRIADO le sigue y curioso, mira todo a su alrededor. Entran en la habitación uno detrás del otro, aunque como se comprobará, apenas caben los dos, por lo que moverse les resultará peculiarmente difícil; siempre se estorbarán entre ellos.).

EL CRIADO- (muy asombrado y un poco asustado) ¡Vaaaayaaaa! ¿Es usted brujo?

KALBUM DAHABIN- (ofendido) ¡Brujo! ¡Habrase visto! ¡Brujo! ¡Pero qué dices! (más calmado) Yo soy sanador, ¡científico! Ayudo a las personas, como a ti ahora, por ejemplo.

EL CRIADO- (igual de asombrado pero menos asustado) ¿Y usted…ha leído todos estos libros?

KALBUM DAHABIN- En efecto. Algunos incluso, los he escrito yo mismo.

EL CRIADO- ¡Vaaayaaa! (admirándose) ¡Debe de ser usted un hombre realmente sabio!

KALBUM DAHABIN- (hinchado como un pavo). Pues sí, bastante. Ciertamente, ciertamente. Pero no hablemos de mí; ¡lo prioritario ahora es encontrarte un disfraz!

EL CRIADO- ¿Guarda usted los disfraces aquí?

(KALBUM DAHABIN sin dar síntomas de haberlo oído, comienza a revolver frenéticamente por las estanterías).

KALBUM DAHABIN- Veamos, veamos… sé que lo puse por aquí… hum… (mascullando por lo bajo). Esa mujer debe de haber estado revoloteando entre mis cosas otra vez. ¡Estas mujeres siempre igual, no pueden estarse quietas! ¡Qué manía con limpiarlo todo! … ¡Ajá! (triunfante) ¡Aquí está!

EL CRIADO- ¿Ha encontrado el disfraz?

KALBUM DAHABIN- Mucho mejor que eso.

(KALBUM DAHABIN extrayendo con cuidado un diminuto frasquito de vidrio azulado, se aproxima a la lumbre).

KALBUM DAHABIN- (a EL CRIADO) Ven, ¡venvenven!

EL CRIADO- ¡Voyvoyvoy!

KALBUM DAHABIN- ¡Ajá! (acercándose a un caldero que se sostenía sobre un trébede, al calor de las ascuas. Con extremo cuidado, casi con delicadeza, esparce tres gotitas del frasquito dentro). Ahora (mirando a EL CRIADO), necesitamos té.

EL CRIADO- ¿Té? ¿Té, señor? Creía que teníamos prisa…

KALBUM DAHABIN- Amigo mío, en este mundo nada que se espera que funcione puede funcionar sin un buen té. (Acercándose al quicio de la puerta) ¡Fátima! ¡Fáaaaatima! (gritando cada vez más) ¡Fáaaaaaatimaaaaa! ¿Es que no oye usted?

VOZ DE FÁTIMA, (lejana)- ¡Le oigo! ¡Le oigo! ¿Se puede saber qué quiere? ¡Aún no ha cantado el gallo!

KALBUM DAHABIN- ¡Baje y tráigame un té enseguida!

VOZ DE FÁTIMA- ¿Un té? ¿Es que no puede esperarse a la hora del desayuno?

KALBUM DAHABIN- ¿¡Es que va a discutirme!? ¡Le he dicho que me traiga un té! ¡Y punto!

VOZ DE FÁTIMA- ¿Y cómo lo quiere el té, el señor? ¿Con limón? ¿Con canela? ¿Con leche de cabra?

KALBUM DAHABIN- ¡Usted ya sabe cómo! Y ahora, no me entretenga, ¡Esto es una cuestión de vida o muerte! ¿Es que no se da cuenta?

VOZ DE FÁTIMA- Claro, claro… ¡Siempre es una cuestión de vida o muerte!

KALBUM DAHABIN- (volviendo dentro de la habitación) Bien, ¿Por dónde íbamos? (mira a EL CRIADO, que al mentar la Muerte se ha vuelto a quedar lívido). ¡Ah sí! Ahora necesitamos… ¡un pelo!

EL CRIADO- (arrancándose uno). ¡Aught! Tome…

KALBUM DAHABIN- No hombre no, tuyo no.

EL CRIADO- Jo, podría haberlo dicho antes…

KALBUM DAHABIN- Tiene que ser el pelo adecuado… la cuestión es: ¿Dónde encontrarlo?

EL CRIADO- ¿En la barbería?

KALBUM DAHABIN- (sin prestarle atención) a ver, a ver… (Dirige su mirada por toda la sala, escrutándola). ¡Ajá! (rápidamente se dirige hacia una percha de madera y coge en sus manos una chaqueta raída, vieja y sucia). ¡Esto es perfecto! (con cuidado, pellizca un pelo de la tela y con un espaviento, lo lanza dentro del caldero, que empieza a borbotear). ¡Ahora sólo nos falta un té!

FÁTIMA- (entrando en escena). ¡Ya está aquí el dichoso té!

KALBUM DAHABIN- ¡Ah! (meloso). ¡Fátima querida! ¡Tú tan oportuna como siempre! ¡Eres tan adorable como un pastelillo de miel y almendras!

FÁTIMA- (notablemente halagada) Ya, ya… Eso lo dice por decir…

KALBUM DAHABIN- De ninguna manera; lo digo porque así lo pienso, y porque lo pienso así es. Es usted tan dulce como un postre de melocotón y merengue, como un batido de leche de coco y canela, como un trocito de turrón…

EL CRIADO- Me está entrando hambre (las tripas de EL CRIADO rugen).

FÁTIMA- (sonrojada hasta la punta de las orejitas) Ya, ya…

KALBUM DAHABIN- Pero efectivamente como me acaba de recordar mi nuevo buen amigo, no es momento de pensar en comida. Por favor querida, si tuvieras la amabilidad de dejarnos…

FÁTIMA- Sí, sí… (servicial, inicia su desaparición de escena) por supuesto… ya me voy, les dejo solos a los señores, que tienen cosas importantes que hacer, ¿verdad? ¡Una cuestión de vida o muerte! Y tú aquí Fátima, estorbando; discúlpenme por haberlos molestado, no sé cómo lo hago, ¡siempre estoy en medio!

(A causa del reducido espacio se inicia una especie de movimiento de tetrix: EL CRIADO se mueve a la derecha, para que KALBUM DAHABIN pueda desplazarse hacia la izquierda y así FÁTIMA salga por el hueco de delante, pero entonces EL CRIADO se mueve de nuevo, lo que obliga a FÁTIMA a moverse en diagonal en vez de hacia delante, con lo que KALBUM DAHABIN tiene que desplazarse nuevamente, en esta ocasión dando un salto hacia atrás justo a tiempo para que FÁTIMA no le pise, pero al caer de nuevo se desequilibra y EL CRIADO, viendo la que se le viene encima hace una doble pirueta en vertical esquivando el cuerpo de KALBUM DAHABIN, que cae pesadamente sobre el jergón. Así, con KALBUM DAHABIN fuera de juego, FÁTIMA consigue por fin salir de la habitación).

KALBUM DAHABIN- (sentado sobre el jergón) Bien…eso ha sido… ¡divertido! ¡jajá! ¡Pero!

(súbitamente serio) Me temo que ni siquiera tenemos tiempo para distracciones. Veamos.

(acercándose a la bandejita de té). Cogemos esto… (sirviendo el té en un vaso), y ahora (aproximándose al caldero), será mejor que se cubra amigo.

(EL CRIADO se refugia en la última esquina de la habitación, tapándose la cara con los brazos, pero mirando por un ojo a través del hueco de sus extremidades).

KALBUM DAHABIN- Bien, ahora, con cuidado, con mucho cuidado… (vierte el té sobre el caldero, el cual, inmediatamente después, emite una explosión de humo blanco y lanza una llamarada hacia el cono de la chimenea).

¡BOOOM!

EL CRIADO- ¡AAAAAAAH!

(Cuando el humo se disipa, se hace visible KALBUM DAHABIN, que aparentemente no ha sufrido daño alguno, salvo por el hecho de estar blanco como la cal y muy, muy ahumado).

EL CRIADO-¡ Kalbum Dahabin! (jadeando) ¿Está usted bien?

….

EL CRIADO-¡Kalbum Dahabin! ¡Conteste por favor!

KALBUM DAHABIN- (volviendo en sí) ¿Eh? ¡Ah! Vaya, yo diría que la operación ha sido un éxito, ¿no? Quiero decir, no ha muerto nadie ¿verdad?

EL CRIADO- No…todavía no….

KALBUM DAHABIN- ¡Fantástico! Bien, procuremos que siga siendo así (le guiña un ojo a EL CRIADO). Toma (le tiende otro vaso).

(EL CRIADO, temeroso, no se decide a moverse.)

KALBUM DAHABIN- Venga hombre, ¡que no tenemos todo el día! (señalando al caldero) ¡Sírvete!

(EL CRIADO se mueve medio paso).

KALBUM DAHABIN- (contrariado) ¡Pero bueno! ¿Qué ocurre ahora? ¿Es que te has echado atrás?

KALBUM DAHABIN- Hummm, creía que eras un hombre valiente…

EL CRIADO- ¿Sí?

KALBUM DAHABIN- Sí. Cuando te vi llegar a caballo a la ciudad, huyendo… me dije: mira, este chico sí que los tiene bien colocados.

ELC RIADO- ¿En serio?

KALBUM DAHABIN- Por supuesto. Por eso me decidí a ayudarte. Porque pensé: no puedo dejar a un muchacho tan valeroso a merced de la Muerte, ¡debo echarle una mano! Y aquí estoy, arriesgando mi propia vida, mi propia suerte, por salvarte. ¿Y tú me lo agradeces así? ¿Rindiéndote cuando ya estamos tan cerca de la victoria?

EL CRIADO- Yo….

KALBUM DAHABIN-¡Vamos! ¡Adelante! ¡Sé un hombre!

EL CRIADO- Yo…

KALBUM DAHABIN- ¡Yo sé que puedes! ¿Eres una gallina?

KALBUM DAHABIN- ¡Contesta! ¿Eres una gallina?

EL CRIADO- No.

KALBUM DAHABIN- No, ¿qué?

EL CRIADO- No soy una gallina.

KALBUM DAHABIN- ¿Cómo? No te oigo.

EL CRIADO- ¡No soy una gallina!

KALBUM DAHABIN- Sigo sin oírte…

EL CRIADO- ¡¡No soy una gallina!!

KALBUM DAHABIN- ¡Más fuerte!

EL CRIADO- ¡NO SOY UNA GALLINA!

KALBUM DAHABIN- ¡Exacto! ¡No eres una gallina! ¡Así que ahora vas a coger ese vaso en tu mano, vas a llenarlo hasta arriba de una sustancia desconocida y probablemente desagradable, y te lo vas a beber de un trago! ¿Está claro?

EL CRIADO- ¡SÍ!

KALBUM DAHABIN- ¿Qué vas a hacer?

EL CRIADO-¡Voy a coger ese vaso en mi mano, voy a llenarlo hasta arriba de una sustancia desconocida y probablemente desagradable, y me lo voy a beber de un trago!

KALBUM DAHABIN- ¡Muy bien! ¡Adelante campeón!

(Así, soltando un rugido cual león del desierto, EL CRIADO se abalanza ferozmente sobre KALBUM DAHABIN, arrancándole de un zarpazo el vaso de la mano. Luego lo sumerge con rabia en el caldero espumeante, llenándolo hasta arriba, y finalmente, tras emitir un grito de poder, se embulle el líquido en el esófago).

EL CRIADO- ¡Ah! (mira entorno a sí, luego mira el culo del vaso, vacío, luego de nuevo entorno a sí; parece distraído).

KALBUM DAHABIN- ¿Y bien? ¿Qué tal? ¿Cómo…cómo te sientes?

EL CRIADO- Bien. Sí, yo diría que bien. (Se pasa la lengua por los labios). ¿Sabe? No estaba tan mal…

KALBUM DAHABIN- ¿Y te sientes… diferente?

EL CRIADO- ¿Diferente? No. ¿Por qué?

KALBUM DAHABIN- No, no. No, nada.

KALBUM DAHABIN- O sea, que… ¿igual que siempre no?

EL CRIADO- Hum, sí, supongo que sí. Como siempre.

KALBUM DAHABIN- Ninguna… ¿novedad?

EL CRIADO- No que yo sepa.

(Al fondo, se oye que llaman a la puerta de la calle).

EL CRIADO- ¿Y usted? ¿Ve alguna diferencia?

(Vuelven a llamar a la puerta de la calle).

KALBUM DAHABIN- Sí, yo diría que…se te ve distinto.

EL CRIADO- ¿Distinto? ¿En qué sentido?

(La puerta de la calle se abre, y luego se cierra. Se escuchan voces que vienen de la entrada, una de ellas la de FÁTIMA).

KALBUM DAHABIN- Pues no sabría decirte; distinto.

El CRIADO- Entonces, ¿ha funcionado? ¿o no?

VOZ DE MUJER- ¡Ya le he dicho que no pienso esperar fuera! (furiosa) ¡Sé que está aquí!

(Hace su entrada en escena una mujer. Es joven y bastante hermosa. Viene con las ropas desordenadas y los cabellos revueltos bajo el pañuelo; parece que venga de boxear con alguien. Y sin duda, está muy airada).

MUJER- ¡Ajá! (triunfante, pero no por ello menos colérica). ¡Sabía que estarías aquí!

KALBUM DAHABIN- ¡Amina!

AMINA- ¡ Y TÚ! ¡Tú siempre encubriéndole! ¡Cómo si todavía fueseis unos niños!

FÁTIMA- ¡Señor! Señor lo siento, no he podido impedir que entrara. Esta loca casi me tira al suelo cuando he…

AMINA- ¿Loca? Sí, claro. ¡Loca! ¡Soy una loca! ¿Y todo por qué? ¡Por culpa de ese mal nacido! (señalando a EL CRIADO). ¡Oh! ¡Alá maldiga el día en que me casé contigo!

EL CRIADO- ¿Yo?

AMINA- ¿Quién si no? ¡Estoy harta! ¡Harta! ¿Me entiendes?

EL CRIADO- No del todo…

KALBUM DAHABIN. Amina, por favor…

AMINA- (a EL CRIADO) ¿Pero es que todavía tienes la desvergüenza de burlarte de mí? ¡Pues que sepas que eso sí que no lo pienso aguantar! He soportado pacientemente tus escapaditas nocturnas, que no vuelvas a casa hasta medio día, que te conozcan en todos los burdeles de Ispahán, ¡PERO SE ACABÓ! ¿ME OYES?

KALBUM DAHABIN- Amina, ten la bondad de escuchar un momento…

AMINA- ¡No! ¡No pienso oír ni escuchar una mentira más!

KALBUM DAHABIN- ¡Pero es que no es lo que tú te piensas!

AMINA- ¡AH! ¿CON QUE NO? ¿EH?

KALBUM DAHABIN- (Muy, pero que muy, muy intimidado). No.

AMINA- ¿ES QUE CREES QUE SOY UNA IDIOTA?

KALBUM DAHABIN- No.

AMINA- (a EL CRIADO) ¿Y tú, querido, crees que soy una idiota?

EL CRIADO- (temblando de pies a cabeza). No.

AMINA- ¡Bien! ¡Porque no lo soy! ¿Entendéis? ¡No soy ninguna idiota!

(Todos, incluida Fátima, niegan con la cabeza).

AMINA- ¡Bien! (recuperando un poco la compostura). Bien. Me alegro.

(Tras el arranque de rabia Amina parece no saber qué decir. Se hace un silencio incómodo).

FÁTIMA- Bueno, pues si ya está todo aclarado…

AMINA- Sí, desde luego, ya está todo clarísimo…

KALBUM DAHABIN- Pero…

AMINA- Será mejor que nos vayamos. (a KALBUM DAHABIN) Espero no haber molestado…

KALBUM DAHABIN- ¡Por favor Amina!, ¿cómo se te ocurre pensar tal cosa?

AMINA- Reconozco que a veces… tiendo a exaltarme.

KALBUM DAHABIN- De ninguna manera; lo que sucede es que eres una mujer apasionada.

FÁTIMA- (por lo bajo) Apasionada sí… ¡una loca!

AMINA- No sabes cuanto agradezco tu comprensión. (con retintín) Ojalá algunos fueran como tú (mirada envenenada a EL CRIADO).

(EL CRIADO, sin saber qué hacer, opta por sonreír estúpidamente).

AMINA- ¡Ay! (lamentándose. Ojos hacia el cielo) ¡Por qué a mi…?

KALBUM DAHABIN- (en tono de tierno reproche) Amina…

AMINA- Sí, sí, ya nos vamos. (a EL CRIADO) ¡Tú! Vamos, ¡andando!

EL CRIADO- ¿A dónde?

AMINA- ¡A casa! ¿O qué? ¿Todavía tienes ganas de fiesta?

EL CRIADO- (dubitativo) Eh…

KALBUM DAHABIN- Venga Kasib, no compliques más las cosas…

(AMINA agarra a EL CRIADO por la muñeca y lo arrastra fuera de la habitación, como si fuera un niño pequeño rebelde que se hubiera escapado de casa. Justo antes de desaparecer por el umbral de la puerta, EL CRIADO lanza una última mirada de auxilio a KALBUM DAHABIN, quien le responde alzando las manos, con las palmas hacia arriba, en gesto de “¿Yo que quieres que le haga? ¡Es tu mujer!”).

VOZ DE EL CRIADO- (en un grito agónico) ¡Kalbum Dahabin…!

KALBUM DAHABIN- (haciéndose eco ahuecando las manos junto a la boca, para que EL CRIADO le oiga) ¡Recuerda que eres un hombre valiente muchacho! ¡Valor!

(Tras esta última llamada, KALBUM DAHABIN y FÁTIMA quedan solos en escena. Sigue un pequeño silencio, que vendrá a interrumpir finalmente FÁTIMA).

FÁTIMA- ¿Quién era ese pobre inocente?

KALBUM DAHABIN- Pse… un criado que llegó de madrugada buscando escapar de la Muerte.

FÁTIMA- (sorprendida) ¿En serio?

(KALBUM DAHABIN asiente con la cabeza).

FÁTIMA- ¿Y le advertiste acerca de….?

KALBUM DAHABIN- ¿Acerca de qué?

FÁTIMA- De con quién lo estabas “casando”.

KALBUM DAHABIN- ¡Ah, eso! Bueno…digamos que no estaba exactamente previsto….

FÁTIMA- ¿Y el verdadero Kasib?

KALBUM DAHABIN- ¡Si lo supiera!

FÁTIMA- ¿Y cuánto dura el efecto?

KALBUM DAHABIN- Pse… el tiempo es un ente escurridizo, ponerle barreras intentado medirlo está fuera de nuestro alcance, simples mortales.

FÁTIMA- O sea, que no lo sabe…

KALBUM DAHABIN- (bufando). ¡Cómo te atreves! ¿Acaso olvidas quién soy yo? ¡Yo soy Kalbum Dahabin, y Kalbum Dahabin, lo sabe y conoce TODO!

(Finalmente, con gesto afectado, haciendo un gran aspaviento de genio incomprendido, KALBUM DAHABIN abandona majestuosamente el escenario).

FÁTIMA- ¡En el nombre de Alá! Locos, definitivamente, ¡están todos locos!

SE CIERRA EL TELÓN