personajes en orden de aparición:
-EL JUEZ(imparcial e inamovible)
-EL FISCAL(gordo y con tirantes)
-EL ABOGADO(gordo y con pantalones por los sobacos)
-DIOS(el cristiano, del amor, sabes)
-KALI, DIOSA DE LOS OCHO BRAZOS(azul y... con ocho brazos, ya sabes)
J-que empiece la sesión: ciudadanos furiosos contra banqueros y asociados S.L. Señor fiscal, empiece su acusación.
F-gracias, Señoría. Mis clientes están muy indignados con los acusados por su forma de monopolizar el poder del mundo, acaparar todo tipo de bienes materiales y su desprecio general por los que no pertenecen a su asociación.
A-protesto, Señoría, los actos enumerados no constituyen ningún delito.
J-denegada. Este es el tribunal de los dioses, no juzgamos lo que es legal según vuestras normas, sino según las nuestras.
A-entonces,¿por qué los abogados no son dioses también?
J-¡porque somos caprichosos y ridículos! y si sigue interrumpiendo abriremos un expediente contra usted, ¡denegada! ¡¡denegada!! (golpea furiosamente con el mazo) ¿algo que alegar?
A-pues sí. Es cierto que mis clientes esclavizan el mundo y lo someten cruelmente bajo su yugo, pero admitan que por lo menos son meticulosos: La mayoría de la gente no lo sabe o bien no le interesa, y viven en la feliz ignorancia.
F-¡protesto! ¡Eso significa que hay ocultación de la verdad, una mentira!
D-y eso es pecado, por lo tanto, ilegal
K-¡no según mi religión, capullo!
D-claaaro, crees que como tienes ocho brazos eres guay y puedes llevar la contraria siempre ¿no?¡te voy a enseñar la furia de Dios!
J-a ver, siguiente alegato ¡y ustedes, dejen de entablar guerras santas ya! (a DIOS y KALI, que ya dirigen sus ejércitos el uno contra el otro)
A-en segundo lugar, puede que mis clientes sean promotores directos o indirectos de todas (o de la mayoría de) las guerras entre especulación, venta de armas, dictados religiosos y cosas del estilo pero ¿no es menos cierto acaso, que de algo tienen que vivir la ONU, los soldados, y demás parafernalia?
F-¡protesto! ¡defienden la creción de puestos de trabajo mediante condiciones de vida inhumanas, completamente adversas, incluso la muerte en muchos de los casos!
J-denegada, también las fábricas de sellos y generalmente cualquier producto japonés...
K-(con naturalidad)además, yo tampoco veo del todo mal eso de la guerra...
D-(tratando de contenerse)se está rifando una y tú tienes todas las papeletas...
J-¡tranquilidad en el jurado! (golpeando furiosamente sobre la mesa) abogado, por favor, prosiga.
A-muy bien. para seguir, alguien tiene que especular con el precio de los diamantes y demás productos para crear pobreza y hambre
J-¿está usted seguro?
A-bueno, puede que no, pero... Alguien tiene que devorar bebés, y si no somos nosotros, ¿quién va a hacerlo? (el juez lo mira con cada vez mayor extrañeza)
K-(riéndose)tiene gracia que hables de eso, porque yo el otro día...
D-bueno, ¡basta ya! ¡esta vez te la ganas, prostituta azul multibrazos! (lanzándose furiosamente sobre ella) (se desata una batalla campal entre los dioses:Thor le parte la crisma a Poseidón con una silla, y Zeus empala a Buda mientras no mira. Acusados y acusadores, no saben dónde meterse)
J-(ajeno a su alrededor)declaro este juicio inconcluso. Como los dioses somos caprichosos, ridículos, y no me apetece pensar... decreto un Apocalipsis/Ragnarok/Kaliyuga/etc. y cuando la Humanidad se desarrolle de nuevo, ya veremos lo que pasa (dando tres martillazos). Siguiente caso: Jesucristo contra Burguer King
miércoles, 9 de diciembre de 2009
martes, 8 de diciembre de 2009
En defensa de...
Este miércoles 9 de diciembre, vamos a tomar postura por algo. Nos pondremos reivindicativos para defender lo que cada uno quiera. El caso es ser convincente, apasionado, radical, ¿un poco manipulador si fuera necesario? En prosa o en verso, ya sabéis.Como ejemplo, os daré mañana una defensa de los Reyes Magos que encontré navegando por internet (no es mía, por lo tanto). A ver qué os parece.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Aún... pero nunca.
Hacía tiempo que no la veía, que no sabía nada más de ella que su nombre, aquel que una vez coronó con belleza cada una de sus frases. Amelia. No acababa de entender por qué razón la vida acababa separando a las personas, como si transitaran un túnel cuyo suelo no pudiera evitar moverse y no pudieran tampoco, evitar dejarse llevar. No tenía recuerdos de ella, porque nunca dejó nada material o inmaterial que recordar. Ningún libro, ninguna carta, ningún CD, ningún video donde pudiera escucharla reír de nuevo, nada. Sin embargo, a pesar de los años y del peso inmarchitable del olvido, podía ver con claridad sus ojos verdosos y brillantes regurgitar pequeñas secuencias de luz, dentro de aquella habitación de sombras que era su memoria.
Aún guardaba su sabor a menta y su perfume de tinta sobre hojas de papel. Guardaba su eco de sonrisa y su mirada en los espejos. Guardaba su tacto de agua, como un dulce arroyo. Su voz caliente, tostada. Sus pies descalzos y su rastro de arena. Su luz y su mirada al pasar de una novela a otra… Ella siempre fue un esbozo inacabado, una sorpresa constante, una canción rock. Fue el cielo nocturno en sus noches de insomnio y el paliativo de toda enfermedad. Fue angustia y miedo, fue amor, sexo, deseo y comedia. Ella fue pauta y camino. Ella lo fue todo.
Lo fue todo para él.
Y aún así, la olvidó.
Porque él no fue un hombro ni un apoyo, no fue un amante ni su poeta enamorado, no fue ni valentía, ni arrojo. No fue embrujo, no fue su mano resguardada en su mano, ni su mundo, ni sus ojos. No fue verdad ni mentira, no fue un abrazo ni una buena historia. No fue hipocresía, no fue un beso, no fue su esencia a menta, ni su alegría. No fue un amigo, no fue ni siquiera un desconocido. Fue un habitante de su universo, un transeúnte enamorado de su magia, de su suspiro. Fue un reflejo de sí mismo.
Y los dos existieron protagonizando el mismo cuadro, la misma página, la misma palabra de un renglón, la misma canción, la misma secuencia corta o larga, el mismo aire y la misma lluvia. Tocaron la misma nota y la dejaron suavemente volar. Viajaron al mismo lugar, más o menos veloces. Miraron un mismo horizonte, pero nunca se tocaron. Nunca fueron uno, uno del otro. Dos.
Aún guardaba su sabor a menta y su perfume de tinta sobre hojas de papel. Guardaba su eco de sonrisa y su mirada en los espejos. Guardaba su tacto de agua, como un dulce arroyo. Su voz caliente, tostada. Sus pies descalzos y su rastro de arena. Su luz y su mirada al pasar de una novela a otra… Ella siempre fue un esbozo inacabado, una sorpresa constante, una canción rock. Fue el cielo nocturno en sus noches de insomnio y el paliativo de toda enfermedad. Fue angustia y miedo, fue amor, sexo, deseo y comedia. Ella fue pauta y camino. Ella lo fue todo.
Lo fue todo para él.
Y aún así, la olvidó.
Porque él no fue un hombro ni un apoyo, no fue un amante ni su poeta enamorado, no fue ni valentía, ni arrojo. No fue embrujo, no fue su mano resguardada en su mano, ni su mundo, ni sus ojos. No fue verdad ni mentira, no fue un abrazo ni una buena historia. No fue hipocresía, no fue un beso, no fue su esencia a menta, ni su alegría. No fue un amigo, no fue ni siquiera un desconocido. Fue un habitante de su universo, un transeúnte enamorado de su magia, de su suspiro. Fue un reflejo de sí mismo.
Y los dos existieron protagonizando el mismo cuadro, la misma página, la misma palabra de un renglón, la misma canción, la misma secuencia corta o larga, el mismo aire y la misma lluvia. Tocaron la misma nota y la dejaron suavemente volar. Viajaron al mismo lugar, más o menos veloces. Miraron un mismo horizonte, pero nunca se tocaron. Nunca fueron uno, uno del otro. Dos.
domingo, 6 de diciembre de 2009
...
Cuando nació los pájaros entonaron baladas y los planetas se volvieron locos. La luna era llena y el mar estaba en calma. La hierba la inundaba un leve rocío. Y sus sollozos al nacer se contrarrestaban con dos enormes sonrisas de sus padres.. Parecía las torcidas líneas y cubiertas de lágrimas de una carta de amor y tristeza de un soldado en la Segunda Guerra Mundial que nunca llegó a su destino.
Cada vez que sonreía mil palomas mensajeras se extraviaban, confundían sus mensajes escritos con mensajes radiofónicos. Cada vez que sonreía se producía un eclipse de sol, brotaba una semilla, resucitaba un hada. Aunque su carroza nunca fue una calabaza, ni sus zapatos fueron de cristal nunca quiso tocar una rueca, ni morder una manzana roja. Tal vez no fuera una princesa, tan solo un peón que se corono reina de corazones. Nunca conoció a su príncipe azul pero a lo mejor fue porque no lo necesitaba, se contentaba solo con que la quisieran, no era necesario el título nobiliario ni el color.
Se escondía entre arbustos, entre jarrones japoneses y flores de loto, entre hoy y mañana. Corría por el jardín radiante y feliz cuando nevaba. Si la daban cancha hablaba sin parar y tenía una facilidad especial para mantener en tensión a su público. Si hacer reír era una virtud, ella era todo un prodigio. Solía imaginar que viajaba a otros lugares, a otros países. Imaginaba los olores, los colores de las luces, los distintos idiomas y culturas acariciando sus oídos. La lluvia en Paris que mojaba sus pestañas mientras veía la Torre Eiffel desaparecer y aparecer en plena noche. El sofocante calor de agosto al pasear por una Roma reservada solo para ella. Soñaba con pisar el océano Pacifico viendo cómo las olas gigantes solo hacían el amago de llevársela consigo y caminar por Hollywood pensando que era Marilyn Monroe. Soñaba antes de dormir y mientras dormía. Y soñando se la paso la vida, como se consume una vela que no se ha apagado a tiempo, como una montaña se va gastando poco a poco por la erosión. Se la paso la vida sin apenas enterarse, no la dio tiempo a reaccionar ante el lento pero a la vez fugaz paso de los años. En el tiempo en que un enamorado tarda en suspirar a ella se le pasaron cuarenta y cinco años.
Un día se miró al espejo y en vez de encontrarse a esa chica de veinte años se vio de bruces contra el rostro de la vejez. No podía comprender qué había ocurrido, ayer mismo saltaba entre azoteas y confeccionaba atardeceres. Fue como si algo hiciera crack dentro de su cuerpo. Y una lágrima broto de sus ojos y calló por su mejilla, como si un torrente bajara por una montaña agrietada y seca. Solo fue una lágrima, pero una lágrima que condensaba una terrible tormenta, un mar embravecido y furioso, una catástrofe natural. El reflejo de lo que ocurría dentro de ella, en lo más profundo de su corazón. También tomo consciencia de todo lo que tenía alrededor. Como aquella película en la que alguien se acuesta y cuando se levanta tiene una vida totalmente distinta. Vio que era viuda, que tuvo hijos y estos la dieron nietos. Nietos que habían heredado de ella la magia de soñar y el don de la risa. Y abrazó su nueva vida, como el abrazo que se da a un amigo de la infancia al que hace años que no se ve, como una pareja se abrazaba mientras Pompeya se tapaba con un manto de cenizas. La atención que no pudo dar a sus hijos lo invirtió en sus nietos, les conto historias, les enseño todo lo que sabía, les crió como a ella la hubiera gustado ser criada. A sus hijos les mostró el amor que no pudo mostrarles. Ella lloraba a cada anochecer, viendo las fotos de su boda. No recordaba nada de eso, nada de su matrimonio. Solo se recordaba mirándose a un espejo, y más hacia atrás solo había niebla, hasta que volvía a encontrarse con la joven soñadora y feliz, que escribía poemas en las servilletas de los bares, y lanzaba besos a las flores.
Murió mientras dormía unos años más tarde, rodeada de sus hijos y de sus nietos. Ellos siempre la guardarían en su corazón. La herencia más importante que les dejó a todos es que debían tener cuidado con los sueños. Mejor centrarse en cumplirlos y no imaginar cómo sería haberlos cumplido, o te mantendrás en pause hasta darte cuenta de que te has perdido lo mejor de la vida. Y mañana siempre es demasiado tarde para arreglar las cosas y cumplir los sueños. Y mañana siempre es demasiado tarde para volver a hoy.
Cada vez que sonreía mil palomas mensajeras se extraviaban, confundían sus mensajes escritos con mensajes radiofónicos. Cada vez que sonreía se producía un eclipse de sol, brotaba una semilla, resucitaba un hada. Aunque su carroza nunca fue una calabaza, ni sus zapatos fueron de cristal nunca quiso tocar una rueca, ni morder una manzana roja. Tal vez no fuera una princesa, tan solo un peón que se corono reina de corazones. Nunca conoció a su príncipe azul pero a lo mejor fue porque no lo necesitaba, se contentaba solo con que la quisieran, no era necesario el título nobiliario ni el color.
Se escondía entre arbustos, entre jarrones japoneses y flores de loto, entre hoy y mañana. Corría por el jardín radiante y feliz cuando nevaba. Si la daban cancha hablaba sin parar y tenía una facilidad especial para mantener en tensión a su público. Si hacer reír era una virtud, ella era todo un prodigio. Solía imaginar que viajaba a otros lugares, a otros países. Imaginaba los olores, los colores de las luces, los distintos idiomas y culturas acariciando sus oídos. La lluvia en Paris que mojaba sus pestañas mientras veía la Torre Eiffel desaparecer y aparecer en plena noche. El sofocante calor de agosto al pasear por una Roma reservada solo para ella. Soñaba con pisar el océano Pacifico viendo cómo las olas gigantes solo hacían el amago de llevársela consigo y caminar por Hollywood pensando que era Marilyn Monroe. Soñaba antes de dormir y mientras dormía. Y soñando se la paso la vida, como se consume una vela que no se ha apagado a tiempo, como una montaña se va gastando poco a poco por la erosión. Se la paso la vida sin apenas enterarse, no la dio tiempo a reaccionar ante el lento pero a la vez fugaz paso de los años. En el tiempo en que un enamorado tarda en suspirar a ella se le pasaron cuarenta y cinco años.
Un día se miró al espejo y en vez de encontrarse a esa chica de veinte años se vio de bruces contra el rostro de la vejez. No podía comprender qué había ocurrido, ayer mismo saltaba entre azoteas y confeccionaba atardeceres. Fue como si algo hiciera crack dentro de su cuerpo. Y una lágrima broto de sus ojos y calló por su mejilla, como si un torrente bajara por una montaña agrietada y seca. Solo fue una lágrima, pero una lágrima que condensaba una terrible tormenta, un mar embravecido y furioso, una catástrofe natural. El reflejo de lo que ocurría dentro de ella, en lo más profundo de su corazón. También tomo consciencia de todo lo que tenía alrededor. Como aquella película en la que alguien se acuesta y cuando se levanta tiene una vida totalmente distinta. Vio que era viuda, que tuvo hijos y estos la dieron nietos. Nietos que habían heredado de ella la magia de soñar y el don de la risa. Y abrazó su nueva vida, como el abrazo que se da a un amigo de la infancia al que hace años que no se ve, como una pareja se abrazaba mientras Pompeya se tapaba con un manto de cenizas. La atención que no pudo dar a sus hijos lo invirtió en sus nietos, les conto historias, les enseño todo lo que sabía, les crió como a ella la hubiera gustado ser criada. A sus hijos les mostró el amor que no pudo mostrarles. Ella lloraba a cada anochecer, viendo las fotos de su boda. No recordaba nada de eso, nada de su matrimonio. Solo se recordaba mirándose a un espejo, y más hacia atrás solo había niebla, hasta que volvía a encontrarse con la joven soñadora y feliz, que escribía poemas en las servilletas de los bares, y lanzaba besos a las flores.
Murió mientras dormía unos años más tarde, rodeada de sus hijos y de sus nietos. Ellos siempre la guardarían en su corazón. La herencia más importante que les dejó a todos es que debían tener cuidado con los sueños. Mejor centrarse en cumplirlos y no imaginar cómo sería haberlos cumplido, o te mantendrás en pause hasta darte cuenta de que te has perdido lo mejor de la vida. Y mañana siempre es demasiado tarde para arreglar las cosas y cumplir los sueños. Y mañana siempre es demasiado tarde para volver a hoy.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Participación en el V Congreso de Innovación Educativa
El pasado viernes 27 de noviembre, muchos de lo componentes de "El Hilo Azul" participamos en la presentación del Taller en el V Congreso de Innovación Educativa, organizado por Fundación Telefónica.http://mediateca.fundacion.telefonica.com/vod-publico3/show.asp?numero=000-vconinteducared-328
viernes, 4 de diciembre de 2009
Sinestesia
Me senté en el borde del tejado mientras las gotas de lluvia cantaban su suave melodía en mis pupilas; saboreé la insipidez del agua y escuché los colores de la transparencia del viento, que azotaba mi castillo de piedras grises y almenas enmarañadas de cables, como un reino de arañas de humo.
Pensé en la vida y en la muerte; en el aroma de la caída en un final absurdo y en la luz del puño estallando contra la roca.
-La vida son dos días- me dijo el destino.
-Nuestra cita ya está pactada -me recordó la muerte.
Al primer día esparcí los huesos del destino por las calles y al segundo aguardé a la muerte a la salida de un bar de copas e iluminé sus gritos de dolor con rojas luces de neón y saboreé el fin de su vida con mis nudillos.
Decidí marcharme con lo puesto, para no volver.Decidí no parar hasta conseguir la nada, hasta poder guardar los segundos en el bolsillo remendado del pantalón y no saber que habían existido las horas.
Aplasté la brújula contra mi frente para perder el rumbo y apagué todas las farolas mi paso para no ver jamás el camino de vuelta, asegurándome de que los cuervos se comían las migas de pan.
Me alimenté de los deseos del siguiente horizonte y me sacié con los amaneceres para no recordar jamás el sabor de la luz del sol.
Borré de mi mente el olor de los recuerdos, que traían canciones de días antiguos, de copas de luz que se beben entre el ruido de las sombras.
Encontré el desierto y decidí congelar el sabor de mis pasos en cada huella y así no ser olvidado por las dunas. Encontré el mar y caminé sobre las aguas y teñí el olor de la sal de sangre y cubrí el fondo marino con nubes rojas y púrpuras.
Anduve todos los pasos que se pueden andar en esta tierra: de las selvas a los polos y de los cielos al infierno.
Hablé con el mudo Centro de la Tierra y juntos narramos historias que ya habían ocurrido, que nunca llegarían a su fin o que jamás existieron; pero el silencio me ensordeció y decidí ascender.
La luna me ofreció su suave cuerda de rayos luminosos y chillones. Juntos compusimos canciones que olían a lo que nadie jamás a olido y las metimos en preciosos botes de cristal de colores para dar sabor a nuestras cenas a la vera de las estrellas y así poder palpar sus poemas; pero los olores abrasaron mi lengua y mi piel y decidí caer en el universo.
Allí lo vi todo, pues solo había la nada, allí desgasté mis zapatos contra el vacío, Allí reventé mis tímpanos con la sinfonía de las nebulosas. Allí quemé mis globos aculares intentando engullir toda la luz de la materia oscura, allí mi piel se quebró en pedazos intentando atrapar el límite de lo que existe y dejé de oler el macabro grito del BIG-BANG.
Allí mi destino me encontró junto a la muerte y estallé en polvo en una última y maravillosa carcajada.
Pensé en la vida y en la muerte; en el aroma de la caída en un final absurdo y en la luz del puño estallando contra la roca.
-La vida son dos días- me dijo el destino.
-Nuestra cita ya está pactada -me recordó la muerte.
Al primer día esparcí los huesos del destino por las calles y al segundo aguardé a la muerte a la salida de un bar de copas e iluminé sus gritos de dolor con rojas luces de neón y saboreé el fin de su vida con mis nudillos.
Decidí marcharme con lo puesto, para no volver.Decidí no parar hasta conseguir la nada, hasta poder guardar los segundos en el bolsillo remendado del pantalón y no saber que habían existido las horas.
Aplasté la brújula contra mi frente para perder el rumbo y apagué todas las farolas mi paso para no ver jamás el camino de vuelta, asegurándome de que los cuervos se comían las migas de pan.
Me alimenté de los deseos del siguiente horizonte y me sacié con los amaneceres para no recordar jamás el sabor de la luz del sol.
Borré de mi mente el olor de los recuerdos, que traían canciones de días antiguos, de copas de luz que se beben entre el ruido de las sombras.
Encontré el desierto y decidí congelar el sabor de mis pasos en cada huella y así no ser olvidado por las dunas. Encontré el mar y caminé sobre las aguas y teñí el olor de la sal de sangre y cubrí el fondo marino con nubes rojas y púrpuras.
Anduve todos los pasos que se pueden andar en esta tierra: de las selvas a los polos y de los cielos al infierno.
Hablé con el mudo Centro de la Tierra y juntos narramos historias que ya habían ocurrido, que nunca llegarían a su fin o que jamás existieron; pero el silencio me ensordeció y decidí ascender.
La luna me ofreció su suave cuerda de rayos luminosos y chillones. Juntos compusimos canciones que olían a lo que nadie jamás a olido y las metimos en preciosos botes de cristal de colores para dar sabor a nuestras cenas a la vera de las estrellas y así poder palpar sus poemas; pero los olores abrasaron mi lengua y mi piel y decidí caer en el universo.
Allí lo vi todo, pues solo había la nada, allí desgasté mis zapatos contra el vacío, Allí reventé mis tímpanos con la sinfonía de las nebulosas. Allí quemé mis globos aculares intentando engullir toda la luz de la materia oscura, allí mi piel se quebró en pedazos intentando atrapar el límite de lo que existe y dejé de oler el macabro grito del BIG-BANG.
Allí mi destino me encontró junto a la muerte y estallé en polvo en una última y maravillosa carcajada.
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Dani R.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Sinestesias y otras palabras.
La primera vez que oí la palabra sinestesia fue en una clase, pero no de lengua. Fue en mi primera clase de dibujo técnico, cuando la profesora, nada más entrar en el aula, se golpeó el pecho y, señalándonos, dijo:
-Os quiero, chicos.
Aquello ya anunciaba sus futuras y grandiosas idas de olla pero, por si fuera poco, al terminar de pasar lista, comentó:
-Ah, por cierto, a mí me pasa una cosa muy curiosa... Cometo sinestesias -y, ante nuestra cara de extrañeza, aclaró-. Sí, mira, por ejemplo a ti, Ana, te asocio con el azul; y a ti, Sergio, con el sabor a nuez moscada...
Desde entonces sé que estoy haciendo una sinestesia cuando pienso que esta caricia tiene el sabor amargo de una Novena Sinfonía desafinada; o cuando recuerdo el tacto ligero de tu voz sobre mis hombros desnudos en aquel primer te quiero; o al evocar el olor a lluvia de tus besos.
No es que sea extremadamente poética, ni que quiera realzar tus innumerables virtudes con palabras especiales; es que recluirte a un solo sentido sería como encarcelar al viento. Por eso no puedo decir que tu risa es estruendosa, cuando huele a hierba mojada, ni podría hablar de tus manos frías sin mencionar que están tocando una sonata en los trastes de mis dedos.
Si tuviera que explicar cómo hablas, diría que pintas tu aliento de colores impresionistas y, para aproximarme mínimamente a lo que sentí la única vez que te he visto llorar, debería usar palabras como cristales rotos o, quizás, describir los trazos desoladores de Munch.
Tengo práctica en describirte; lo he hecho muchas veces desde que entraste en mi vida, para que la gente entendiese, sin saber tu nombre, lo especial que eras. Desde el primer momento, te protegí como a un tesoro. No te presenté a nadie, no te hablé de nadie, no le dije a nadie quién eras. Quise creer que en el mundo estábamos tú y yo, y el resto de la gente.
Por eso ahora que te vas, que me voy, que nos vamos -pero en direcciones opuestas-, tu mirada no suena a sinfonía de orquesta, sino a sencilla melodía de guitarra. Porque igual que me conquistaste a ciegas y te quise a escondidas, me rompes el corazón sin que nadie lo sepa.
-Os quiero, chicos.
Aquello ya anunciaba sus futuras y grandiosas idas de olla pero, por si fuera poco, al terminar de pasar lista, comentó:
-Ah, por cierto, a mí me pasa una cosa muy curiosa... Cometo sinestesias -y, ante nuestra cara de extrañeza, aclaró-. Sí, mira, por ejemplo a ti, Ana, te asocio con el azul; y a ti, Sergio, con el sabor a nuez moscada...
Desde entonces sé que estoy haciendo una sinestesia cuando pienso que esta caricia tiene el sabor amargo de una Novena Sinfonía desafinada; o cuando recuerdo el tacto ligero de tu voz sobre mis hombros desnudos en aquel primer te quiero; o al evocar el olor a lluvia de tus besos.
No es que sea extremadamente poética, ni que quiera realzar tus innumerables virtudes con palabras especiales; es que recluirte a un solo sentido sería como encarcelar al viento. Por eso no puedo decir que tu risa es estruendosa, cuando huele a hierba mojada, ni podría hablar de tus manos frías sin mencionar que están tocando una sonata en los trastes de mis dedos.
Si tuviera que explicar cómo hablas, diría que pintas tu aliento de colores impresionistas y, para aproximarme mínimamente a lo que sentí la única vez que te he visto llorar, debería usar palabras como cristales rotos o, quizás, describir los trazos desoladores de Munch.
Tengo práctica en describirte; lo he hecho muchas veces desde que entraste en mi vida, para que la gente entendiese, sin saber tu nombre, lo especial que eras. Desde el primer momento, te protegí como a un tesoro. No te presenté a nadie, no te hablé de nadie, no le dije a nadie quién eras. Quise creer que en el mundo estábamos tú y yo, y el resto de la gente.
Por eso ahora que te vas, que me voy, que nos vamos -pero en direcciones opuestas-, tu mirada no suena a sinfonía de orquesta, sino a sencilla melodía de guitarra. Porque igual que me conquistaste a ciegas y te quise a escondidas, me rompes el corazón sin que nadie lo sepa.
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