domingo, 26 de junio de 2011

Tesoros azules

He encontrado esto en la Wikipedia …

“Tesoro

Tesoro (del latín thesaurus y este del griego θησαυρός) es una concentración de riqueza inmovilizada, especialmente la de metales preciosos, piedras preciosas, monedas, joyas, obras de arte o cualquier otro bien económico de escasez relativa. Su finalidad es servir de depósito de valor económico. La difusión pública de su existencia o su mantenimiento en secreto puede formar parte esencial de sus funciones, por un lado para servir de medio de ostentación y prestigio social (en cuyo caso es habitual la exageración y mitificación); o por el contrario, para asegurar la continuidad en la posesión de su propietario, que, en algunos casos, pueden experimentar un placer morboso en su contemplación, conservación y aumento (avaricia), lo que ha dado origen a un tópico literario.

...como el avaro que por el tesoro / el trabajar por gran deleite toma. Francesco Petrarca”

…y he pensado que, haciendo algunas modificaciones, lo podría usar para explicar a todos lo que suponéis para mí. Quedaría así, más o menos:

Tesoro (del latín thesaurus y este del griego θησαυρός) es una concentración de riqueza inmovilizada o no, especialmente la de corazones únicos, mentes preciosas, imaginación, esfuerzo, obras de arte reales o en potencia cualquier otro bien necesariamente no económico de escasez relativa. Su finalidad es servir de depósito de valor personal. La difusión pública de su existencia (hacemos lo que podemos) o su mantenimiento en secreto (nos comprometemos a sernos fieles) puede formar parte esencial de sus funciones, por un lado para servir de medio de ostentación y prestigio social (ya sabéis que la envidia es siempre peligrosa, pero inevitable); o por el contrario, para asegurar la continuidad en la posesión de su propietario (yo), que, en algunos casos, pueden experimentar un placer morboso en su contemplación, conservación y aumento (avaricia), lo que ha dado origen a un tópico literario.

...como el avaro que por el tesoro / el trabajar por gran deleite toma. Francesco Petrarca.


Me siento rica, elegida, comprometida, avara y muy, muy satisfecha de haber compartido con vosotros tantas cosas.

Muchísimas gracias a todos por estos años. Habéis sido, y sois, mi tesoro. Os quiero mucho.


martes, 21 de junio de 2011

¡¡¡¡Nos vemos el sábado 25!!!!

ATENCIÓN

QUE NADIE SE OLVIDE, QUE NADIE SE COMPROMETA A HACER OTRA COSA, QUE NADIE SE PONGA MALITO NI SE VAYA DE VACACIONES. ES LA DESPEDIDA DE CURSO.

lunes, 6 de junio de 2011

Los días de lluvia.

Las gotas repiqueteaban contra la ventana con un ritmo peculiar, que no era rápido ni lento sino todo lo contrario, arrullando sus pensamientos, ayudando a dormirlos. La tormenta caía mansamente sobre la ciudad ahí fuera y, ahí dentro, Alejandra apoyaba su cabeza contra el cristal y miraba cómo el agua ahogaba cada centímetro descubierto de la piel de la inmensa metrópoli. Observaba con una extraña calma cómo se empapaban los edificios y el asfalto, absorbiendo la lluvia como plantas sedientas, mientras las verdaderas plantas, ahítas del riego artificial, permanecían indiferentes. Seguía con los ojos a las diminutas personitas que corrían a cubierto; a dos adolescentes que capeaban el temporal con un beso, recreándose en la realización del tópico; a dos chicas que, paradas en medio de un paso de cebra, abrían los brazos y reían. Miraba con distancia, como si por un momento hubiese dejado de ser humana y todo pudiese resultarle ajeno.

Alejandra tenía muchos apellidos, apodos, aposiciones a su nombre que la sacaban un poco del anonimato de compartir nombre con otro medio millón de Alejandras. Alejandra era la de José y Matilde; la niña que se había ido demasiado pronto a la ciudad y había acabado estropeada, como todas las que se creían adultas antes de tiempo. Alejandra era el primer amor de Jorge, que aun la defendía cuando todas las viejas arpías murmuraban sus desgracias. Alejandra era la alumna preferida de don Ramón, un maestro de escuela de los formados en la República, de los que aun creían en la educación completa e integral de seres humanos, al margen de las notas y demás cifras.

Alejandra había sido la primera novia, y la primera vez, de Antonio. Toni. Toni, que no necesitaba más aclaraciones porque Toni sólo había uno, y todos sabían quién era ese uno y qué reputación le precedía. Por eso se había sorprendido tanto cuando él confesó que era la primera, y por eso todavía no se lo creía del todo.

Alejandra era la chiquita del séptimo, la que siempre tenía cara de estar triste aunque sonriese. La que siempre prestaba un huevo o una pizca de azúcar y, si tenía un poco de tiempo, te ayudaba a hacer el bizcocho. Alejandra era la que fregaba los andenes de la línea 6, la que sonreía a los pasajeros y les pedía con un “Apártame los pies un poquito, corazón” que la dejasen trabajar. Alejandra era una de las empleadas de limpieza que dejaban como una patena todas las tardes el colegio Virgen de Atocha, la que sonreía a todo el mundo pero no hablaba con nadie.

Alejandra era la que siempre llegaba un poquito tarde a recoger a su niño de cuatro años y se lo comía a besos en cuanto salía por la puerta. Alejandra era mamá, la que no le dejaba merendar guarrerías pero sí pintar en las paredes del cuarto.

Alejandra era muchas y muy variadas cosas, todas extenuantes y dignas de quitar la sonrisa a cualquiera. Alejandra era muchas cosas que se podían resumir en una sola noche de fiestas que tomó muchas decisiones, ninguna de ellas buena. Una sola noche de fiestas que se había prohibido recordar, porque al fin y al cabo el arrepentimiento no iba a hacer que saliese de aquella peña vacía, ni que se pusiese los pantalones, ni que le frenase en algún momento antes del “demasiado tarde”, ni que fuese avispada como para prevenir antes las consecuencias de aquella noche de fiestas, ni… Ni nada. Así que ni se acordaba, ni se arrepentía. Ya no.

Se limitaba a seguir adelante, siempre adelante, como había hecho los últimos cuatro años. En una rutina machacante de supervivencia, en la que intentaba cubrir las mínimas necesidades materiales de todos para poder mantener completamente satisfechas las necesidades del alma. Y es que, otra cosa no, pero en el pueblo se aprendía que a lo que está por dentro hay que cuidarlo mucho más que a lo que va por fuera. Eso les faltaba a muchos en la ciudad. Por eso tanta gente de su edad, a pesar de vivir con sus padres y estudiar y no tener ni idea de lo que era tener sueño, se permitían ir con cara de pocos amigos y arrastrando los pies de camino a la Universidad.

Alejandra había llegado a ser muchas cosas en muy poco tiempo. Por eso, cuando llovía, bajaba al niño a jugar con los vecinos y cerraba la puerta con llave, y se ponía un chándal viejo y se sentaba en el antepecho de la ventana. Y abrazándose las rodillas, dejaba que corriese el agua y el tiempo. Miraba las gotitas hacer carreras por el cristal, a las personas hacer carreras por las aceras. Y con cada segundo que se deslizaba hacia abajo, una identidad caía. Desaparecía el pueblo, Jorge, las viejas arpías, Toni, los dos trabajos, los horarios, el hacer de mamá, de papá, de hermanos y de amigos.

Alejandra veía llover y veía cómo lo que había sido antes de ser tantas cosas volvía a ella. Se desprendía de todos los accesorios y volvía a la esencia de las personas, que es lo que importaba. Saboreaba lentamente ese reencuentro consigo misma, el olor a viejo de los recuerdos y los antiguos sentimientos. Se volvía un pergamino viejo, raspado y vuelto a raspar para reutilizarlo, fino y frágil, complacido de su propia antigüedad. Y se dejaba disfrutar de su propia desgracia y recorrer con la yema del dedo todas sus cicatrices sólo cuando llovía.

A Alejandra le gustaban mucho los días de lluvia.

viernes, 3 de junio de 2011

Arder en la Flor en Llamas I

El nombre del bar estaba escrito con letra rápida y con luz de neón. Centelleando en la noche “Flor en llamas”. Era como un faro para las almas perdidas que querían perderse más aún entre bailarinas y algo más que alcohol. El aroma estaba cargado de humo, sudor y melancolía mucho antes de entrar dentro. Las paredes, igual que el techo y el suelo, estaban hechas de planchas de madera. Decoraba el local toda clase de matrículas de coche, una señal de prohibido, un cráneo de ciervo, fotografías de las mejores bailarinas, algunas firmadas. Los ventiladores que colgaban del techo no hacían sino mezclar los sueños rotos con el humo de los cigarros. Era extraño ver a hombres consumirse mientras otros deliraban. Y mucho más aún ver a hombres consumirse y de repente delirar y viceversa. En la barra, todos los taburetes rojos estaban ocupados por hombres que parecían derrumbados por un gran peso. Un peso que continuamente cargaban: deudas o una eterna soledad, una rutina opresora o demasiado exceso de realidad en sus vidas. Miraban con tristeza y ansia los vasos a medio vaciar como si en vez de vasos fueran espejos mágicos que les estuvieran revelando que así no solucionaban sus problemas. Apagados y medio borrachos, no hacían caso a ninguna palabra. Y es que según decía el barman las copas que servía tenían un hechizo. Dentro del vaso, en medio del alcohol podías observar lo que guardaras en el corazón. Maldición para algunos o bendición para otros. El caso es que unos veían dentro a una mujer secreta y consumían el contenido una y otra vez hasta quedarse sin blanca o perder el conocimiento. Otros se echaban a llorar o a reír sin parar de beber. Aún así, en el bar en cuestión encontrabas el peor whisky de la ciudad pero las mejores tentaciones. La adrenalina y la perdición era lo que más brotaba de este manantial oscuro y travieso. Hasta el viejo piano de cola emanaba magia y peligro.

El dinero desaparecía rápidamente de los clientes para pasar a las camareras. Y de estas a la caja registradora. Pero lo mejor de todo ocurría entrada la madrugada. Si todavía no habías enloquecido ese era el momento. Salía a escena la joya de la corona, la fruta prohibida, todos los problemas y muchos delitos. Se llamaba Ágata pero los asiduos la llamaban Satán. Decían que era capaz de volver loco con solo una mirada certera. Sus ojos azules parecían del mismo hielo que recubría su corazón. También decían que si te enamorabas de ella jamás volverías a amar a otra mujer. Y aquellos que caían a su hechizo se convertían en sus esclavos. Solo vivos por la esperanza de conseguir tocar su piel. Bailaba durante media hora. Muy despacio. Su vestido siempre era negro. Al terminar repasaba con la vista al público y regalaba una gran sonrisa. Temida y adorada por igual, los aplausos y vítores hacían temblar el edificio. Y sin embargo, al entrar o salir del escenario, el silencio inundaba el local. Ágata, las noches de Luna Llena cambiaba un poco su espectáculo. Lo hacía más salvaje. Envolviendo las almas de los presentes en el velo del instinto. Bailaba en un círculo de fuego. Nadie hablaba. Las antorchas que sujetaba en cada mano dibujaban los lazos con los que ataba el cerebro y el corazón de sus cautivos, de sus prisioneros, de sus vasallos. Luego iba a la barra y pedía “lo de siempre”. Su voz hacía pensar que te encontrabas delante de alguien que necesitaba toda tu ayuda y toda tu ternura. No había que fiarse. Nunca había que fiarse.

El barman servía tres chupitos con un contenido de color verde. Ella, uno a uno, se los bebía de un trago. Luego preguntaba en voz alta qué quién iba invitarla a la siguiente ronda. El barman sonreía viendo como los que no venían mucho por aquí se peleaban por gastarse su dinero en ella. Yo la observaba sin convencerme del todo ¿cómo habría acabado aquí? Hasta el encargado del ropero tenía algo que ocultar. ¿Qué sería de su vida? Imaginaba que un continuo baile, un continuo papel, estar rodeada de los que matarían por ella, de sus sonrisas postizas, del fuego que parecía avivar ella con su simple presencia. Y después vacío. Un universo entero de vacío. Y de hielo. Hielo en su piel, en su corazón, en sus ojos y en sus labios. Su única amiga se llamaba Turquesa decían que era una india sioux. Que podía hablar con los animales y ver el futuro. Su pelo negro le llegaba hasta las piernas. Bailaba después de Ágata, utilizando tambores. También usaba pequeñas cantidades de pólvora que al estallar sacaban de su ensoñación a los que no la prestaban atención. Al bailar parecía entrar en éxtasis y al terminar poco a poco regresaba al planeta Tierra y después descendía hasta este pequeño y delirante infierno. Luego desaparecía sin que nadie se explicara cómo. El bar se sumía en el habitual ruido de gritos, de música de piano, de insultos, de piropos, de risas y de llantos. Y cuando el amanecer peligrosamente se acercaba cada uno recogía sus cosas y salía al mundo real dispuesto a reencontrarse de nuevo con todo aquello de lo que huían. Preparados para seguir sintiendo miedo y angustia. Sin estar del todo sobrios buscaban las llaves del coche y volvían a sus vidas, esperando que fuera otra vez de noche para caer de nuevo por el adictivo abismo de la Flor en Llamas. Mecidos en los restos de su embrujo y del recuerdo de sus brujas retomaban la dirección a cualquier parte.

miércoles, 1 de junio de 2011

Órdenes. 3

Pero si he muerto, ¿qué hago diagnosticándome? Deberían encargarse los que se han quedado ahí, los de ambulancia o el pobre David, que me han matado en sus narices. Yo debería haberme ido, simplemente. Fin del juego. La vida de los que están ahí fuera seguirá, claro. No puedo pretender que todo se pare porque yo me haya quedado por el camino. Pero, si estoy muerta, no debería estar pensando. Ni sintiendo. Ni acordándome de Jorge.

Jorge. Hace tres meses que no te veo, Jorge. ¿Dónde te has metido? Es fácil olvidar que has muerto. Es tremendamente fácil, cuando aún te veo delante de mí, cuando recuerdo con tantísima precisión tus ojos verdes, tus diminutas pecas en la nariz, ese lunar en tu oreja que parecía un pendiente, tu gesto de sacudirte el flequillo, tan negro, como por casualidad. No te puedo expresar con claridad las ganas desmedidas que tengo de estar contigo. De tumbarnos en mi cama, mi cabeza en tu estómago, y sentir el ritmo de tu respiración mientras echas un discurso sobre tu revelación de la semana. La vida es más aburrida sin ti, Jorge. Mucho más.
Jorge ha muerto, pero vivirá para siempre en vuestros corazones. Ya. Pero es que el cura del colegio no te había acompañado a casa, ni te había visto dar de comer a los patos del Retiro, ni había dejado que le calentases las manos con tus dedos de hielo. Nadie en el mundo, ni siquiera tus padres, ni siquiera Ana, te conocía como yo. Por eso yo puedo olvidarme de que estás muerto de vez en cuando.

Me costó creer que lo habías hecho. Cuando me lo contó tu madre… Dios. No me lo creí hasta que vi que te bajaban a ese agujero estrecho en la tierra y tú no levantabas la tapa de tu ataúd, tan pequeñito, para reírte de mí. Eres muy joven para conocer las verdaderas lecciones de la muerte, me dijo mi padre después del funeral. Sus palabras sonaron menos falsas que los mil pésames que había recibido, pero no tenían una pizca de verdad. No se puede conocer la muerte. El dejar de existir, de respirar, de sonreír, de sentir, no puede dar lecciones a nadie. Al que muere, porque deja de aprender. Se ha ido. Al que vive, porque no has muerto. No importa si eres joven o viejo, si estás muy cerca o muy lejos de la muerte. No importa cuánta gente a la que has amado has perdido. No se puede aprender de la muerte. No sabemos qué hay después.

A lo mejor yo sí. He dejado mi cuerpo atrás, pero todo lo que soy sigue conmigo. No me he apagado, no he dejado de existir. No siento que haya muerto. Puede que me haya extinguido, que mi corazón ya no lata, que mi cuerpo no sirva para nada, pero sigo aquí.

Antes le tenía mucho miedo a la muerte, Jorge. No entendía cómo tú habías ido hacia ella voluntariamente. Ahora no me asusta. Si es esto, no es tan terrible como me habían contado. Y si no, de todas maneras me da igual. Ahora que puede que esté muerta, pienso que he aprovechado mi vida. He tenido buenos amigos, he querido mucho a mis padres, te quise con locura. El resto es secundario, ¿verdad? No recuerdo mi media de bachillerato, no recuerdo las fiestas a las que no fui ni los exámenes que suspendí. No sé de qué marca era mi ordenador, qué colonia usaba, ni si he bebido Coca-Cola o Brugal esta noche. Ahora que creo que me voy, me quedo con las sonrisas de aquellos a los que quise. No necesito más.

Cuando te enterramos, pensé que a lo mejor habías muerto mucho antes. Y yo también. Sí, creí que se podía estar muerto aun cuando nos levantásemos todas las mañanas y fuésemos al instituto y estudiásemos y luego nos lo pasásemos tan bien el fin de semana. No hace falta estar en coma, ni moribundo, ni siquiera parecerlo, para estar muerto. Simplemente, dejar rodar tu vida por los caminos que surgen a tus pies, en lugar de caminar. Seguir las reglas, moderar las pasiones para no ofender y pasear de puntillas por los demás, sin dejar huellas en su alma.

La mayoría de las personas tienen miedo a la muerte porque no han hecho nada de su vida. Algunos creen que la solución es tener mil proyectos, mil ambiciones, cargarse de sueños; llenarse tanto los bolsillos de planes, que les pesen una tonelada. Pero es que entonces no se puede avanzar. Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; y el agua tiene que fluir. El agua estancada, llena de ramas, hojas, bichos y ranas, no le gusta a nadie. La gente quiere arroyos de agua limpia y saltarina, que salpiquen al que se acerca a beber y que entren al mar no como un hilillo moribundo, sino como un torrente lleno de energía. Sin remordimientos, sin cargo de conciencia y sin los bolsillos llenos de planes sin cumplir.
No sé por qué abrazaste la muerte tan a la ligera, Jorge. Seguramente no podré entenderlo nunca. Porque no sé si estoy muerta, pero no quiero irme. Soy agua corriente, y todavía no he llegado al mar. Que alguien me saque de aquí, por favor. Tengo tanto que decir…

-Vuelve. Bien, bien, la hemos recuperado, chicos. Al hospital. Ya.