El hilo azul es el hilo de la escritura. El rastro de la tinta sobre el papel blanco, tan semejante al hilo que se emplea para coser. Un hilo que antes que nada es memoria, memoria y promesa de una continuidad.
Gustavo Martín Garzo

miércoles, 30 de mayo de 2012

PROPUESTA(S) DE ÚLTIMA REUNIÓN.

MÚSICA Y PALABRAS

A) Dicen que una imagen vale más que mil palabras... ¿Pero cuanto vale una melodía? Una pieza musical breve,  como una pieza instrumental (actual o clásica), evoca, si uno se deja atrapar por los sonidos, un gran número de imágenes. ¿Por qué no recorrer a la inversa esta escala de valores y recoger en palabras las imágenes evocadas por una melodía? Ya sea en forma de poema, relato o mera descripción. Como despedida del taller propongo que saquemos de los sonidos (aquello que ya existía antes de un lenguaje articulado) las palabras para nuestra última creación del taller. Es un poco tarde para proponerlo, pero ahí lo dejo... así que, si os apetece, estaría bien que, si Pura puede disponer de un ordenador con conexión a internet y altavoces, cada uno propusiese una pieza que conozca que no tenga letra, la escuchásemos y que cada uno decida cuál le resulta más evocadora para escribir.

B) Si la música "muda" no os atrae, cierto es que muchas canciones actuales (en cualquier idioma) guardan una historia dentro de ellas en sus versos y acordes que puede ser reconstruida o reinventada por cada uno. Canciones que recuerden algún momento especial de nuestras vidas, nuestros momentos de soledad con la única compañía de la música que tantas veces nos ha hecho emocionarnos, canciones que nos devuelvan a la memoria a la persona con quien identificamos la canción. Quizás este sea otro buen material para crear nuestro último escrito del curso. En este caso, también sería necesario un ordenador con internet y altavoces y, esta vez, cada uno elegiría su propia canción y la escucharíamos después de leer cada texto (que, al estar las canciones ya en verso, sería más propio que escribiésemos en prosa, y, a ser posible, un relato) y, estaría muy bien que, para aumentar el vínculo del texto con la canción, se introdujesen, como mínimo, tres o cuatro frases (o versos) de esta (sea en el idioma que sea) dentro del texto.

Espero que os gusten la propuestas, y que alguien lo vea antes del taller de mañana, que la he colgado muy tarde.

P.D.: Todo parecido con cualquier propuesta que haya tenido lugar años anteriores, si es que lo hay, es pura coincidencia (pues yo no estaba en el taller) simplemente se me ha ocurrido escuchando música.


martes, 29 de mayo de 2012

La literatura digital

¿Hacia dónde va la cultura después del boom tecnológico? ¿Y la literatura? ¿Qué es literatura digital? ¿Existen obras literarias infinitas en las que intervengan los sentidos de una forma diferente a la lectura de un libro impreso? ¿Qué campos abre internet para que se de lugar a obras que solo puedan tener un formato digital? ¿Son comparables la literatura tradicional con la digital? ¿Anulará esta última a la primera?
Tantas y tantas preguntas surgen ahora en la mente de nuevos creadores que están viviendo en la encrucijada de la explosión tecnológica que cada vez avanza y se expande más rápido. Navegando, encontré este vídeo donde se plantean estas cuestiones y donde se demuestra la incertidumbre en que viven los creadores más jóvenes, que serán testigos (y seguramente partícipes) del rumbo que tome la literatura del nuevo milenio.

¡Curiosead, escritores!

domingo, 27 de mayo de 2012

Recinto hermético.

Siempre odié aquél lugar. Y cuando lo recuerdo es mucho peor, recortándose la simple y tosca forma rectangular del edificio contra un cielo ceniciento. La fachada era de un ligero color salmón sucio. Igual que el blanco de las paredes del interior, o que el suelo de mármol de la entrada. Adonde miraras siempre podías encontrar algún desperfecto, invisible para cualquiera pero no para mí: pequeñas grietas allí y allá, las absurdas plantas de plástico, un cuadro torcido, los ordenadores de hace años. Y luego estaba el personal con sus sonrisas, su atención, su amabilidad, su pose. Para mí eran todos unos farsantes. Estaba seguro que al terminar su jornada de trabajo volvían a casa contentos y mucho más felices por creerse estar cuerdos. Los fines de semana sus anécdotas sobre pacientes locos serían las más esperadas. Lo podía ver en sus gestos, incluso aunque estuviéramos de visita. Me ponían la mano en el hombro y la apretaban un poco mientras sus labios se curvaban en un amago de sonrisa trágica. Los fluorescentes reflejaban siempre un cierto brillo en sus gafas de montura marrón y fina. Siempre tenían gafas los del personal, y batas blancas, y realizaban los mismos gestos y todo eso que tanto aborrecía. 


Bueno, entonces con ese brillo en las gafas, que llevaban a unos tres o cuatro centímetros por debajo de donde tendrían que llevarlas, y apretándome el hombro me decían: “Todo va mucho mejor, ya verás cómo dentro de muy poco saldrá de aquí”. Todo muy solemne, como si me estuvieran diciendo lo que necesitaba escuchar. Y yo no contestaba. Necesitaba unos segundos para aplacar el dolor causado por sus palabras de cartón piedra. Les devolvía la mirada con el semblante serio, mordiéndome el labio, apretando los puños. Se pensaban que no me daba cuenta de la situación. ¿Todo va mucho mejor? pensaba ¿Para quién? Pero no decía nada. Seguía sentado en la maldita sala de espera, de esas que comparten cuerdos y locos. Viendo aquél desolador paisaje sin saber dónde mirar. Ni siquiera había una mesa con revistas como en otras salas de espera, no, ahí tenías que matar el rato sintiéndote cada vez más vacío, notando como una sustancia cada vez más agría se hacía dueña de tu boca. Veías a aquellas pobres personas andando despacio y como a trompicones, balbuceando, mirando al techo. Y lo peor de todo era cuando por despiste nuestras miradas se juntaban. Y parecían que recuperaban la lucidez momentáneamente para luego volver a perderse en una oscuridad parecida a la que se adueña de un vaso de agua cuando viertes una gota de tinta negra. Y otra vez a andar, a mirar al techo. Y luego escuchabas las risas y los llantos, y todas aquellas voces ininteligibles. Y los que esperábamos el turno de visitas no hacíamos más que sentirnos incómodos ante todo eso, y a sentirnos mal por eso mismo. Y yo quería escapar de ahí, echar a correr hasta encontrar un lugar en la tierra, un tapón que al destaparlo se llevara aquél lugar por el desagüe y, ya de paso, nos mandara a todos al infierno.


 Luego estaba aquél doctor de unos cincuenta años y pelo cano. Con esas malditas arrugas de expresión y esa voz que daba a entender que sabía algo que nadie más sabía. Como si al acabar cada frase fuera a reírse o algo así. Y venía andando despacio, se ponía a hablar con las enfermeras o con los bedeles aunque supiera que le estabas esperando. Pero no podías hacer nada. Esperar. Esperar. Ahí todo era esperar hasta la desesperación, hasta casi preferir quedarte allí con el resto de locos para no tener que volver otra vez. Y pasaban largos minutos hasta que llegaba y se ponía a hablar de cualquier estupidez, tardaba horas en ir al grano. Luego se aclaraba la garganta y te decía lo mismo de siempre. Llegué a odiar a ese doctor. Parecía sacado de algún tipo de culebrón. Era una completa pérdida de tiempo, un dolor sumado a la gran tristeza que me dominaba cuando ya, por fin, avanzaba por aquellos pasillos eternos y blancuzcos donde estaban aquellas habitaciones sin personalidad, siempre en penumbra. Si tan solo tuvieran una flor, una fotografía, un poster, todo cambiaría. Pero sólo eran el esqueleto de una habitación, la sencillez elevada a la enésima potencia. 


Al avanzar por ese pasillo iba perdiendo fuerzas. Aquí no había pasado, ni futuro. Todo el tiempo era un presente detenido. Eran, para ellos, un día exactamente igual al anterior, y exactamente igual que el día venidero. Y también pensaba en el mundo real que existía fuera de aquí. Nadie se ponía a hablar de lugares como este, nadie hablaba de cárceles, nadie hablaba de hospitales. Nadie hablaba de nada de lo que fuera complicado hablar. Hacían como si no pasara. Era horrible. El mundo perdía su lógica. Se deformaba y se retorcía. ¿Por qué, por qué, por qué? Retumbando en mi cabeza. Eterna pregunta sin respuesta. Era duro observar a aquellas personas sumidas en la gran injusticia que a veces se vuelve la vida, en la gran broma macabra de la pérdida, en el puñal en que a veces se transforma la infancia o en lo que fuera que les hubiera llevado a esta situación. Atontados por las pastillas. Aislados. Todo aquello que nos parece tan terrible introducido entre cuatro paredes y un techo. Algo chupaba mi energía. Era para echarse a llorar. Las edades entremezcladas, los diferentes grados de locura dispersos por diferentes salas llenas de juguetes sin sentido, y de música clásica de compositores totalmente desconocidos, y esos chillones y extraños dibujos animados en el televisor.


Fue curioso una vez. Mientras esperaba sentado, en la sala había un hombre de mi misma edad. Su hermano gemelo estaba aquí. Hablamos, mitad forzados por ser los únicos que estaban esperando a poder hacer su visita, mitad queriendo olvidarnos del lugar en el que nos encontrábamos. Me dijo medio en broma que en más de una ocasión había pensado en dar el cambiazo con su hermano. Decía que él era el fuerte de los dos, que era el mayor. A él no le importaría pasar un tiempo allí, fingiendo estar loco, hasta poco a poco ir demostrando que no lo estaba, y poder salir. Me dijo que sus padres pagaban el internamiento de su hermano, no entendían lo que era este sitio. Ni siquiera venían de visita. Él sí lo sabía pero no podía hacer nada. Cuándo le pregunté por qué no hacía el cambiazo no me contestó. Aunque luego yo mismo hallé la respuesta. Aunque eran gemelos el hermano internado parecía tener diez años más. La pérdida del pelo, la mirada, como dos pequeños charcos grises de cien kilómetros de profundidad. Eran los hermanos gemelos menos parecidos que había visto nunca. Era triste. Muchas cosas lo son. También era triste pensar que aquí se encontraban las ovejas negras de cada familia. De los que no se habla, de los que no se pregunta, tan solo entre cotilleos en las reuniones familiares en las que entablan conversación familiares lejanos que casi no se conocen.


El pasillo se terminaba justo llegando a su habitación. Siempre me costaba un poco entrar. Respiraba profundamente. Una vez, dos veces, tres veces. Llamaba a la puerta entornada, y entraba despacio. Me sentaba en la cama, a su lado. Intentando tragar el nudo en la garganta que se me formaba. Que más que nudo parecía una mano férrea intentando asfixiarme. Ella siempre se tocaba el pelo, jugaba con sus rizos. Y la mirada, la mirada miraba al infinito. Tan terriblemente bella y tan lejana, en otro mundo al que no podía acceder. Mundo de cubito de hielo, de isla minúscula, de planeta perdido. Muchas veces canturreaba o tarareaba alguna canción desconocida por mí. Tal vez desconocida por todo el mundo. Y sobre la mesa del escritorio había decenas de folios desparramados. Con frases escritas que terminaban en todo tipo de garabatos. La preguntaba qué tal estaba, qué había hecho ese día, todo eso. Sabía que no me iba a contestar. Entonces era yo él que le contaba cómo me iba, qué había hecho desde mi última visita, cómo se encontraba el gato, que películas había visto, que libros había leído. Cualquier cosa. A veces permanecía largos ratos sin decir una palabra, mirándola, esperando algún tipo de reacción. Pero ella seguía estirándose los mechones de pelo, y tarareando, sonriendo. Incluso a veces parecía feliz. Era extraño. Nunca quería ir pero cuando iba siempre quería quedarme ahí, a su lado, escuchando esas cancioncillas. Pero las visitas tenían un turno establecido. Una enfermera llegaba hasta la habitación, asomaba la cabeza, no tenía que decir nada. Me costaba despedirme, prometía volver, decía que se pusiera bien. Que esperaba que volviera a ser la de siempre. Me sentía un poco ridículo, la enfermera esperaba paciente a que acabara de hablar. Aunque imagino que no estaría escuchando, pensaría en sus cosas. En la lista de la compra, una llamada importante que tenía que recibir, cosas así. Ver despedidas entre paciente y visitante formaba parte de su día a día. Era normal que no le importara absolutamente nada lo que tuviera que decir. Una vez terminaba de hablar la cogía de la mano durante un par de segundos, como para absorber el suave tacto de su piel, su presencia. Con fuerza, con ansía, con el corazón y el cuerpo hecho polvo. Intentando recuperar todo aquél amasijo de ilusiones y sueños que ahora yacían encerrados en un recinto hermético. 


Volvía a recorrer el pasillo, todavía más lúgubre y oscuro. Tan desolador como un pueblo en ruinas. Y volvía a pasar por la sala de espera donde poco a poco los visitantes se iban congregando para volver a hablar con algún médico o con quién fuera que hablaran. Ahí estaba el médico de pelo cano, con su desquiciante presencia. Y después la calle. Con sus coches aparcados, sus alcantarillas, semáforos, bancos y papeleras, sus peatones paseando a perros, y el ruido y la contaminación, y los desastres naturales. Eso sí era de locos, y lo odiaba, tanto como aquél lugar dónde ella estaba.

viernes, 25 de mayo de 2012

Para todos los soñadores




LA IMPORTANCIA DE SOÑAR PARA GANARSE LA VIDA

    La escritura no es una carrera; no funciona como una carrera. Los grandes escritores son como grandes artistas: se dedican a ello porque quieren hacerlo, no porque haya dinero de por medio. Por consiguiente, si es el dinero lo que te interesa, ve y hazte banquero. Se trata de soñar para ganarse la vida. Nuestra sociedad necesita soñadores. En mi opinión, las personas más importantes en cualquier sociedad son los narradores de historias. Todas las sociedades han considerado a sus soñadores como algo de vital importancia. Así que escribe lo que quieras escribir. No escribas lo que creas que otros quieren. Tienes que creer en tu propia escritura. 

    Lo más importante es actuar como Dios. Estás creando un mundo entero. La imaginación es más importante que la investigación. La gente habla mucho sobre investigación y a menudo me pregunta sobre ella como si se tratara de algo mágico. La investigación más importante es la investigación que uno hace dentro de su propia cabeza. Encuentra la magia en la realidad. Dickens describe la niebla como si fuera un animal; es la magia de las palabras lo que hace que algo tan común como la niebla cobre vida. Así que aprende a soñar. Aprende a mirar y a escuchar al mundo.

 Escribir tiene que ver con pasárselo bien, disfrutar con ello, relajarse en ello. Deja que las palabras te lleven donde ellas quieran ir. Permítelas que te guíen y te llevarán a lugares con los que nunca soñaste.  

Philip Kerr 
Escritor de novela negra


La Universidad Internacional Menéndez Pelayo, ofrece una serie de cursos de muy distinta índole en los meses de verano. El fragmento que acabas de leer, corresponde a un curso titulado "Cómo se escribe un buen texto", que imparte el escritor Philip Kerr. Si te interesaría un curso como éste, o simplemente tienes curiosidad por saber qué otros nueve consejos da P. Kerr sobre la escritura y el oficio de ser escritor, pincha en el siguiente enlace. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

Digo: Invento palabras.

Digo: Me siento destarcalado, sí destarcalado, como una habitación en la que no deja de llover, con los muebles caídos, los libros por el suelo y la cubertería clavada en el techo lleno de nubes.

Digo: sí, detarcalado, y confundirioso, como perdido en un bosque de personas en movimiento que de repente se enraizaron al suelo de las calles, y no me dejaron ni andar ni correr, ni hablar ni ser libre. Entonces me enfurecí, por sentir que el mundo me tendía una trampa. Una trampa surgida de tus más terribles pensamientos, una trampa de gentes a las que ya no importa nada, ni el mundo, ni la vida, ni yo. Ni ellos mismos.

Digo: Destarcalado, confundirioso.

Digo: Abanderdido ¿Sigues necesitando una explicación? Abandonado por Dios y el Diablo, por no tener valor para rendirme. Confundido, porque ya no sé a dónde dirigirme.

Dices: (…)

Digo: Tú no dices.

Digo: Ya lo dijiste todo y nada.

Digo: Porque por ti ya sólo puedo decir penugnancia. Pena de llorar en nombre de todos los momentos que guardaste para no hacer nada. Repugnancia, tanta como para llenar de vómito todos los rincones de tu existencia. Por no haberla aprovechado.

Digo: Me faltan palabras para poder sentir en condiciones. Voy a llenar los márgenes del diccionario de blasfemias verbales. Escribiré mil veces las dos mil palabras que necesite para poder hablar, y las subrayaré en amarillo para que se te salgan los ojos de las órbitas cada vez que leas sus páginas.

Digo: Sí, algunos inventan palabras. Yo en cambio prefiero violarlas, acabar con su dignidad, corromperlas hasta que se desentrañan.

Dirán: ¡No existen!

Digo: ¿Y qué? El lenguaje es mío y me lo follo cuando quiero.

Dirán: ¡Oh! Que burdas palabras.

Digo: Mentira, peores son las palabras que son utilizadas para la mentira y para la falacia.

Dicen: (…)

Digo: Sólo dicen silencio, silencio insensible. Silensible. No se paran a contemplar nuestras miradas de incredulidad cuando vemos que ya nadie recuerda la tristeza. No ayudan a los mendigos desvanecidos, pasan de largo ante robos a mano armada, prefieren el fútbol a la defensa de sus derechos. No gritan, no se quiebran en llantos. Por dentro son desiertos. Por fuera no luchan ni viven. Carentes de identidad. Maniquíes sin rostro desperdigados por las costas de todas las ciudades. Llenándose de algas y de arena con el golpe de las olas.

Dice: (..)

Digo: Él dice que estoy loco, que la vida es perfecta y ordenada, que la guardería apunta al colegio y el colegio a la universidad. De la universidad al trabajo de tu vida. De tu vida, que es lo que tendrás que pagar a cambio de él. Un matrimonio y tres hijos, un chalet adosado con jardín y piscina. Vecinos idiotas que hacen barbacoas los domingos.

Decimos: Somos los que nos salimos del camino de tarjetas Visa Oro. Los armados con paciencia, puños cerrados y muy poca vergüenza. Somos los inadaptados. Los que sobrevivieron a las familias desestructuradas. Somos los que inventan palabras, e imágenes, cuentos y mundos paralelos. Porque lo real nunca es suficiente, y no me digas que no se puede cambiar.

Decimos: Somos los que dijimos en alto lo que otros ni siquiera se atrevieron a pensar. Los que esperan que diez mil años de evolución hayan servido para algo. Los que confían en el despertar de esos cerebros cargados de prejuicios y de métodos para escapar de la realidad.

Digo: Me voy, quiero ver el mundo, quiero grabar en mi memoria cada uno de los atardeceres de mi vida. Quiero conocer a toda la humanidad. Quiero hablar todas las lenguas, saborear todos los manjares del mundo. Quiero alegría. Quiero miedo, sudor, lágrimas, temblores, frío, quemaduras, herida de bala, palabras, silencios, abrazos, sueños. Quiero saberlo todo, conocerlo todo.

Decís: (…)

Digo: Decís que soy un soñador, que moriré como un apátrida. Sin origen ni familia ni amigos. Que no encontrarán mi cadáver. Que mi vida y mi alma se perderán. Que nadie recordará mi historia.

Digo: Que os jodan.

Digo: Son los momentos que poseo, y los deformaré hasta hacer de ellos esculturas de lo que siento.

Digo: Y un cuerno, la vida es monstruizante. Monstruosa, como un millón de litros de agua abalanzándose sobre ti. Alucinante, como contemplar la creación del sistema solar en segundos.

Digo: La vida es un enorme teatro, la vida es la verdad del mundo. Y decir la verdad de las cosas es decir la poesía de las cosas.

Dicen: (…)

Digo: No sé que dicen, tal vez he dejado de escucharles.

Digo: A la mierda la universidad, a la mierda la vida predefinida de filetes plastificados. A la mierda las amistades en holograma, los destinos homologados, felicidad en tetrabrick. Come a las dos, levántate a las siete, media hora en el gimnasio, tu imagen siempre será imperfecta, ejercicio envasado al vacío. Ocho porciones diarias de sueño. Soñar es para niños e inmaduros. Imaginar es de locos. Amor con conservantes, sexo con colorantes. Pero la luz apagada. Que le jodan a las veinticuatro horas de contacto inhumano, a la batería chupasangres del smartphone. Pronto la conectarán a nuestras almas. Pronto reiremos en sobres de doscientos gramos, sentiremos en emoticonos.

Digo: Pronto venderán porciones de catarsis en píldoras, orgullo en pastillas efervescentes, pasiones en complejos vitamínicos. El sentido de tu vida en galletitas de la suerte

Digo: Lárgate de aquí. Vive como te diga el instinto. Cambia drogas por cumbres nevadas y el What's up por la selva más lejana. Vive como lo sientas, no necesitas un título firmado por alguien que no conoces para lograr eso. Se acabó el contar calorías, el medir la cantidad de oxígeno utilizado para respirar. Que empiece todo de nuevo, que empiece la poesía, que empiecen los cuentos y el teatro.

Dicen: ¡Pero es terrible, vas a acabar con todo!

Digo: No, voy a crearlo todo.

martes, 22 de mayo de 2012

Piñón fijo

  • Elige una palabra (por su sonido, su significado, su forma...). 
  • Empieza a escribir lo que quieras (un relato, una descripción, un poema...).  
  • Cada diez palabras aproximadamente, has de incluir la elegida, venga o no a cuento, a piñón fijo.
 Eso es todo.

sábado, 12 de mayo de 2012

¡Qué bien...

ver todos nuestros escritos juntos, tan distintos en temas, estilos, voces...!
Espero que a todos os guste tanto como a mí vernos así, ante una misma tarea, fruto de una misma afición.