jueves, 9 de febrero de 2012

Lucía Moreno Garrido

“Respira hondo, tú puedes. Ya has practicado bastante todo el fin de semana como para rendirte ahora por un atajo de críos que no tienen nada mejor que hacer que reírse de la gente que lleva una buena vida. Sí, es eso.”
Ellos no tenían nada que hacer, Lucía se había estudiado el papel. Ella no iba a tirar su oportunidad de triunfar en clase por un atajo de memos que casualmente estaban en su clase. No, claro que no. ¡Es que ni por asomo se rajaría! ¿Y dejarles complacidos por su victoria? ¡¡No!!
- Yo.
Lucía se levantó de su asiento decidida y caminó con la cabeza bien alta hacia el escenario. Los murmullos cesaron y todos miraron curiosos a Lucía. Tragó saliva y par de veces y se arrodilló ante Jorge. Lucía llevaba ya 5 años yendo al taller de teatro que había en su escuela. Había interpretado muchísimas obras conocidas, pero siempre con un papel secundario. La profesora la animaba a interpretar a los personajes más importantes, pero ella siempre se había negado debido a su estúpida timidez. Ahora les tocaba interpretar una obra libre, inventada entre todos. Un poco parecida a la de Romeo y Julieta, pero más impactante. Lucía se moría de ganas por participar como personaje protagonista, y ahora era el momento de demostrar a su clase lo que era capaz de hacer ella.
- Muy bien – sonrió la profesora de teatro – Empezamos con la escena VI.
Permaneció arrodillada, mirando al suelo. Esperando con nervios las primeras palabras de Jorge, que iniciarían la obra.
- ¿Pero qué…? – Jorge se agachó y la miró – ¿Estás bien?
“Pues claro que no.”
- Sí, no pasa nada.
Voz. Una voz. Su voz. Y había sonado fuerte y calmada. Lucía frunció el entrecejo para sí misma y se levantó a la vez que Jorge del suelo. Ambos se miraron durante 3 segundos bien contados.
- Perdona, tenía tanta prisa y no miraba por dónde pisaba – dijo Jorge.
- No pasa nada – repitió ella – Estas cosas pasan.
- Tanto da, quiero compensarte por mi estúpida torpeza.
- ¿No tenías prisa?
- Sí pero el tren ya lo he perdido – Jorge la cogió de la mano – Me llamo Enrique, encantado.
- Gloria, mucho gusto – con mucha menos torpeza de la que hubiese imaginado, Lucía hizo una elegante reverencia. Jorge la imitó.
- Pues en ese caso la invito a un café. Los hay muy buenos en el bar de allí – dijo señalando la pared de cartón donde estaba dibujado un cutre edificio pequeño.
- Le sigo.
Todavía cogidos de la mano, comenzaron a caminar a lo tonto por el escenario. Lucía se sentía, en ese momento, ridícula, pero se vio forzada a contenerse e intentó ignorar las risas que se oían a lo lejos.
- Es aquí – Jorge la soltó de la mano y fingió abrir una puerta invisible – Las damas primero – sonrió.
“Qué fácil le resultaba a él todo.” Lucía le devolvió la sonrisa y entró en el bar invisible.
- Muy bien, suficiente – la profesora de teatro se levantó y comenzó a aplaudir. El resto de la clase la acompañó al cabo de unos minutos. Lucía se sonrojó y bajó la mirada, intentando fingir que había encontrado algo interesante en el suelo.
- No es una escena muy larga, pero sí la más esencial. Es la escena donde se conocen los dos protagonistas que harán que la historia de vueltas inesperadas – explicó la profesora – Por tanto tiene que verse reflejado en vuestros ojos el flechazo que sentís nada más ver al otro. Ese impulso, el deseo que tanto os asusta pero que a su vez os da una calidez agradable en el estómago. ¿Me seguís?
Jorge y Lucía asintieron.
- Para mañana quiero que TODOS estudiéis el diálogo de la escena III. Dentro de nada hay que interpretar la obra y vamos muy retrasados.
La clase se levantó de sus asientos y por grupos fueron desapareciendo de la clase. Lucía y Jorge fueron los últimos en salir.
- ¡Lucía! – la profesora corrió hacia ella – Lo has hecho de maravilla, enserio. Solo quiero que para la próxima vez hagas lo que he estado explicando antes.
- Mostrar sentimientos que apenas siento no es fácil.
- No lo es si no tienes experiencia. Tú sí que puedes hacer eso, eres la mejor que tengo de toda la clase. Los demás se lo toman todo a broma, pero tú no. Tú eres capaz de meterte fácilmente en la piel de la protagonista. Y de eso se trata. Actuar es meterte en la piel del otro e interpretarle. Aunque sea alguien que no exista, para ello están los guiones que nos informan de los comportamientos y pensamientos habituales de la persona. No quiero darte una charla aburrida sobre teatro, solo quiero que reveles a todos que vales más de lo que la gente cree. – la profesora sonrió maliciosamente – Has estado engañando a todos desde que viniste aquí, fingiendo ser una chica muy callada, tímida, que se despista con facilidad y que no sabe actuar. Pero a mí no me engañas, yo sé que tú eres abierta cuando quieres, que a pesar de que parezca que no escuchas sí que lo haces. Y sobre todo tú sabes meterte en la piel de cualquiera sin problemas. Has nacido para ser actriz, no dejes que todo esto rompa el valor que llevas dentro.
La profesora la dio dos palmaditas cariñosas en la espalda y se fue. Jorge, que había estado escuchando desde el principio a hurtadillas, se acercó a Lucía y la miró como si fuera la primera vez que la veía.
- Vaya royos suelta la profe cuando quiere ¿eh? – dijo al cabo de un rato de tensión.
Lucía asintió tímidamente.
- He estado escuchando todo lo que ha dicho. – Al ver la cara de Lucía, Jorge sonrió para calmarla – Ha sido todo un poco… raro. No sé si me explico. Es que tú… lo que ha dicho… Bueno, rayos ¿te apetece ir por ahí a merendar algo?
- ¿Qué? – logró soltar por fin – ¿Irnos? ¿Irnos a dónde?
- Pues a un Starbucks, o no, mejor al Vips. Diablos no sé, puedes elegir tú también.
- No tengo dinero – mintió.
- Te invito yo.
Parecía que el chico iba en serio. Lucía se atrevió a mirarle a la cara. No mostraba ningún gesto de desprecio y su sonrisa no era de burla, más bien agradable. ¿Agradable? ¿En qué narices estaba pensando?
- De acuerdo.

Caminaron un buen rato sin rumbo, ojeando bares y restaurantes. Un sitio que fuera acogedor y tuviera cosas ricas para merendar.
- Todo esto es muy raro. Ahora mismo nos parecemos a los protagonistas de la obra que estamos haciendo ¿no crees? Solo faltaría habernos tropezado. – Jorge lanzó una sonora carcajada – Hola, me llamo Jorge.
El chico hizo una torpe reverencia y agarró su mano. Lucía se quería morir ya mismo, toda la gente miraba la divertida escena entre ellos.
- No es el momento de hacer esto.
- Pero si en realidad lo disfrutas. Lo sé porque las palabras de la profesora me han convencido. – Jorge la soltó – A mí no me pareces una pardilla y tampoco eres tan tímida en el fondo. Solo actúas como tal. Te gusta demasiado actuar que no puedes contenerte y no eres quien eres de verdad.
- ¡Yo sé perfectamente quién soy, gracias! – chilló.
- ¿Lo ves? Una tía tímida no gritaría así de repente.
- Oh, cállate ya, coño.

miércoles, 8 de febrero de 2012

ΠΝΕΥΜΑΤΙΚΗ ΤΡΟΦΗ


TABERNA EL HILO (¿FIDEO?) AZUL
ofrece:

MENÚ POÉTICO DEL DÍA


APERITIVOS:
    PAREADO

    Hoy se sirven las estrellas como aperitivo
    aquí se come el universo en diminutivo.

    SOLEÁ

    Contemplamos desde aquí la calle abarrotada.
    El sol abrasador lo está derritiendo todo,
    vayamos a la constelación de la ensalada.

    HAIKU

    Ya no hay más nieve. 
    El cielo se ha licuado
    con sus lágrimas.

    COPLILLA

    (TUS OJOS)
    Hay un mundo que no existe
    que es lo único real
    un mundo intangible y azul
    tan infinito como el mar.



    VINOS:

      Cambiemos por un momento nuestra alma
      por el alma del vino.
      Acompañemos a la noche,
      olvidémonos del frío.
      Muramos y resucitemos
      después, lentamente, 
      dejando en el olvido
      aquello que es de la noche solamente.


      PLATO DE VERDURA:

        Como colinas verdes asoman tus caderas entre las sábanas.
        Como barcos transatlánticos recorren mis manos tu contorno.
        Como una ciudad encantada valle abajo veo tu sonrisa.
        Como un rayo ilumina mi mirada el universo que esconden tus ojos.


        PLATO PRINCIPAL:

          Sólo quiero un momento.
          Un momento infinito para mirarte y contemplar tu cara.
          Un momento sin fin para cruzar el umbral de tu mirada.
          Un momento interminable para iluminarme con el reflejo de tu radiante risa.
          Un momento eterno para que te quedes conmigo.


          POSTRE ÚNICO:

            Cerrar, cerrar un ciclo único que siempre empieza
            Volver, volver a escuchar tu melodía en mi cabeza
            Cantar, cantar despacio tu nombre en el viento
            Saciar, saciar con caricias las ganas del sediento
            Flotar, flotar sobre las ondas de tu pelo
            Caminar, caminar por tu cuerpo sin miedo
            Oler, oler la fragancia de tus brazos
            Saborear, saborear la miel escondida en tus labios.



            La escalera (repeticiones)

            La escalera que subo y llevo subiendo, ciega y sin razón, todos los días. Ya no cuento los peldaños ni recuerdo los saltados. La escalera que, a veces, me sorprende y se vuelve una espiral que me marea y me deja tan confusa que me frena por un rato. La escalera interminable y tan cansada, tanto que me ayudo con los brazos cuando mis piernas se duermen y no quieren responder. La escalera que cuando me aburro, salto por ella a la pata coja o caminando del revés, dejando de ver escalones que, difusos, convierten la escalera en una rayuela mal pintada en la que ya no hay números. Me gusta, porque siento que su propia estructura avanza conmigo- No siempre subo lo mismo y, a zancadas, acabo de puntillas en la escalera de tus pestañas, que sorteo como puedo para dirigirme, casi dejándome llevar, a la escalera de un piano. Y disfruto del sonido de mis pasos al pisar cada peldaño y, con el ritmo, acabo bailando mientras sigo mi camino. De tanto en tanto miro para abajo y presa del vértigo corro buscando el final. Otras veces me encanta la escalera, que se vuelve de color y me hace ganar la mano y el miedo que sentía desaparece porque, si caigo, volveré a subir por ella aun sin sacar un buen número con los dados. Conozco escaleras de humo, de minutos, en tus caderas y la escalera que bajas cuando lees los versos de un poema. No siempre es bonita, pero tampoco fea. Y da igual que sea vieja, le falte un escalón o tenga barandillas porque, sea como sea, siempre esta ahí la escalera.

            martes, 7 de febrero de 2012

            Hoy, poesía

            MENÚ DEL DÍA

            1º) Aperitivos: Pequeños poemas (pareados, tercetos, coplillas, haikus…) de tema ligero y divertido o burlón, o que invite a la reflexión. 

            2º) Plato de verdura: Exaltación del campo, de la primavera. O bien de “lo verde”, lo escabroso y subido de tono… los placeres corporales. 

            3º) Plato principal: La historia propiamente dicha, el jugo, la chicha de lo que queremos contar. 

            4º) Postre: Lo dulce del primer enamoramiento, un recuerdo feliz de la infancia… cualquier cosa que deje buen sabor.

            Pues… ¡venga, a cocinar lo que más os apetezca! ¡no seáis perezosos!

            viernes, 3 de febrero de 2012

            La realidad

            Se despertó en aquella vida otra vez, como todas las mañanas. ¡Lástima!- pensó - Otra vez será.
            Otro nuevo trance comatoso entre el dormir y el despertar. Abrió los ojos en aquella habitación amarilleada de tanto fumar que se desconchaba a toses intermitentes, tomó el paquete de tabaco y prendió uno de sus cigarrillos. Aspiró aquel asfalto de humo y cerró los ojos como si acabara de emerger a la superficie tras una eternidad sin aire.

            Acarició su piel áspera llena de cicatrices, hechas de enfrentarse a la luna llena del vehículo del carril contrario armado tan sólo con demasiados litros de alcohol y con un pesado manojo de horas sin dormir. Buenos días.

            Tomó aire, y la tormenta crónica que reinaba en su garganta se despertó de nuevo, como un genio de la lámpara gritando por más espacio. Tosió, como lo hacen los mineros en su día de jubilación, tras una vida tragando infierno. ¿Pero quién quiere escoria de la mina teniendo cigarrillos sobre la mesilla?

            Se levantó y fue hacia el baño, hacia aquella ducha llena de óxido, mirándose en el espejo al pasar como saludando a un vecino. Señor- y se quitó un sombrero imaginario. El agua caía ni muy caliente ni muy fría, en un reguero fino e insípido que no se llevaba nada, ni la suciedad ni los pesares ni las ganas de volver a la cama.¿ Acaso eso sería otra mañana normal? Quizá ésta fuera distinta, con una banda de albano-cosovares entrando en el salón y llevándose los muebles, con él lanzándoles tenedores y sartenes desde la puerta de la cocina y mil disparos atravesando su pecho en su primera y última heroicidad. Primera plana: Héroe local muere tras enfrentarse a los asaltantes. “Siempre muy discreto, declara una vecina”. Pero no, aquella no era esa mañana. Aquella era la realidad.

            Se plantó frente a los fogones, poniendo el café a calentar y vigilando los cajones de la vajilla con el rabillo del ojo por si entraban los de los pasamontañas. Ya veréis, hijos de perra. Engulló aquel café que parecía cargado de metralla más que de cafeína y sorbió hasta el fondo del mar de la porcelana como si le fuera la vida en ello.

            Aquello era su vida. Aquello y la fábrica repleta de engranajes. Engranajes por el techo tapando el Sol, engranajes en el suelo impidiendo que se lo tragase la tierra. Engranajes en la voz de aquellos monos grises vestidos de azul que decían ser humanos.¿ Me hablarán a mí?. Pero sólo entendía gritos de mono y más gritos de mono, así que seguía montando aquella pieza clonada de la cinta transportadora como si la cosa no fuera con él.

            Su vida se narraba en tatuajes. En el Ojalá repetido mil veces sobre su espalda y nunca cumplido y en el Amor de su brazo derecho y que había dejado de entenderse hace tiempo. Todo a su alrededor parecía un montón de cajas en el desván y él una marioneta con los hilos enredados. El mono gris se encaramó a la mesa y gritó ordinarieces de mono. Él abrió los ojos en sorpresa y continuó su trabajo bajando la cabeza. Malditos monos.

            A pesar de todo seguía esperando algo, seguía esperando el ring-ring del teléfono. No era un ring-ring cualquiera. Éste venía del otro lado de muchos kilómetros y traía consigo una voz que parecía siempre nueva de tanto tiempo que pasaba entre escucha y escucha. A veces el deseo del ring-ring le consumía, le superaba, los engranajes comenzaban a sonar como teléfonos, los monos grises sonaban como teléfonos, la cafetera burbujeante sonaba como un millón de teléfonos y los albano-cosovares venían armados con sinfonías telefónicas para taladrarle todas las paredes y arrancar todas sus puertas.¿ No podrían los teléfonos sonar a lluvia? Si sonaran a lluvia los engranajes parecerían diluviarían sin cesar, los monos grises caerían en chaparrón, la cafetera me inundaría y los ladrones llenarían la casa de humedales, pero el ring-ring no me atravesaría. Jodido teléfono y su maldito ring-ring.
            Tras semanas, tras meses, sometido a esa agonía, cuando el tabaco le temblequeaba entre los dedos pitillo tras pitillo, decidía que había llegado el fin. Se desnudaba, arrancaba el cable telefónico de la pared como poseído por un tornado y lo anudaba al ventilador. Se encaramaba a la silla y se colgaba la soga al cuello y corría el nudo hasta perder la voz y preocupándose en todo momento por no romper el cable, mientras miraba fijamente al teléfono. Sobre la mesilla, al lado de los cigarrillos de cada día y de un cenicero siempre lleno. Adiós y buena suerte!

            Entonces, cuando sólo distaba a un zarandeo del infierno asomaba como la Luna llena aquel ring-ring maldito, se libraba de su horca y saltaba del patíbulo y tomaba el auricular con frenesí y sudor empapando sus manos. Sonaba la voz, aquella voz ya ronca pero siempre de niño que traía consigo un montón de luz y de recuerdos de columpios en el parque y de cuentos por las noches. Y aunque ya no pedía ni dinero para los fines de semana ni cariño por los meses de ausencia. ¿Qué pasa, que se te ha olvidado que existo? Y unas risas. Medio verdad, medio ironía pero nunca rencor. Cierto, él nunca llamaba, siempre esperaba al ring-ring, como si desconociera el funcionamiento de las telas y de los números. Se recordaban los viejos tiempos como dos amigos que se conocieron en la guerra. Se actualizaban los nuevos, un choque de manos en la distancia y hasta luego, hasta la próxima.

            Durante los minutos, quizás segundos, que duraba la llamada la realidad se distorsionaba un poco como el agua a punto de hervir para volver después a su estado normal, a aquello que algunos llamaban vida. Volvía a acariciar sus cicatrices, a saludarse en el espejo, a vigilar la puerta de la cocina y las sartenes colgadas del techo de la despensa, volvía a la amargura del café que tanto le recordaba así mismo y a obviar los chillidos de los monos grises de vestidos de azul. Tralalalala, no os oigo. Imaginaba nuevas formas de que la realidad cambiara, tal vez con una abducción extraterrestre, con un lío con una banda de mercenarios internacionales de origen guineano, con la llegada de un paquete extraño y sin remitente, lleno de un montón de órganos procedentes del mercado negro. O tal vez simplemente con un gato blanco y gris saltando de tejado en tejado..

            Pero siempre caía de nuevo en aquella maldita melancolía del ring-ring, en aquel detestable ardor paranoico que le embutía y le hacía saltar las lágrimas, en aquel estado peor al alcoholismo que le corroía las entrañas con sal marina. Y de nuevo volvía a encaramarse a su particular ejecución privada. Nos volvemos a encontrar. Y como siempre, como un quiebro en los planes del destino, amanecía el sonido asesino y salvador.

            Allí se encontraba aquel día, 34 de febrero del mes no me importa y del año vaya usted a saber. La angustia le había ahogado ya casi durante medio periodo infinito y ya no podía aguantar más. Detestaba a los monos y su color perpetuo, a los engranajes y su movimiento constante, a la realidad y a su encierro sin barrotes ni esquinas. Se había quedado sin café y había empezado a demoler las tazas para beber algo. Se quedó sin cuchillas de afeitar y comenzó a utilizar su propio reflejo, hasta que sólo podía saludarle por la única esquina que conservó, como una brecha en un muro por la que se vé le exterior de la celda. Miró al teléfono como pidiéndole por favor que sonara de una vez, pero sólo hubo silencio. La tristeza fue poco a poco crucificándole mientras se encontraba allí subido, ya sin ni siquiera poder humedecer los ojos de tantas lágrimas que había usado. Silencio. Finalmente se quedó sin paciencia y sin esperanza, se quedó solo. Silencio. Se ajustó aquella corbata tan bien conocida listo para asistir a su propio funeral. Silencio.

            Por fin dio un paso al frente y se dejó caer, quedando allí pendiente tras un último talonazo a la silla, como un ángel desnudo empapado por la lluvia. Apretó los dientes hasta que se le saltaron, arañó la cuerda blanca hasta que se le doblaron las uñas y, finalmente dejó escapar su último aliento de vida. Adiós, realidad, espero no verte nunca más.

            Ring-ring, el teléfono comenzó a sonar.

            jueves, 2 de febrero de 2012

            Para los amantes de...

            The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore from Moonbot Studios on Vimeo.

            Espero que os guste este vídeo que me ha pasado mi amiga Pilar. A mí me encanta.

            miércoles, 1 de febrero de 2012

            Escalera durmiente.


            Cuando abre los ojos, me pregunta por qué le miro.

                         Siempre le digo que es porque aún no me lo creo.

                                                   Aunque él responda que siempre lo supo.


                                 Cada vez que cierro los ojos, una parte de mi piensa que, en cuanto vuelva a abrirlos, él no estará allí. Que cuando se haga de día y la oscuridad desaparezca, todo habrá sido un sueño.

                                                            Esa parte de mi no me deja dormir. Esa parte de mi me da dolores de cabeza. Esa parte de mi me aterroriza. Esa parte de mi es la persona que yo fui durante mucho tiempo.

                                                                              Y yo, sólo quiero que desaparezca.

                                                     Por eso, cuando despierto, necesito recordar cada uno de sus gestos, su respiración mientras sueña, sus párpados y sus ojos, que me miran cuando él regresa a la realidad.

                                            Necesito recordarlo,

                                                                         por si algún día....

            llegase a ser tan sólo.......................................        

                                                                                          un recuerdo.