jueves, 15 de enero de 2009

Jugando con el Tiempo: eternamente cincuentón.

Mi nombre es Marcelo. Aparentemente, soy un hombre normal, medianamente atractivo, ni alto ni bajo, culto, curioso y emprendedor. Pero, ¡ay los peros!, solo soy aparentemente normal pues, aunque en mi carné de identidad pone que nací en 1986, la verdad es que cuando vine al mundo tenía ya 50 años. Sumen ustedes y ¡viola!, mi edad actual es 73 años. Voy a intentar explicarles este pequeños desbarajuste de aquí para atrás…


Bien, esta historia comienza…¡ya! Día 14 de enero del año 2009. Nublado y con altas probabilidades de lluvia. Edad, 73 años. Ustedes sin duda se creerán que soy un viejecito, más o menos de la misma apariencia que sus abuelos: sin apenas pelo –el restante sin duda blanquecino-, dentadura postiza y extremidades temblorosas que a veces me impiden guardar bien el equilibrio. ¡Pues no! ¿Me oyen? ¡NO! De la manera más rotunda. Yo estoy, por así decirlo en la flor de mi juventud. Bueno, puede que un poco pasado, pero no mucho. Mis dientes siguen en su sitio –por el momento-, puedo moverme perfectamente –de hecho soy un gran bailarín- y ¡tengo mucho pelo! Mío, por cierto.

La verdad es que mi médico está muy contento conmigo, siempre que voy a la consulta el muy idiota me dice: <<¡Don Marcelo! De verdad, ya me dirá usted cuál es su secreto porque cada año le veo igual. Es que parece que los años no le pasan factura a usted>>.


Ciertamente, mi médico es muy perspicaz, porque efectivamente, el tiempo sobre mí no tiene poder; soy auténticamente un ser libre de todo su influjo devastador y destructivo.

No conozco la decrepitud ni la vejez, y por mucho que el obcecado señor cronos intente dominarme, año tras año, cada 1 de enero, yo vuelvo a ganar la batalla. Así es, por mucho que las cifras intenten engañar, yo tengo 50 años, nací con 50 años y probablemente, si algún día he de morir (fenómeno acerca del cual aún estoy investigando) moriré con 50 años.


Hace 3 años, cunado cumplí los 70 -20 según mi DNI- mis sospechas se confirmaron:

-Marcelo, Marcelo –me decía la voz del espejo- ayer cuando te ví, ¡estabas igual que hoy ahora! ¿Es que no vas a tener la decencia de envejecer ni un poquito! –se le notaba un tanto contrariado-, ¡Me aburres! ¡Siempre igual! ¡Qué quieres? ¿Quitarme el sentido de mi vida, de mi existencia? Mi profesión es mostrar a cada ser humano cómo se va haciendo feo y pequeño por mucho dinero que se gaste en evitarlo. Dime, ¿para qué sirvo yo si tu aspecto nunca muda? ¿Acaso es éso lo que quieres?


Desde ese día no hemos vuelto a hablar. Al día siguiente lo vendí a una tienda de espejos y cristales porque me parecía que el espejo no era feliz conmigo. Y yo, desde luego, no pensaba hacer anda para volverme viejo, ¡Eso sería una estupidez monstruosa! ¡Mayúscula! ¡Impensable! Si yo alguna vez hubiera querido ser viejo esta historia nunca habría comenzado.


Pero no os creáis que todo son ventajas… no, no. Hay momentos de mi vida verdaderamente duras. Por ejemplo, cada vez que tengo que viajar en avión. Yo en cuanto puedo, me escapo de vacaciones y claro, ya sabéis todo el proceso cansino y pedante que se debe de llevar a cabo para esto. Pues imaginaos cada vez que me miran el DNI o el pasaporte y luego seguidamente, me miran a mi. Edad 19 años, aspecto 50. Es traumático. Más de una vez me han llevado a comisaría para preguntarme por qué había suplantado mi identidad, y también para inquirir cómo podía haber sido yo tan estúpido como para suplantar a alguien de 19 años con mis años. Figuraos qué plantel. Os aseguro que no fue anda fácil solventar esas situaciones, sin embargo afortunadamente, creo que ya me conocen en todos los aeropuertos que suelo frecuentar. Incluso me saludan:

-¡Qué tal chaval! ¿Cómo te va?

Son muy simpáticos.


Pues así con cada escena de papeleo o administración. Es un… aspecto de mi vida francamente molesto. Por lo demás mi existencia transcurre apaciblemente. Trabajo como crítico en el periódico El Mundo y también soy crítico de cine, y de arte, y de cocina y de… bueno ¿qué pasa? ¿Acaso es mi culpa si lo único que sé hacer en mi vida es criticar? Lo divertido es que algunos compañeros ya empiezan a comentar entre risas que a este paso les sobreviviré a todos. -¡já! Si supieran esos críos bobos ignorantes cuanta razón tienen no se reirían tanto-. Y aparte de mi trabajo, me considero una de esas personas que pueden hacer más o menos lo que les de la gana.


Pero ya os estaréis preguntando si esto es una gran broma y que donde está la gracia, porque claro, qué especie de neandertal se ha de ser como para creerse que yo, tengo 23 años, 73 años y 50 años a la vez. Pues ahora mismo os lo voy a explicar de forma que vuestros cerebros o lo entenderán, o se quedarán en estado de shock para el resto de vuestras perecederas vidas:


Corría el año 1986, 3 de marzo, yo tenía 50 años –menuda novedad-y sólo había nacido una vez. Sí, no habéis oído mal, sólo había nacido una vez. Ese día era mi cumpleaños y en la tarta había nada menos que cincuenta velitas rojas esqueléticas, llameando y propagando a los siete vientos esa espantosa cifra. Admito, que no estaba preparado. Me aterraba hacerme viejo; aquél número fatídico sólo señalaba el comienzo del fin, a partir de ahí solo quince años hasta la jubilación, ¿Y después qué? Yo oía todo lo que decía la tele, el periódico, la radio, la gente por la calle: <<>> y millones de cosas parecidas. ¡Yo no quería ser así! Dios mío, debo reconocer que a este servidor le entró un poco de pánico.


Si al menos hubiese tenido hijos… se supone que ellos tienen el deber moral de cuidar a uno cuando… ¡no quiero ni mencionarlo! El caso es que no tenía hijos, ni nadie parecido que pudiera llegar a ocuparse de mí. ¿Mis padres? Ya estaban en una magnífica residencia de cinco estrellas a sus ochenta años, y bastante felices sin mí. ¡Pero por favor! ¡Yo no aspiraba a eso! Esa vida sedentaria y pasiva no estaba hecha para mí. Como loco, me puse a buscar soluciones al problema nada más encontrarme a solas.


Durante toda la noche estuve pensando, leyendo en libros, en páginas webs, incluso estuve tentado de llamar al tarot de la televisión para ver si me podía dar una respuesta.

Pero encontré algo, y lo encontré yo solito. Ahí, en el fondo de uno de mis baúles repletos de tesoros de otros mundos, se encontraba un objeto que había traído de uno de mis viajes a Oriente. En una ciudad cercana a Damasco, no recuerdo cuál –los nombres allí se parecen todos mucho- le compré a un mercader ambulante una lámpara, exactamente igual a la de Aladdino; preciosa, toda una reliquia. El muy zángano quería que le diera mi reloj Rolex bañado en oro, pero yo no soy tonto y al final se lo conseguí cambiar por lo que sería el equivalente a 100€ en metálico. El tipo me había dicho algo acerca de la lámpara en su inglés de acento árabe cerrado que, sumado mi oído cerrado, se convirtió en una serie de incoherencias y estupideces banales.


Saqué la lámpara llena de polvo del baúl y, cerrando los ojos, concentrándome, buscando algo en mi interior, la froté. Nada. La froté otra vez. Nada. La froté siete veces. Fui a la cocina y mojando un paño en agua la volví a frotar. Cogí el líquido abrillantador que se utiliza para sacar brillo a los objetos de plata y la froté. Le di con alcohol, con antioxidante, la limpié y la limpié hasta que quedó limpia y reluciente como el Tesoro de la Corona Británica. Nada. Al maldito genio de las narices no le daba la gana de salir. Me enfadé, me enfadé mucho, muchísimo, y tiré la mil veces maldita lámpara contra la pared. ¡Ajá! ¡Entonces sí que salió el genio! Yo sin duda, estaba contentísimo, como ustedes pueden entender, de que mi maravilloso presentimiento se hubiera materializado en un todopoderoso genio verde con pelo morado, quien por supuesto, habría de concederme todos mis deseos. Desgraciadamente, no fue todo como yo me había imaginado.


El genio estaba un poquitín molesto y me dijo de malas maneras y de malos modos que lo de los tres deseos era moda de hacía miles de años, y que eso ya no se llevaba entre los genios. Así que sólo me concedería un deseo. Yo no me lo pensé mucho –ahora me arrepiento de no haber hecho trabajar más a mis neuronas en ese momento.

-¡Quiero volver a nacer!

-Así se hará, por Alá.


Y...después de unos cuantos fuegos artificiales que chamuscaron mi casa y unas cuantas palabras que sonaron bastante diabólicas… ¡cha-ta-ta-chán! ¡Volvía a nacer! O eso pensaba yo… no sé, desde luego, qué entendió el hijo de su madre genio por “volver a nacer”, aunque quizás aún seguía molesto por ese asunto del golpe brutal contra la pared. El caso es que fruto de ese pequeño “error”, ahora estoy así.


A la mañana siguiente amanecí en el hospital en la sección de <> -las enfermeras me miraban un poco raro- pero seguía teniendo mis cincuenta años. En ese momento me puse a maldecir utilizando toda la riqueza de palabrotas y palabras malsonantes de las que dispone nuestro español. Creo que fue ahí cuando me echaron del hospital.


Desde entonces todo ha seguido así. Cincuenta, cincuenta, cincuenta… Bueno, todo excepto la lámpara, que me llevé hasta un volcán activo en Colombia y que lancé a su interior con mucha satisfacción y regocijo por mi parte. ¡Jódete genio!

7 comentarios:

Sara dijo...

Por cierto, cómo no, soy Sara.

Pura dijo...

Sarita, eres un valor seguro, siempre imaginativa, siempre creadora.

Una cosa, ¿por qué se cortan los renglones?

xiKaSpeediKa dijo...

dios si es el quijote, pero mira y a pesar de que Pura me mirara mal, si el quijote fuera a si de entrtenido los estudiantes le habrían hecho una estatua. jeje, mola. un bsss


solo falta el mío... llegara. jaja

car.

eye in the sky dijo...

NO!!!!!qué... ha pasado... con los renglones??? flipo con cómo alargas tanto la historia y de forma tan guay. pero pobre genio.. si cumplió su deseo!!!!!!

Wiz dijo...

Sara, supongo que habrás copiado el documento directamente desde word. No sé muy bien lo que ha pasado, pero el caso es que el formato (y posiblemente la longitud XD) han podido con blogger, por eso se cortan los renglones. Sé que vas a odiarme, pero lo único que puedo recomendarte es que vuelvas a escribirlo, directamente en el blog. Si no tienes tiempo, tráemelo la próxima vez que vengas y lo hago yo, que tengo mucho tiempo para hacer el chorra XD

Weno, y si eso no da resultado, borramos esta entrada y la publicamos a continuación de la mía o de la de Carlota ;-)

Besos!

PD: Me encanta =)

Lifaen Cullen dijo...

Me encantó cuando lo leiste en el taller y me ha encantado ahora , en serio esta super bien , me encanta , me gusta el tono hironico , que pones , me encanta como esta escrito , esta genial!!.

Dani XD

Sara dijo...

Muchas gracias por todos esos cumplidos, menos mal que no estabais aqui para verme ponerme roja. XD Lo de los renglones a la mitad...ni siquiera me habia dado cuenta! soy asi..pero ahora(hace una semana) que lo he notado...dioses, no se si suicidarme!! en serio Bea hay que escribirlo directamente OTRA VEZ? aaaaaaaaaah socorro! jajaaja ok. pues si, acertaste, lo pase desde un documento word. Porca miseria... En fin, pues acepto tu oferta! te lo paso por correo el documento word y tu cuando puedas lo escribes? muchas gracias. No se como ha podido pasar... mi dispiace.
Besos!!