miércoles, 25 de noviembre de 2009

La sinestesia

Ven ahora que el tiempo apremia, deja que te cuente, déjame explicarte lo que no se decir de otra forma, que quieres, los jeroglíficos ni la opera son lo mío. Tal vez te sorprendan mis pensamientos azules al caminar por un mar áspero y chillón. De verdad que no lo sé.

Sostenme. Calíbrame. Apártame de tú lado. Chilla conmigo. Estoy harto de tragarme tus conspiraciones, de beberme los malos ratos que me dejan los restos de cortar drogas inexistentes. Visita mi jaula, mis rincones, mi mueble bar, mi armario lleno de vidas. Vidas que estaban de rebajas en una tienda poco importante. Vidas que o no abrigan o ya no me valen. Comprueba si la vieja música de mi tocadiscos está demasiado salada. La sobriedad de mi residencia la compenso con poca resistencia, con sonrisas pintadas en las ventanas y en las puertas. Sonríe al mundo que hay ahí fuera, sonríe antes de marcharte. Sonríe a la cámara. Pinto sonrisas y también maquillo ilusiones. Disfrazo verdades de mentiras, pulo diamantes que no son más que circonita. De vez en cuanto camuflo dudas, corto el viento, hundo tu flota. Pones tu mano sobre la mía y tu contacto es como el chirriar de una puerta, sonoro, como una sinfonía producida por una orquesta desafinada. En realidad tu voz violeta y dorada no me resuelve mis problemas, pero no importa. Habla todo lo que quieras. Habla todo lo que quieras mientras observamos esos estridentes nubarrones formarse encima de nuestras cabezas. Un rugido, miles de gotas de lluvia demasiado incautas, no sé si por la inexperiencia o por la ingratitud, se estrellan por voluntad propia contra un asfalto excesivamente neutral. Corremos, nos paramos, el agridulce cansancio de nuestra carrera nos produce alucinaciones. Saltamos por los aires. La onda expansiva de nuestras emociones golpea el serrín y el verde barritar de los elefantes. Jadeando vuelvo a casa. No sea que la agria nostalgia me encuentre levantado a altas horas de la madrugada. Subo por la escalera, a cada escalón una historia nueva. A cada paso un año distinto a las espaldas.

Enciendo el gas, y pongo a calentar té. El agua caliente desprende un ruidoso humo. Un humo que forma figuras extrañas y familiares a la vez. Unas figuras que desaparecen sin preguntar. Que se desfiguran al intentar atraparlas entre mis manos. Que huyen a toda velocidad como todos huiríamos si dos manos gigantes nos intentarán atrapar. Como huiríamos tú y yo, si ya no tuviéramos ganas de huir. El té está listo, al contrario que yo. Cada sorbo es rugoso y denso. Como el sabor a chicle y a maíz de los buenos días a destiempo. Se acaba el té, empieza la noche. Me convierto en búho, en tinta, en una negra bruma cansada de jugar, de esperar a la espuma, de esperar por esperar. La ciudad suave y dulce al mismo tiempo, palpita corazones y otros engaños, transpira calma y estrés, agujas de tejer y tinte para el pelo, animales de compañía y vodka con limón. Demasiado misteriosa es la ciudad como para pararme a charlar con ella, demasiado carácter tienes tú como para contradecirte. No te digo que no ni cuando niego, ni cuando camino con las manos, ni cuando pienso con la garganta. No me creas, tal vez el olor afrutado y venenoso, turbio y reactivo de mi duermevela me impida hablar claro. Claro que no siempre sirve limpiar con Don Limpio las palabras, tampoco ensuciarlas con polvo y pelusas. La ciudad, tú y yo. El viento, los pájaros y perdigones que carecen de criterio. Minutos, años y cenizas. Gritos rojos, sabrosas sombras y oscuras voces.

Vuelve otro día que hoy no puedo con mi voz. No me responde el contestador automático. No me mira aquel ojo de cristal. El busca no me encuentra, Si no te he aclarado las cálidas dudas, tengo hojas de reclamaciones. Si no se te atraganta la respiración, ni tu tráquea tiene arritmia, vuelve el próximo día. Tal vez encuentre la solución perfecta o tal vez no. No lo sé.

martes, 17 de noviembre de 2009

Las sinestesias


Asociar sensaciones perceptibles por dos sentidos al tiempo: ruido con brisa, salado con suave, caliente con luminoso, azul con balada...
Hacerse preguntas de este tipo,
  • ¿A qué sabe el olor de un perfume?
  • ¿Cómo es al tacto el griterío del patio de un colegio?
  • El olor de un beso es...
  • ¿Era áspera tu canción?
y, a continuación, ponerse a escribir. Nada más fácil, ¿verdad?

Conversaciones de ascensor

–Hola.
–Hola.

Silencio.

– ¿Qué calor, eh?

–Ya ves…

Dos meses. Sesenta y dos días. Mil cuatrocientas ochenta y ocho horas. Ochenta y nueve mil doscientos ochenta minutos. Una eternidad. Nunca se le habían hecho tan largas las vacaciones.
Ahora ha vuelto. Siempre tan tímido… Aunque quién es ella para hablar de timidez, piensa.
Cinco, seis, siete pisos… El suyo. Él sonríe y recoge la pequeña maleta del suelo del ascensor.
–Te he echado de menos…

Sale sin despedirse. Pumpum. Pumpum. Su corazón ha enloquecido.

Le echaría la culpa al calor, pero demasiado bien sabe que los treinta y cuatro grados de fuera no tienen la culpa de que haya contado incluso los minutos que ha tardado volver. Que el sol abrasador no es el causante de esa maldita añoranza que la ha corroído cada noche de este verano interminable.

Mientras las puertas del ascensor se abren en su piso, piensa que algún día debería darse una vuelta por el séptimo. “Yo también te he echado de menos”, para empezar. Una sonrisa, y un “Te quiero”. No necesitaría más.

Pero no va a hacerlo. Es demasiado tímida. Y cobarde.

Siempre bajará en el noveno.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Viaja y vuelve.

No busques ni entre la tierra ni entre los escarabajos. No vas a encontrar nada. Ni sonrisas ni palabras, ni nombres olvidados. Regresa a tu refugio y construye alguna maquina que te avise, que te arrastre al fango. Déjate de bromas y piensa, pon la mente en blanco o en negro o como prefieras. Piensa en el sabor de la sopa, en el mecanismo de un reloj, en como las estrellas no caen contra la Tierra, en nada importante. Descansa, mata el tiempo y al estrés. De vez en cuando viene bien cerrar los ojos para no echar la vista atrás. Y te darás cuenta que es necesario expandir horizontes. Cruzar la frontera de la ficción y la realidad. Resulta agradable salir de la ciudad y viajar con el viento, con las plumas de palomas a otros lugares. A aquellos sitios donde nadie te conoce pero que de algún modo al pisar su suelo ya te conviertes en parte de allí, en uno más durante tu breve estancia. Conoces y olvidas, ves, hueles, paladeas y tocas los muros antiguos de las madrigueras azules, los viejos cañones de madera oscura que defendían las tartas. Cruza las cañerías y las arterias que organizan el lugar. Atraviesa puentes que salvan canales de aceite y licor. Salta barrancos llenos de palacios y torreones color rubí. Conduce tu carroza entre bosques y lagos perdidos, entre cumbres nevadas y desiertos sedientos. Solo eres un extraño visitante. Un ser desconocido. Un espectador que ve una película de ensueño, que solo puede fijar la vista en la pantalla porque no tiene palomitas ni buena compañía.

Sabrás cuando es hora de regresar cuando el ruido del motor suene áspero, cuando el asfalto se queje al avanzar sobre él. Regresar. Regresar es la otra parte esencial del viaje. Algún día hay que volver, cuidado no cualquiera. Todo tiene su momento. Y cuando se produce ese retorno ahí está tu vida, intacta, tal cual la dejaste, como la canción que solo se pausa, con todos sus proyectos a medio realizar. De nuevo saltar de tejado en tejado, respirar gases grises escupidos por los coches, navegar entre los mares de gente cuando sube la marea en hora punta. Vuelve a tu caverna a regar a tus caracoles y alimentar a tus cactus. Quítale el polvo al terciopelo de las bombillas. Quema las cortinas. Abraza a la rutina. Saluda a los buenos días todas las tardes. Piensa tu estrategia, hunde barcos, ríete despacio, casi a cámara lenta con tus cómplices de locuras. Dibuja corazones en los nudos de su pelo. Da pasos de gigante y bébete la pócima que te hace ser quién eres. Vuela alto hasta su balcón y flotando háblala de tu viaje, de tu retorno, de tu instinto.

Sí, volver es una parte esencial del viaje. Hay veces que solo deseamos viajar, y otras veces deseamos volver más que nada. Ir y venir. Es como todo, mejor si lo aceptas.

Flash Forward: Vecindario

Yo solo veía oscuridad. Todo se habia difuminado lentamente hasta que no se pudo distinguir nada. En un segundo después me encontraba en la calle. En la otra acera estaba ella. Con la mirada perdida, como tantas otras veces la había observado desde la distancia. Sus inexpresivos ojos oscuros. Su pelo negro ondeando al viento. No lo pude resistir. Eché a correr hacia ella. Estando en mitad del paso de cebra me paré y mire a la derecha. una luz me cegó y me intenté proteger con las manos. La negrura me envolvió. Cuando desperté, seguía en mi habitación, escuchando música. ¿Me había dormido? Quizás ... era muy tarde. Pero seguía intranquilo. Necesitaba verla. Solamente un instante. Me asome a la ventana y miré las del piso de enfrente. 1º, 2º, 3º ... 4º piso izquierda. Allí estaba, estudiando mientras torpemente intentaba hacerse un moño. No habíamos cruzado una palabra y ya la consideraba perfecta. Cuando volvía siempre observaba lo que hacía. A veces se apoyaba en el alfeizar y hablaba por teléfono, o leía un libro. Otras estudiaba o comía algo mientras escuchaba música. Me encantaba oirla cantar. Su voz dulce llenaba de vida la monótona y triste urbanización. Lo malo era que yo la conocía, pero ella a mí no. Cuando nos cruzabamos deciamos el típico "hola" y "adios". Ni una sola palabra más. Sin embargo, yo era incapaz de olvidarla.
Unos 2 meses despues de mi extraño sueño, ella dejó de aparecer en su ventana. Sus luces no se volvieron a encender. A la semana de este inusual suceso, un cartel de "Se Vende" adornaba el alfeizar de su ventana. Me rompió el corazón. Durante el mes siguiente seguí observando de manera que rozaba la obsesión por si aparecía de nuevo. Un esfuerzo inutil, ya que no volvería nunca más.
Pasaron los meses y no conseguía olvidarla. Su sonrisa. Su mirada. Era mi cruz particular, ya que se había ido con algo más que el equipaje. Y lo peor era que en todos los años que habíamos vivido como vecinos no me había atrevido a hablarla.
Sin embargo, un día mientras caminaba por la calle la ví. Con la mirada perdida, como tantas otras veces que la había observado desde la distancia. Sus inexpresivos ojos oscuros. Su pelo negro ondeando al viento. No lo pude resistir. Eché a correr hacia ella. En mitad del paso de cebra recordé mi sueño. Me paré. Miré hacia la derecha. La luz me cegó. Pero esta vez no me protegí.

jueves, 12 de noviembre de 2009

por él, cuando aún debía lamentarme

Bueno, os dejo esta poesía para seguir conectada virtualmente con el taller, aunque espero ir el Miércoles que viene ;)

Cerrados los ojos
Empieza a nacer
Abiertos los tengo
Sin saber
Que no son parpados de carne
Son sombras del ser
Oscuro, roto hoy como lo estuvo ayer

Tormentosos son los sueños
Que se ven en la noche cerrada
Cerrada de mis ojos
Clausurada la realidad en ese reposo

Odioso el tiempo, odioso
Ayer no pensaba
Como pienso hoy
Que te dejaba
Que bajaba los parpados y te decía adiós

Marchita mi esperanza
Marchíteseme el alma
Se me duerme el corazón
Oscuro, en la noche de mis pupilas sin luz
Miradas opacas, ciegos de golpes
Contra los muros, contra sus caras
Hasta sangrar de tinta sus señales

Madurar se dice de crecer
Cuando no es más que hacerse cicatrices
Me susurran los rotos de sangre sobre mis brazos
Y sin ojos
Ando sin rumbo hasta que amanezca
Si es que el cielo se abrirá

martes, 10 de noviembre de 2009

El primer poema del curso (en el Taller)


Aunque no os guste a casi ninguno, este miércoles nos vamos a emplear a fondo con la poesía.

Tarea:

Escribir un poema que responda a uno de los siguientes títulos:

¡Oh! / Pie / Final / Postre / Susurro / Compañía /Tecla

(Se puede añadir alguna palabra que complete a la elegida)