martes, 21 de febrero de 2012

Pensamiento pentagramado


Deja de respirar. Deja de latir. Deja de pensar. Deja de escuchar mi voz en tu cabeza.
Deja de parpadear. Deja de tragar. Deja de mirar. Deja de sentir lo que tienes a tu alrededor.
Para mí es igual de imposible dejar de pensar en clave de sol. Las notas vienen a mí y se ordenan en el pentagrama de mi cabeza. Tengo que traducir las melodías a palabras, para que ellos las entiendan; para que comprendan qué pienso, qué siento. Las palabras se quedan cortas, no son suficientes.
Llega de pronto la música a mi mente, en ocasiones mansa como aguas tranquilas de un arroyo, pero otras veces se desata en mí como una tormenta, en borbotones imparables, inabarcables de olas de notas que me arrollan. Sí, la música me ataca con sus punzantes acordes y sus fieros arpegios. Me toma, me mece a placer, y yo no puedo hacer más que ponerme a escribir con frenesí donde sea, para que esa música pueda salir de mí, para desinflar el globo en el que me convierto.
Pero claro, ellos no comprenden. No entienden nada. No son capaces de sentir apenas un ápice de lo que yo siento. Esos torrentes de música son inalcanzables para ellos, que en su pobreza se limitan a lo meramente superficial. Sí. Les incomoda observar que alguien esté dentro de su obra. No pueden escuchar una composición que soy yo, que yo soy la música, que yo... ¿No lo dije? Las palabras son insuficientes. Es por eso por lo que no gusto. Porque estoy dentro de la música, y la música está dentro de mí. Porque nos fundimos en un cuerpo. Porque somos sólo un alma, un alma viva, que siente, que rompe, que hace que salten astillas. Todos ellos quieren escuchar una muy educada y melosa composición fruto del dinero. Una obra en la que el supuestro "músico" no ha dejado su esencia. Ahí está el riesgo: en que no son las notas, es tu alma la que se expone al público.
Se horrorizan al ver el La que ha tocado mi meñique reducido a una tecla suelta y una cuerda rota dentro del piano. Pero es ésa la verdadera música: la música pasional, la música torrencial, la música visceral, que duele en la cabeza por su intensidad y que transcrita al papel resulta arrolladora y temible. Es una diosa a la que poseo, y cuya sierva soy. Me tiene. Me pertenece y la pertenezco. Estoy a su merced.
¿Deliro? Eso es lo que piensan muchos. Quizá. Quién sabe. ¿Quién es tan osado de asegurar que no está loco?
Pero yo en igual medida que venero a la música, la temo. Siento pavor a caer presa de su encanto, a ser ahogada por su tormenta, a ser arrollada por su violencia.
Aún así, a pesar de temerla pavorosamente, no puedo dejar de pensar en clave de sol.

2 comentarios:

Daniel Rosselló Rubio dijo...

Guay!!

Sara dijo...

Oh! precioso!!
En serio, me parece que has conseguido describir la "indescriptible sensación" de componer música. Personalmente no he podido evitar acordarme de Beethoven y de la película a medida que leía tu relato ;) El genio incomprendido, porque está a otro nivel, a un nivel más alto. Una loa a la música preciosa =D